Desde hace varias semanas tenía “Up in the air“, la película de Jason Reitman, protagonizada por George Clooney, en mis listas de tareas pendientes. No es mi interés hacer una crítica del filme; más bien, quiero marcar algunos puntos de interés en relación a este blog y su temática.

En primer lugar, lo interesante del planteo acerca de los “saberes del viaje”. Como el personaje de Clooney se la pasa viajando, ha aprendido a manejar su cuerpo y las cosas que carga. El objetivo: demorar lo menos posible por pasar por los aeropuertos. No deja de ser todo un conocimiento refinado: cómo ordenar la ropa, el tamaño de la valija, la selección de la fila para tardar menos en la revisión de seguridad, como disminuir al máximo el tiempo que toma el trámite en el counter… De la misma forma en que el viaje mochilero implica toda una serie de saberes sobre mochilas, micros y formas de ahorrar, el viaje corporativo implica el conocimiento de otros tipos de objetos: valijas, aeropuertos, procesos automatizados.

Segundo, también es interesante la descripción de todos los mecanismos de fidelización de las aerolíneas y hoteles, que están muy presentes en el mundo corporativo. Acumulación de millas, tarjetas plateadas, doradas y negras, salas de espera para pasajeros de primera clase, entre otros puntos. Y los trucos para acumular más millas, como obtener upgrades a primera clase, y más.

Tercero, las vinculaciones que el personaje de Clooney hace entre las necesidad de mantenerse “liviano”, para poder viajar mucho y ganar dinero, y una mochila. Por mantenerse “liviano”, me refiero a tener la menor cantidad de conexiones posibles con cosas que nos hagan quedar en tierra, desde propiedades hasta pareja y familia. O sea, tener la “mochila liviana” para poder aprovechar las oportunidades. En el fondo, la idea no deja de ser una metáfora del capitalismo, que siempre busca movilizar muy rápido el capital para aprovechar las oportunidades y levanta vuelo apenas detecta mejoras perspectivas en otro lugar -algo que incluso se ve en industrias que necesitan operar propiedades físicas, como las cadenas hoteleras. Que luego este mensaje ni siquiera sea aceptado por el mismo protagonista no tiene mayor importancia; lo que se ve a lo largo de la película es que, efectivamente, muchos se toman en serio aquello de la “liviandad”. Para viajar mucho, en el fondo, una mochila pesada es al final un estorbo. Claro que podemos objetar que las relaciones sociales que se dan en nuestras vidas puedan ser presentadas, sin más, como parte de una mochila, o de un peso sobre nuestros hombros.

¿Si la película es buena? Se deja ver, aunque su desarrollo es bastante más interesante que su conclusión, ya que la película va perdiendo ritmo e interés en la última parte. Pero si les interesa revisar su mirada sobre el mundo corporativo de los viajes, es un buen entretenimiento.

Por cierto: que la película lleve por título en español “Amor sin escalas” es, simplemente, cualquiera. Se van a dar cuenta cuando lleguen al final.

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