En las últimas décadas las aerolíneas han tendido, con el fin de poder vender la mayor cantidad posible de asientos, a disminuir la distancia entre éstos. Los problemas que se han dado a partir de ahí son bastante obvios: algunos pasajeros apenas si pueden entrar en un espacio tan reducido, y en algunos casos el simple hecho de que quien está delante recline su butaca puede causar dificultades para acomodarse. A pesar de que esta falta de espacio puede ser problemática para los pasajeros, las aerolíneas se defienden con un argumento simple: al tener más asientos pueden ofrecer menores precios. Y entre menos espacio o menor precio, los pasajeros se quedan con la segunda alternativa.

En Estados Unidos hay organizaciones como FlyersRights que hace tiempo demandan que se establezca una legislación destinada a establecer la distancia mínima entre asientos con el fin de evitar que se sigan reduciendo los espacios destinados a los pasajeros. La idea es que las aerolíneas vuelvan a un promedio de 34 pulgadas (un poco menos de 87 centímetros) como distancia estándar, contra las 31 pulgadas (casi 79 centímetros) actuales. Y que el tamaño del asiento en sí sea de 18 pulgadas (casi 46 centímtros) como estándar.

El punto, en todo caso, es cuando la paciencia de los usuarios con el tema de los asientos comenzará a terminarse. Determinados vuelos cuentan con una distancia tan mínima entre filas que viajar en ellos es extremadamente poco confortable, en particular en vuelos largos. Pero, desde ya, habrá que ver como se puede pensar en sumar espacio entre filas sin llevar a las aerolíneas a que deban subir el costo del ticket por tener menos pasajes que vender.

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