En estas horas estoy leyendo Lugares de encuentros vacíos, el segundo libro más conocido de Dean MacCannell, más conocido por El Turista. Y en la introducción, MacCannell se despacha con un brutal párrafo dedicado a los turistas que demandan y consiguen que las comodidades de la vida moderna y sus lujos -al menos en los países más desarrollados- sean llevados a los rincones más remotos, en medio de hermosos paisajes y montañas y lagos y todo lo que ustedes asocien con la naturaleza:

La otra forma de concebir el viaje es dentro de unos caminos prescritos que no sólo satisfacen todos los derechos territoriales y de propiedad, sino que el propio viaje se convierte en una especie de homenaje a la territorialidad. El turista “consume” países e intenta identificarse no sólo con sus compañeros turistas sino con los pueblos sedentarios que encuentra a lo largo del camino. Lejos de renegar de todo salvo de los recursos materiales y espirituales más básicos, esta otra forma de viaje implica elaboradas estrategias de movilidad y acomodos temporales que están diseñados para imitar no sólo la existencia ultrasedentaria antaño territorio de la nobleza: todos los hoteles turísticos burgueses prometen tratar a sus huéspedes como “realeza”. El atractivo reside en un ideal concreto de viajes en el que las comidas, los medios de transporte, los alojamientos, etc, deberían ser más lujosos, más exquisitos y más elaborados que sus equivalentes en el país de origen. Logrando este objetivo con mano de obra humana en lugar de conseguirlo con máquinas se demuestra que hay un nivel mundial de comodidad burguesa universal, que existe más allá del ámbito de los dispositivos tecnológicos “que ahorran trabajo”. Se deriva cierto “mérito” de la tarea de movilizar de manera eficaz a la población local para trasladar voluminosas cantidad de equipaje o de la construcción, en las profundidasdes de los bosques, de campamentos temporales con todas las comodidades del mundo occidental. No se puede pasar por alto la agresividad idelológica de semejante gesto: “no importa a que rincón del mundo vayamos, ni por cuanto tiempo, podremos disfrutar de un nivel estándar de confort y estar rodeados de más cosas de las que vosotros, los lugareños, podréis tener jamás, ni siquiera en sueños”. Esta es una conciencia nómada del revés en la que el objetivo primordial del viaje consiste en establecer una organización doméstica sedentaria en el mundo entero, desplazar a la población local, o al menos subordinarla en dicha iniciativa, convertirla en el personal “doméstico” al servicio de los capitalistas globales. La campaña en este caso no es a favor de la libertad, sino en pro de una contención y un control a nivel mundial que camina siempre hacia el ideal de dos clases económicas (“local” frente a “multinacional”), una moneda única, un pasaporte, un mercado, un gobierno: en definitiva, un fascismo global

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No deja de impresionar la cantidad de temas que MacCannel vincula en apenas un extenso párrafo, y como se las arregla para establecer una clara posición política sobre el tema. Si a ustedes también les causaba cierto escozor encontrar hoteles boutique o cinco estrellas en medio de paisajes hermosos y que hasta poco tiempo atrás no habían sido invadidos por edificación alguna, el texto de MacCannell les provee de algunas ideas interesantes. Al fin y al cabo, la idea de “me voy a ver la naturaleza pero con muchas más comodidades que en casa” es de una agresividad enorme con el medio ambiente, pero a la vez instala relaciones sociales muy claras. Relaciones que MacCannell resume provocativamente con la idea de “la realeza” del turismo rodeada de los habitantes locales, que funcionan casi a la manera de la servidumbre, y que jamás accederá a ese tipo de bienes o servicios.

La cita está tomada de

Dean MacCannell (1992) “Introducción” en Lugares de Encuentros Vacíos. España, Melusina, página 15-16. Año de edición en español: 2007.

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