En Maus, Art Spiegelman narraba la historia de sus padres en la Europa del nazismo, y cómo habían logrado sobrevivir en los campos de concentración. Además de una verdadera maravilla de narración, la historieta de Spiegelman lograba dotar al Holocausto nazi del lado humano que se pierde detrás de las cifras y la reconstrucción histórica de los hechos, ya sea como simples batallas, ya sea como tendencias.

Y el Museo del Holocausto de Washington tiene una intencionalidad similar: detrás de los números, de los nombres, las batallas y las creencias de los nazis, existieron millones de vidas, en singular, destrozadas. De entrada, esa intención queda clara: nos dan una tarjeta de identificación de una persona que fue enviada a un campo de concentración nazi. A lo largo del recorrido, armado de manera cronológica, veremos como el ascenso y caída del régimen de Hitler y sus ideas racistas se cruzan con el texto en nuestra tarjeta de identificación, que está escrito en primera persona. En mi caso, me tocó la tarjeta de Miso Vogel, nacido el 29 de noviembre de 1923 en Jacovce, en la entonces república de Checoslovaquia -hoy Eslovaquia.

Y a medida que nos adentramos en el museo, podemos observar, en los paneles de textos y fotos, la creciente violencia de los nazis contra los judíos y todos aquellos “racialmente inferiores” a la “raza aria”. Son muy recomendables los varios documentales que se proyectan de manera permanente. Uno de ellos rastrea, en apenas 23 minutos, la historia de los prejuicios antisemitas, con el fin de dejar en claro que este tipo de ideas no eran una invención de la Alemania nazi. Allí se deja en claro, por ejemplo, el papel de la iglesia católica en la difusión de todo tipo de invenciones y ataques contra los judíos. Por cierto, la reconstrucción histórica en el museo deja bien en claro que Estados Unidos, antes que ayudar a muchos judíos a escapar de los nazis, se la pasó, todos los años previos a la guerra, con una política de rechazar refugiados. De esa manera, y al no brindar una escapatoria para muchos de los perseguidos por el régimen nazi, ayudó a éste a causar aún más muerte.

Pero no todo es historia, y la idea del museo es, como decía antes, la de vincular las historias individuales de quienes fueron a los campos de concentración con la historia en plural. Ver los vagones en donde muchos fueron llevados a las cámaras de gas; los sacos repletos de cabellos humanos, que los nazis recogían con el fin de usarlos para fabricar otros elementos; los trajes de los campos de concentración; las miserables barracas de madera donde dormían; los miles de zapatos raídos, apilados unos encima de los otros; todo ello alcanza en un momento una dimensión dolorosa, abrumadora y difícil de afrontar. Hay momentos en que ya no se puede recorrer; lo único que queremos es detenernos un momento, sentarnos, quedarnos un rato en silencio, hasta que se te va el nudo de la garganta. Aquí no hay números; hay millones de vidas perdidas, sus fotos, sus ropas, sus cosas. La percepción del dolor es algo omnipresente allí.

En el museo no están permitidas las fotos. No es una prohibición arbitraria. El lugar, en buena medida, está integrado al circuito turístico de Washington, pero entrar allí implica abandonar la actitud del turista que busca asimilar rápido y fácil. Parte de ese abandono de la “actitud del turista” es, justamente, dejar la cámara fotográfica de lado. Porque, si dejaran entrar con ella, ya veríamos a más de uno posando dentro de los vagones que iban a Auschwitz, o cosas peores.

Hay secciones del museo dedicadas a otros genocidios; en la actualidad, hay mucha presencia del tema Darfur. En el hall de acceso se puede obtener más información sobre ese tema.

Esta entrada va sin fotos. Se podía tomar imágenes del hall, pero decidí que había cosas que prefería reconstruir con la memoria. Al fin y al cabo, es lo que busca reconstruir el museo: la historia de las historias detrás de LA HISTORIA con mayúsculas. Y por cierto, Miso Vogel sobrevivió al campo de concentración de Lansberg tras la llegada de las tropas estadounidenses en abril de 1945. Y emigró a Estados Unidos en 1946.

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