La selfie del mundo

El selfie del mundo II: crisis y futuro del turismo

En la primera entrada que le dedicamos a El selfie del mundo: Una investigación sobre la era del turismo, de Marco d’Eramo nos ocupamos del tema de la relación entre ciudades y turismo. D’eramo planteaba que las urbes hiperturistificadas eran vaciadas de sentido por el turismo, ya que toda su vida urbana desaparecía para dar lugar a un espacio destinado casi únicamente a los visitantes. Venecia es el ejemplo de ello, y la crisis de la pandemia dejó bastante en claro los costos de esa especialización en el turismo.

Pero en esta esta segunda entrada me quiero concentrar en otro tema que desarrolla el libro: la relación entre el sistema económico del turismo y los aspectos individuales de los viajeros.

Vamos primero por la cita:

Muchos tuvieron la esperanza de que la (breve) moratoria de la pandemia nos empujaría a adoptar una nueva forma de vida y a dar descanso a nuestra atormentada Tierra. Subestimaron un hecho: el turismo es un componente y un aspecto esencial de la globalización (…) Acabamos de tocarlo con nuestras manos: toda nuestra economía depende del mismo y los gobiernos están listos para convivir con un número significativo de víctimas con tal de que «el espectáculo continúe». No es un virus el que hace la revolución. Son los humanos. Esto desde el lado objetivo, de sistema. Pero también hay un lado subjetivo. ¿Realmente alguien está dispuesto a vivir el resto de su vida sin poder visitar otra ciudad, otro continente? El turismo está tan profundamente arraigado en nuestro yo que cuestionarlo significa redefinir nuestra idea misma de libertad, nuestra relación con el mundo, nuestra relación con el Ajeno a nosotros.

D’eramo plantea aquí la existencia de una relación importante a la hora de comprender el actual mercado turístico: un aspecto objetivo que nos trasciende a todos -la economía globalizada del turismo- y un aspecto subjetivo -nuestras ansias por viajar como parte de nuestros valores y deseos. Podemos estar en desacuerdo con la manera en que desarrolla esa relación -con su tono antiturístico, para ser precisos-, pero podemos tomar esta relación como punto de partida para pensar lo que está sucediendo en estos meses.

Uno de los puntos más claros para el planteo de D’eramo -lo de «tolerar algunas víctimas»- se vio en la rápida reapertura del turismo interno europeo apenas las cifras comenzaron a bajar hacia junio. Llegaba el verano, la temporada alta, y la presión por reabrir destinos se hizo muy fuerte como parte del imperativo de reactivar la economía. Tras un arranque bastante decente la demanda turística se estancó, y semanas después los casos lentamente comenzaron a subir. Ahora nuevamente tenemos cierres selectivos de fronteras -por ejemplo con Reino Unido- mientras la lista de países con permiso de entrada a la Unión Europea se hace cada vez más pequeña. No le hizo mucho bien al mercado turístico la reapertura rápida; más cuando ahora vemos que la situación ha vuelto a complicarse seriamente -y las vacunas recién ahora comenzaron a llegar progresivamente al resto de la población.

Ahora bien: podemos sostener que la crisis generada por la pandemia terminará al menos en el corto plazo con una industria turística más pequeña y muy complicada por las dificultades para planificar. Pero del lado subjetivo aparece la clave de la recuperación del mercado a futuro: el conservar el viaje como parte de los valores y consumos que nos interesan para nuestro futuro. En la actualidad, debido a los cierres de fronteras y problemas de conectividad se hace complicado pensar en viajes a destinos lejanos y con muchas combinaciones. Más bien se imponen los recorridos cortos, los viajes familiares o directamente la compra de pasajes que aprovechan precios más bajos para dejarlos luego abiertos.

La idea del viaje como algo deseable fue el producto de décadas de expansión del mercado turístico, que proponía recorridos a todo el mundo con cronogramas normalmente factibles y certezas en las fechas, y precios que fueron descendiendo con el tiempo. Ahora, que estamos en una época marcada por la incertidumbre y las cancelaciones, es difícil saber si esto va a tener un impacto a mediano y largo plazo en el mercado turístico. En tanto el viaje se ha construido como deseable por décadas podríamos esperar que la impasse de la pandemia en todo caso trasladará esos deseos para más adelante -y esto es algo que el mercado de viajes da por sentado. Pero viajes más inciertos, complicados y menos placenteros por la cantidad de precaucaciones sanitarias tampoco están en la agenda de la mayoría de los viajeros.

Sería más fácil hablar de «el fin del turismo» o de una «simple pausa de los viajes para retomar luego con más fuerza». Difícilmente las consecuencias de esta crisis puedan ser descriptas de manera tan sencilla. Pero en medio de las urgencias y la cantidad récord de contagiados está claro que los diagnósticos vamos a tener que dejarlos por lo menos para dentro de unos meses.

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