Turistas

Habitualmente encontramos muchos relatos de viajes, en los cuáles se hace una diferenciación en términos de oposición entre viajeros y turistas. Los primeros son el modelo de quien sabe moverse por el mundo; quiere conocer las culturas locales, prefiere la experiencia a la comodidad, ama la movilidad y es casi un etnógrafo amateur. El turista, en cambio, es un idiota que viaja; no tiene interés en conocer las culturas locales, vive encerrado en enclaves desarrollados para el turismo, y únicamente piensa en su confort. Como ya señalamos alguna vez en este blog, tal modelo relacional tiene un problema: es el relato desde el punto de vista de los que se definen como viajeros. Construir un modelo de turista como el “idiota que viaja” sirve para resaltar sus cualidades. No es una buena forma de análisis desde las ciencias sociales. Al fin y al cabo, todo el mundo se describe en términos que los favorecen.

Pero hay otro punto que podemos señalar para marcar que la distancia entre viajeros y turistas puede ser discutida: cuando ingresa al mundo del viaje una tercera figura: aquella que Zygmunt Bauman llama “vagabundo”.

La posmoderna (…) es una sociedad estratificada (…) La escala que ocupan “los de arriba” y “los de abajo” en la sociedad de consumo es la del grado de movilidad (…) La combinación actual de la anulación de visas de ingreso y el refuerzo de los controles de la inmigración tienen un profundo significado simbólico; podría considerarse la metáfora de la nueva estratificación emergente (…) El “acceso a la movilidad global” se ha convertido en el más elevado de todos los factores de estratificación (…) Algunos gozamos de la libertad de movimientos sans papiers. A otros no se les permite quedarse en un lugar por la misma razón.

Tanto viajeros y turistas están unidos en un punto: pueden viajar, se les permite atravesar fronteras sin problemas, y cumplen con ciertas reglas de la movilidad global. El vagabundo, en cambio, no cumple esos estándares. Se lo detiene en las fronteras o aeropuertos, se le exigen múltiples trámites de visado, se lo somete a todo tipo de controles. Apenas ingresamos en el terreno de la economía, de la desigualdad real de ingresos, la relación se da entre aquellos que pueden viajar y aquellos que no.

Y esa relación no se define en el marco del turismo; en relación adquiere sentido en el terreno de la economía y la política. A diferencia de la figura del viajero, que restringe estratégicamente sus capacidades al terreno del viaje, la figura del vagabundo nos obliga a mirar un poco más allá. Por ejemplo, en qué tipo de relaciones económicas se inserta el turismo.

Viajar, en todo caso, no es sólo amar el movimiento, conocer las culturas locales y cuestionar los sentidos comunes de nuestra cotidianeidad. Es también pensar desde qué marcos políticos y económicos se puede pensar el movimiento. Algo que suele estar invisibilizado para los que tenemos la suerte de poder viajar y cumplir los estándares de la movilidad global, pero que suele aparecer con toda su fuerza para muchas personas cuando entran a la escena los visados, los trámites eternos y las revisiones arbitrarias en los aeropuertos y puntos de control en la frontera.

La cita que abre la entrada está tomada de Zygmunt Bauman, “Turistas y vagabundos”, en La globalización. Consecuencias humanas. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999. La imagen que abre la entrada la tomé en el BIT, Centro de Interpretación y Turismo, en Colonia, Uruguay.

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