Dubai es seguramente el proyecto turístico más ambicioso que se pueda encontrar hoy en este mundo. Todo está armado de manera impresionante: el edificio más alto del mundo, el centro de compras más grande del mundo, el complejo de islas artificiales más grandes del mundo… Y sigan con el gigantismo. El país usa las impresionantes ganancias de la explotación del petróleo para reconvertirse en una nación que logre obtener la mayor parte de sus ingresos del turismo de cinco estrellas. Los proyectos son impresionantes: habrá una “ciudad verde” que será sustentable por sí misma; una “Media City” que apunta a transformarse en un hub informativo para grandes empresas de medios; una “Health City” para tratamientos médicos en asociación con la Universidad de Harvard; una sucursal del Louvre, además de la instalación de otros grandes museos… Podríamos seguir un largo rato con la enumeración de los proyectos.

Pero antes que dedicarnos a describir lo que se viene, más bien podríamos analizar algunos puntos interesantes: ¿cómo puede situarse una nación islámica, y donde no hay democracia, como una verdadera potencia del turismo del lujo y el ocio? En “Fear, Sand and Money in Dubai”, Mike Davis analiza el tema de las “libertades modulares” que se dan en Dubai. Mientras que en el resto del país rigen las leyes y costumbres de cualquier país islámico, las “zonas especiales” del turismo no están sometidas a tales restricciones. Mientras que el acceso a Internet para los ciudadanos de esa nación está fuertemente vigilado, en la futura “Media City” se navega como si se estuviera en Estados Unidos. Un extranjero que llegue en plan de “turismo de cinco estrellas” estará como en cualquier ciudad cosmopolita.

Buena parte de esta impresionante prosperidad de Dubai, y su boom de la construcción, está asentada sobre la mano de obra de extranjeros. Éstos son mal pagos, no tienen derecho a la protesta, y pueden ser expulsados del país de manera inmediata. Más sobre este tema en una entrada anterior de este blog, que se concentraba en el tema de la fuerza laboral en ese país. Un dato interesante: la esclavitud en Dubai fue abolida oficialmente en 1963, consigna Davis. La condición de “extranjero”, cómo se darán cuenta, difiere mucho del turismo “cinco estrellas”. Mientras áquel accede a lo mejor de una propuesta cosmopolita, los trabajadores de la construcción ni siquiera tienen derechos a reclamar por sus salarios.

Que Dubai no sea una democracia no parece interesarle a nadie. Obviamente, el punto son los negocios, y ésta nación parece prometer muchos y muy rentables. Por ejemplo, “Media City“, como propuesta para los grandes medios, ya ha atraído a varias empresas por su propuesta de moderna infraestructura. Pero a la vez, el país está bajo una estricta censura. Por el concepto de “libertades modulares”, no hay problemas en informar sobre lo que pasa en el resto del mundo. El tema cambia a la hora de hablar de Dubai. Un breve artículo sobre este tema se puede leer en The Guardian (en inglés).

Dubai, entonces, no es simplemente “un gran proyecto”. Es interesante ver cómo se combinan en este proyecto las ventajas de un petróleo a altos precios y trabajo a bajo costo. Y hay otro punto más: la enorme acumulación de fondos en la actualidad necesitan una salida financiera y de inversión. Y Dubai es una de ellas.

Pero con eso seguimos mañana.

Buena parte de los datos de esta entrada están tomados del texto de Mike Davis, “Fear, Sand and Money in Dubai”, incluido en Mike Davis y Daniel Bertrand Monk (eds.) Evil Paradises. Dreamworlds of Neoliberalism. New York, The New Press, 2007

Más sobre Dubai en la Wikipedia.

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