Roma

El selfie del mundo I: turismo y destrucción creativa

En estos días estuve leyendo El Selfie del Mundo. Una investigación sobre la era del turismo, del periodista italiano Marco D’eramo. Hay varias ideas a lo largo del libro que dan para entradas independientes. Desde las referencias al viaje y el desastre causado por el coronavirus -lo dejo para la próxima entrada- al tema de cómo el turismo crea en los entornos urbanos las condiciones que llevan a su destrucción.

Dice D’eramo: «el turismo (…) mata la ciudad de un modo más sutil, vaciándola de vida, privándola del interior, exactamente igual que en la momificación, haciendo que se convierta en un inmenso parque temático». Desde ya, el modelo obvio de D’eramo es Venecia, una ciudad lentamente vaciada de sus habitantes originales, y consagrada ya por completo al turismo. Pero también se refiere a muchas otras ciudades y sus «centros históricos», lentamente convertidos en patrimonio y museos al aire libre. Esos centros lentamente comienzan a concentrarse en el mercado turístico y los habitantes locales lo abandonan, y se llevan la vida urbana con ellos.

Es bastante paradójico que, mientras muchos turistas buscan quedarse en alojamientos compartidos para conocer esa «vida local», ciertas zonas de la ciudad pierdan sus características cotidianas para hacer más y más espacio a las propuestas turísticas. La crisis del coronavirus evidenció los riesgos de esta apuesta, con zonas de las ciudades vacías, con miles de departamentos sin demanda y calles sin turistas.

La selfie del mundo

Desde ya, esa vida urbana puede ser recreada y mantenida de manera artificial para el turismo. De alli lo del parque temático; lo que tenemos enfrente es una puesta en escena construida para el mercado turístico. Lo que, desde ya, no tiene nada de malo. Pero que no es lo que en primer lugar atrajo a los turistas hasta ese lugar.

La propuesta de D’eramo es bastante paradójica, y hubiera sido inviable un año atrás: para mantener su atractivo, las ciudades deben contener al turismo en una escala que no afecta a su vida urbana local. Pero tras casi un año de pandemia no parece una propuesta tan descabellada. Ahora quedaron en claro los riesgos de posicionar una ciudad con un foco casi exclusivo en el turismo. Diversificar el interés urbano y construir una ciudad interesante tanto para locales para turistas tiene mucho sentido.

La reflexión de D’eramo implica retomar una vieja hipótesis de autores como Dean Maccannel, a partir de la influencia de la sociología de Erving Goffman: el turista reconoce lo «auténtico» sólo en sus propios términos, aún cuando las culturas locales no vean ese reconocimiento como compartido. Así, con el paso del tiempo, los locales se acostumbran a representar un papel «auténtico» no porque ellos lo consideren así, sino porque así lo esperan los turistas. La paradoja es que, en busca de la autenticidad, la práctica turística termina alentando a una puesta en escena creada para ellos. Y en el caso de la ciudad, D’eramo va un poco más allá: no es sólo un tema de autenticidad. Es un tema de supervivencia. Las fuerzas del turismo deben convivir con lo local; contener su crecimiento es clave para sus posibilidades futura como destino turistico.

El selfie del mundo. Una investigación sobre la era del turismo, de Marco D’eramo, fue editada recientemente por Anagrama. Las referencias de esta entrada se pueden encontrar en el capítulo 7, «Tourist City».

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