Pescadores en Mbor, Senegal

En todo Senegal no hay más que una sola línea internacional (de tren) -a Bamako, capital de Malí, y una nacional, corta, a Saint Louis. El tren de Bamako circula dos veces por semana y el de Saint Louis hace una salida al día. Por lo tanto, lo más habitual es que en la estación no haya nadie (…) Sólo cuando el sol brilla ya sobre la ciudad aparecen los primeros viajeros (…) Un poco antes, en el andén, he conocido a una pareja de jóvenes escoceses de Glasgow que atraviesan África Occidental desde Casablanca hasta Niamey (…) En la gran estación de Tambacounda se estropeó la locomotora (…) Todo indicaba que nos quedaríamos parados un buen rato. En poco tiempo se reunió un nutrido grupo de curiosos de la ciudad. Animé a los escoceses a que bajásemos a echar un vistazo y charlar con la gente. Se negaron en redondo. No querían conocer ni hablar con nadie. Se negaban a entablar relación alguna y no visitarían a nadie. Si se les acercaba alguien, daban la vuelta y se alejaban (…) Esa actitud suya era el producto de una experiencia breve pero mala. Se habían convencido de una cosa: si hablaban con alguien, su interlocutor siempre acababa pidiéndoles algo, dando por descontado diversas cosas: que le conseguirían una beca, le encontrarían un trabajo o le darían dinero (…) Ese tipo de quejas pronto había comenzado a repetirse. No sabían como reaccionar. Se sentían impotentes. Finalmente, decepcionados y vencidos, habían tomado una decisión: nada de contactos, encuentros y charlas. Y se mantenían fieles en su determinación. Les explico a los escoceses que las demandas de sus interlocutores son consecuencia de la convicción, que comparten muchos africanos, de que el blanco lo tiene todo. En cualquier caso, que tiene tiene mucho más que el negro. Y si en su camino se le aparece un blanco, es como si la gallina le pusiera al africano un huevo de oro. Tiene que aprovechar la oportunidad, no puede dormirse, dejar pasar la ocasión (…) Aunque también hay en todo ello una diferencia de costumbres y de expectativas. La africana es una cultura del intercambio. Tú me das algo y es mi obligación corresponderte. Y no sólo es mi obligación. Lo exige mi dignidad, mi honor y mi humanidad. En el curso del intercambio, las relaciones interpersonales adoptan su forma más elevada (…) En semejante cultura, todo cobra la forma de un regalo que exige ser recompensado. El regalo no devuelto pesa sobre aquel que no ha correspondido al mismo, le quema en la conciencia e, incluso, puede causarle una desgracia (…) Surgen muchos malentendidos cuando una de las partes no comprende que son susceptibles de intercambio valores de naturaleza diversa, por ejemplo, que los simbólicos se cambien por los materiales y viceversa. Si un africano se acerca a unos escoceses, no deja de colmarlos con un sinfín de regalos: los agasaja con su presencia y atención, al prevenirles de unos ladrones les ofrece información, les proporciona seguridad, etc. Es lógico que hombre tan generoso espere ahora que se le corresponda, que se le ofrezca una recompensa que satisfaga sus expectativas. Sin embargo, ve, atónito, que los escoceses ponen cara de vinagre o que, incluso, ¡le dan la espalda y se marchan!

Riszard Kapuscinski, “Madame Diuf vuelve a casa”, en Ébano. Barcelona, Anagrama, 2000.

Había usado la cita en Nativos y viajeros, o las interacciones equivocadas, pero vale la pena leerla de nuevo, para repensar el permanente problema de las diferentes expectativas de los turistas y los nativos. La foto que abre la entrada pertenece a Jose Pereira.

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