Cuando se leen textos como “Instagram Is Ruining Vacation“, que plantean como la búsqueda de la “foto perfecta” está arruinando nuestra experiencia de viaje, no podemos dejar de pensar que este tipo de planteo tienen una conclusión muy puntual: en el mundo del turismo todo estaba bien hasta que llegó la tecnología. Para ser justo, el texto de Mary Pilon problematiza la cuestión al ligarla a las formas históricas en que se ha desarrollado la relación entre fotografía y turismo, pero parte de un planteo muy reduccionista de la relación entre tecnología y viaje.

Uno de los ejemplos del artículo citado arriba tiene que ver con la búsqueda de la foto que nos muestre contemplando el paisaje, en particular soledad, cuando en realidad el lugar está repleto de turistas -el ejemplo, en este caso, tiene que ver con el amanecer sobre Angkor Wat, una foto muy buscada, como pueden ver en la segunda imagen (fotos por Mary Pilon).

Desde ya que normalmente las concepciones de “tecnología” que hay en este tipo de discusiones son muy reduccionistas, e implican concebirla casi como “hardware”. Las prácticas de los usuarios, que justamente dan sentido y construyen el sentido de lo tecnológico, suelen ser poco problematizadas. Simplemente son descriptas como una extensión del uso de la “tecnología”. Y normalmente no es lo que sucede. Son los usuarios los que co construyen el sentido de lo tecnológico, al darle usos no esperados por sus creadores, e incluso llevar a ciertos desarrollos técnicos hacia nuevas direcciones.

La idea de la experiencia de la comunión entre el paisaje y el individuo tiene un poco más de tiempo que la cámara fotográfica e Instagram. Es una experiencia que ya viene de los movimientos románticos. Pero en el caso del turismo masivo, su desarrollo es tan contemporáneo a la cámara fotográfica que resulta complicado pensar en que momento no se dio una búsqueda de las condiciones para tomar una “foto ideal” -en donde no se vean otros turistas; con condiciones de luz ideales, etc. Esconder las condiciones de producción -horas de espera para esas condiciones de luz, esperar el turno para la foto, etc- es algo más que normal en muchos soportes de publicación. Las novedades de los últimos años no tienen que ver tanto con cómo se logran las fotos; más bien se relacionan con el tiempo real y la instantaneidad que permiten plataformas de publicación como Instagram. Y con enorme ubicuidad de la fotografía actual, en buena parte debido a que hoy cargamos con una cámara todo el día, gracias a nuestros teléfonos.

Y en Instagram a los usuarios les gusta mostrar un aspecto de su vida ligado a la felicidad. Viajar es, claro, algo que casi todo el mundo quisiera hacer más. ¿Por qué no mostrarlo a nuestros seguidores? El tema entonces no es tan tecnológico como social. ¿Que lleva a los usuarios a mostrarse como felices, activos, viajeros, creativos? No creo que esa respuesta se encuentre si nos limitamos a Instagram. Ni siquiera si nos restringimos al mundo del viaje.

No se trata de “distorsionar la realidad”. Como cualquier forma de expresión, la fotografía de viajes tiene muchas cosas que damos por sentadas: los que salen en las fotos salen sonriendo; frente a los monumentos o paisajes se busca salir lo más solo posible; etc. Que las fotos se tomen en modo selfie habla más de la obsesión por el control de la imagen que de otros cambios, porque el resto de las tradiciones fotográficas se siguen respetando.

Y porque, finalmente, la idea de que los paisajes se disfrutan mejor sin tener como mediador un dispositivo tecnológico es una vieja idea romántica, que retoma aquello de la comunión entre el individuo y la naturaleza. En destinos turísticos cada vez más sobrecargados de turistas y mientras muchos destinos comienzan a pensar en cómo limitar la afluencia de visitantes, no parece ser la mejor conclusión limitar los debates sobre “la experiencia del viaje” a las cámaras de los teléfonos e Instagram.

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