“Las primeras ciudades de los países europeos solían ser capitales en todos los sentidos: comercial, cultural, gubernamental y demográficamente. La Norteamérica primitiva, sin embargo, era tan remota y tan recelosa de la autoridad concentrada que los cuatro aspectos citados no convergieron en New York hasta alrededor de 1900, cuando Wall Street y los grandes medios de comunicación se establecieron como el gobierno en las sombras del país. Uno de los motivos de la duradera primacía de esta ciudad es que sigue actuando como el pararrayos del rencor nacional. Cuando los ciudadanos despotrican contra “Washington”, se refieren a la abstracción del gobierno federal, no al Distrito de Columbia. A New York se le tiene resentimiento como lugar real: por su grosería, su arrogancia, sus multitudes y su basura, su vileza moral, etc. El rencor universal es el mayor cumplido que se le puede dedicar a una ciudad, y al alimentar la idea de que la Manzana es el fruto prohibido nacionale garantiza que no sólo las almas ambiciosas del tipo de las que dicen “si puedo apañarme aquí, lo haría en cualquier parte” gravitarán hacia New York, sino que los jóvenes culturalmente más rebeldes del país secundarán ese ejemplo. No hay mejor manera de repudiar el lugar del que procedes, una declaración más sencilla de la intención de reinventarte que mudarte a New York; hablo por propia experiencia”.

Jonathan Fraser, “La primera ciudad”, en Como estar solo. Buenos Aires, Seix Barral, 2003 (originalmente publicado en 2002).

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