Cuando una ciudad alcanza una gran cantidad de visitantes, y su oferta comercial y cultural se hace muy relevante, aparece un espacio muy interesante para las guías de viajes: la de ocuparse de segmentos especializados. Ya no sólo guías generales; también comienzan a aparecer libros dedicados a la arquitectura de la ciudad, su gastronomía, y sigan la lista. Y con New York me di cuenta hasta donde puede llegar la especialización de las guías.

El punto donde caí en esa casi obviedad fue cuando compré New York’s 50 best places to enjoy breakfast and brunch. El libro forma parte de la colección “New York’s 50 best”. Escrito por Courtney Baron, es básicamente un listado de 50 lugares donde desayunar o hacer un brunch -esa particular mezcla de desayuno y almuerzo, muy común los fines de semana, cuando nos levantamos tarde. La selección es realmente muy interesante, con lugares de todo tipo. Es una lástima que no haya indicaciones sobre valores estimativos -al menos una escala de caro a menos caro- aunque muchos de los sitios listados -Les Halles, el restaurante donde ¿cocina? Anthony Bourdain, o Aquavit- juegan dentro de la liga de los deep pockets.

Ya ni siquiera estamos hablando de una guía de gastronomía; ahora estamos dentro de una activa segmentación de ese mercado, y podemos encontrar opciones dedicadas a turistas vegetarianos, o que buscan “auténtica comida estadounidense”, o lo que se les ocurra.

Lo interesante es que la ciudad es incluso una excelente excusa para hablar… del mundo. En ese convencimiento de que son “la capital del mundo”, se puede producir un libro como The World in a City: Traveling the Globe Through the Neighborhoods of the New New York, de Joseph Berger -y que no compré en mi último viaje porque ya no tenía ni idea como meter más cosas en mi valija. El libro trata sobre todos los lugares del mundo que pueden ser rastreados en los barrios neoyorquinos, a partir de la variada cantidad de nacionalidades que pueden rastrearse entre sus inmigrantes.

Ya ni siquiera es necesario salir de la ciudad para experimentar lo global; la sabiduría local neoyorquina basta para pasear por el mundo sin alejarse demasiado del metro o de casa. Aún cuando el libro de Berger no es una guía de viajes, y ni siquiera esté dirigido sólo a turistas, marca un punto interesante: la de situar a la ciudad en una red global, donde sólo se puede comprender lo local como parte de esa inserción global. Y, claro, refuerza esa especie de sentido común imperialista de New York como “la capital del mundo”. El libro adquiere más interés en un país como Estados Unidos, donde la mayor parte de la población ni siquiera tiene pasaporte y por lo tanto nunca viaja al exterior -hay una interesante discusión en este enlace (en inglés) sobre ese tema, pero los cálculos sobre los estadounidenses con pasaporte varían del 21 al 34%.

Si antes llevar una guía en la mochila era agregar un peso extra, me pregunto que haremos ahora, cuando probablemente leamos tres o cuatro antes de visitar una ciudad: una generalista, y un par más especializadas. Casi les diría que todo eso es material de consulta para leer antes de salir de casa, y tomar notas; luego, hasta tal vez es mejor dejarlas en casa y dejarse llevar por la ciudad, con algunos puntos marcados como para guiarse. Porque el mercado de guías ya aparece tan segmentado que deberíamos quedarse varias semanas en una ciudad grande como para conocerla de manera decente.

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