Los mismos que no dejarían de saludar como “valiente” o “lúcido” el trabajo de objetivación si se aplicara a grupos ajenos o adversos, sospecharán de los determinantes de la lucidez especial reivindicada por el analista del propio grupo”.

Pierre Bourdieu, en Homo Academicus

Cualquier análisis de nuestro propio grupo siempre nos parecerá incompleto, al menos, y malintencionadamente injusto, en otros. La literatura de viajes está llena de esos problemas. Por lo general, no aparecen cuando alguien, con interesados motivos, nos elogia. Pero basta que un analista asome con ciertas críticas para que en nuestros comentarios aparezcan las referencias a “sus intolerables motivaciones”. “Elogiar” es no asumir un riesgo que aparece muy visible si optamos por tomar una vía menos complaciente, que puede terminar, desde ya, en el etnocentrismo.

Entonces: analizar la crítica del otro desde el punto de vista de dar cuenta de sus “intereses” y “motivaciones” es, como plantea Bernard Lahire, una forma de “descubrir su estrategia”. Pero a la vez, oculta un punto central: nuestros intereses. Sólo los otros son estratégicos. Nosotros, al parecer, hablamos desde el conocimiento más adecuado, de la contextualización correcta, desde la “no estrategia” del saber sobre ciertas cosas. Es obvio que esto no tiene mayor sentido; al analizar de manera estratégica el discurso del otro, es porque hablamos desde algún lugar. ¿Podemos aplicar el mismo principio “estratégico” a lo que decimos?

Hablar del otro -entendido esto más que nada como aquellos a los que reconocemos como integrantes de otros grupos, sean nacionales, sociales, étnicos, o lo que se les ocurra- es traducir a ese otro a la comprensión de nuestro grupo. Pero basta que ese texto caiga en manos del grupo analizado para que la lectura cambie. Por lo general, la reacción suele ser poco amable, condenatoria, descubridora de estrategias ocultas.

Lo peor de todo se da cuando, en esa especie de obsesión de dar cuenta de la estrategia del otro para “desacreditarnos”, olvidamos analizar lo que realmente dice. Más bien, lo que importa es la manera en la hemos objetivado sus “intencionalidades”. No importa lo que se dice en la crítica; ésta, por defecto, será de mala fe, tendrá intencionalidades estratégicas, tratará de explotar ciertas posiciones destinadas a obtener una ventaja sobre nosotros.

Esto no se aplica sólo a la literatura de viajes. Se puede usar con cualquier crítica que nos dirigen. La primera pregunta no es “¿cuán razonable es su planteo?”. Por lo general, suele ser otra: ¿cuáles son las motivaciones y estrategias que lo llevan a criticarme?”. Y al encontrar algunas de estas “estrategias”, lo dicho pierde sentido. Lo que prima es el análisis de las “malas intenciones” del otro, visto como un estratega al servicio de sus propios intereses.

Establecer los dichos del otro como “estratégicos” no denuncia nada. O no debería ser pensado como una denuncia. Más cuando no analizamos nuestro propio discurso como parte de un posicionamiento particular, también relacionado con nuestros intereses.

Referencias bibliográficas

Bourdieu, Pierre (1984) “¿Un libro para quemar?” en Homo Academicus. Buenos Aires, Siglo XXI, 2008.
Lahire, Bernard (2005) “Objetivación sociológica, crítica social y descalificación” en El espíritu sociológico. Buenos Aires, Manantial, 2007.

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