A propósito de la reedición de Cuando muera quiero que me toquen cumbia. Vidas de pibes chorros, de Cristián Alarcón.

Para aquellos interesados en temas urbanos, un tema central está ligado con los procesos de constitución de barriadas pobres; las llamadas “villas miseria”, “ciudades miseria”, o “favelas”, de acuerdo al país donde nos encontremos. Estas zonas de la ciudad suelen ser responsabilizadas de una gran cantidad de males para el resto del entorno urbano: alojar delincuentes, de afear el aspecto estético de la urbe, de apropiarse de manera ilegal de terrenos fiscales, y de un largo listado de etcéteras. Basta con mirar la cobertura que los medios le dedican a estas zonas urbanas para que quede claro cuál es la mirada que las clases medias y altas asocian con ellas: delincuencia, marginalidad, y necesidad de mayor represión.

Cuando muera quiero que me toquen cumbia. Vidas de pibes chorros es un libro, pero también una apuesta política. Busca reconstruir, desde la voz de quienes viven en la “villa”, cuáles son los temas centrales de su vida cotidiana. Por ello, esa mirada omnipresente de los medios y de las clases medias y altas aquí está por completo ausente. Tampoco tiene lugar la mirada normalizadora y analítica de los “expertos” de las ciencias sociales, o de políticas sociales. Y por último, tampoco está la palabra de la policía. Todos -los políticos, la policía, las “clases medias”- aparecen sólo desde la voz de los “villeros”.

Y esa reconstrucción de la vida en las zonas más pobres de Buenos Aires es una sucesión de hechos, de momentos violentos, de pequeños y fugaces espacios de felicidad, de contacto permanente con la justicia y la policía. Alarcón elige construir la historia alrededor del asesinato, por parte de la policía, de Víctor Manuel “Frente” Vital, quien fue fusilado a pesar de que ya se había entregado. “Frente” era lo que se conoce en Argentina como “pibe chorro”; alguien que comenzó a robar muy joven, y que tenía un largo historial de detenciones. Pero además, es alguien que encarna una serie de valores: la del ladrón generoso, que repartía buena parte del producto de sus robos entre otros habitantes de la villa, o que podía robar un camión de leche y yogures para que los habitantes de la zona tuvieran algo más para comer. Esos valores de “Frente” ya no tienen mayor cabida en el mundo de los pibes chorros más jovenes. En ese sentido, es imposible no poder establecer una imagen bastante romántica de “Frente”, algo reforzado por los testimonios sobre él.

La mirada que elige Alarcón implica, desde ya, asumir una parcialidad: es la voz de los villeros la que resuena en todo el libro, sin que la mirada sancionadora de los medios y de las clases medias / altas ingrese para dar cuenta de una reconstrucción “moral” de la vida de los pibes chorros. Pero es una voz que era necesario recuperar; sobre todo, porque no tiene cabida alguna en el resto del panorama mediático. Allí, sólo aparecen las conclusiones de quienes los juzgan, piden mayores penas o abogan directamente por su desaparición. Pero a la vez, el libro de Alarcón marca los límites de esa mirada; al transformar la reconstrucción de las trayectorias de los pibes chorros en una larga sucesión de hechos, deja en claro que por ese lado no hay salida para los sectores más pobres. Simplemente, porque esa reconstrucción de la cultura popular en tanto fragmentos asistemáticos da cuenta de su precaria capacidad de análisis y de situarse frente al resto de la sociedad. La vida se transforma entonces en una serie de acontecimientos, fatalidades, destinos marcados, fragmentos sueltos. Donde la vida es corta y nadie sabe cuando se termina. Esa concentración en lo episódico dice mucho de la incapacidad en concentrarse en estrategias a futuro, necesarias para salir de una situación de pobreza que algunos ya llaman “estructural”.

Cuando muera quiero que me toquen cumbia. Vidas de pibes chorros fue reeditado hace algunos días por la editorial Norma en su colección pocket “Verticales de bolsillo”, por lo que supongo que será editado en toda América Latina. En Argentina se vende por 24 pesos, unos 8 dólares. Es una buena oportunidad para acceder a una mirada de las zonas urbanas más empobrecidas de Buenos Aires, sin tener que someterse a las lecturas oblicuas que nos obligan las miradas “moralizantes” de los medios y de ciertos sentidos comunes muy presentes en las clases medias / altas.

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