Ya desde hace un par de años el turismo ha sobrepasado el número de mil millones de viajes internacionales al año. Es difícil, a esta altura, seguir insistiendo con el carácter “especial” de los viajes, cuando para una parte importante de la humanidad -la que tiene el poder adquisitivo para esos viajes internacionales, claro- el viaje es parte de su paisaje habitual de vida. Esa relación cada vez más estrecha entre vida cotidiana y viaje se puede ver en uno de los debates más fuertes en las ciudades con gran volumen de visitantes: qué tipo de regulaciones tienen que enmarcar la actividad turística para que se pueda preservar la actividad cotidiana de sus habitantes.

El tema se actualizó a partir de la asunción de la nueva alcaldesa de Barcelona, que dejó en claro que había que establecer nuevos marcos regulatorios para el turismo, que ha modificado varias zonas de la ciudad. La razón política tiene que ver con la queja de los vecinos de varias zonas de la ciudad. Y no es el primer caso. Ya hay varios antecedentes de protestas de habitantes locales contra temas como los alquileres temporarios, la regulación de bares y lugares de diversión, y otros temas.

En un reciente artículo publicado en The New York Times, Elizabeth Becker, autora de Overbooked, un libro muy crítico sobre el turismo global, analiza el caso de Dinamarca. El país ha establecido diversas formas de regulación del turismo. Impide, por ejemplo, el alquiler a extranjeros en determinadas zonas del país para preservar la demanda local. Y en ciudades como Copenhague el turismo está sometido a las regulaciones de respeta de zonas residenciales, que incluso alcanzan a guías y tours. Para decirlo rápidamente, el objetivo político es que los turistas se adapten a las rutinas locales, y no al revés.

Chateau de Versailles, Francia

Chateau de Versailles, Francia

El mal comportamiento de muchos turistas contribuye además a esos pedidos de regulaciones. Personas que en sus lugares de origen se comportan de acuerdo a reglas básicas de convivencia, cuando llegan a otros destinos se comportan de manera ruidosa y poco respetuosa con los locales. En ese tipo de lugares no es raro que los políticos terminen impulsando, a partir de las demandas de los ciudadanos, una serie de regulaciones sobre departamentos temporararios, bares y demás.

Lo interesante de este progresivo cambio de escenario puede resumirse en un punto: en muchos destinos, poner límites al turismo, algo que difícilmente se hubiera propuesto unas décadas atrás, forma parte de las agendas políticas locales. Un panorama con el que el turismo masivo global tendrá que acostumbrarse a convivir.

Las dos fotos que ilustran la nota las tomé durante el mes de junio en Versalles, un tradicional lugar de turismo masivo en las cercanías de París.

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