Sombrillas

El mercado de viajes es tan complejo, tan difícil de abarcar, cuenta con tantas derivaciones, que ha generado una enorme cantidad de especialistas en temas muy puntuales. Hay quienes se especializan en la gestión de marketing de hoteles; quienes analizan tendencias de compras; que se dedican a la hospitalidad, la gestión de propiedades vacacionales o el diseño de marcas para el sector. Pero perder de vista ciertas tendencias globales es peligroso; y eso es algo que puede pasar cuando no alentamos la existencia de analistas que conecten los cambios en el mercado turístico con otros más amplios. Por ejemplo, las modificaciones en el mercado laboral.

Si hoy podemos hablar de turismo, es porque el mercado de trabajo cambió de tal manera en el siglo XIX que se instituyeron los períodos anuales de descanso. Las vacaciones, claro. Gracias a la lucha de los obreros, las empresas y los gobiernos acordaron permitir esos períodos de descanso, y para atender ese mercado, se creó una enorme industria turística. Durante el período fordita, entre 1920 y 1973, las cosas estaban claras: vacaciones para todo el mundo en etapas determinadas del año, tanto para los trabajadores como para su familia. La temporada alta, claro. En buena parte, esa temporada estaba relacionada con las posibilidades de grandes sectores de la población de poder consumir, viajar y movilizarse.

Pero el progresivo quiebre del fordismo en los últimos 30 años está llevando al mercado de viajes a cambiar de manera dramática. Por un lado, el concepto de temporada alta ya no es tan omnipresente. Es aún muy relevante, pero a medida que cada vez más personas pasan al sector de servicios y de tecnologías de la información, ya no aparece tan fuerte la tendencia a “descanso para todo el mundo en la misma época del año”. Ya no estamos en la época de la cadena de montaje.

Pero, como marca Daniel Cohen en Tres Lecciones para la Sociedad Postindustrial, su libro editado hace pocas semanas en español, los cambios en el mercado del trabajo son aún más produndos. En tanto el fordismo requería grandes cantidades de mano de obra, aprendió a estructurar la fabricación de tal manera de poder incluir en el sistema a cualquier obrero. En un país de inmigrantes como Estados Unidos, el fordismo agregó a todo obrero en su sistema, sin que importara si hablaba bien inglés, su instrucción escolar o si sabía leer o escribir. Como decía Ford, le bastaba si “los obreros no tomaban en el trabajo”.

Allá por 1920, la lección de Henry Ford para subir la productividad de sus obreros era simple: pagarles buenos salarios. Pero con el paso de las décadas, el capitalismo se encontró con obreros que demandaban cada vez mayores sueldos, lo que estimuló varios cambios. Por un lado, la ofensiva contra los sindicatos. Pero por otro, una incesante cadena de innovaciones destinadas a precisar cada vez menos mano de obra, que era considerada cara. Hoy tenemos fábricas sin obreros.

¿Pero adónde se podrá incluir ahora a todas esas personas que el fordismo se había preocupado por incluir en el sistema por razones de negocios? Eso es lo que marca Cohen: ya nadie se preocupa por incluirlos. El paso hacia una economía de la información lleva a valorar a los trabajadores instruidos, polifuncionales y capaces de resolver constantemente problemas sin necesidad de esperar órdenes. La brecha en la sociedad comienza a hacerse cada vez más amplia entre quienes se han insertado en esa economía de la información y quienes quedan afuera.

¿Y qué importancia tiene esto para el turismo? El surgimiento del turismo es tributario de la estructura del mercado laboral de su época, de la inclusión de muchas personas al mercado de consumo, y del surgimiento de un turismo popular. La concentración de la riqueza y la brecha entre trabajadores divide esta sociedad entre quienes pueden consumir y quienes cada vez tienen más dificultades para hacerlo. O, para decirlo de manera más tajante, quienes pueden gastar en viajes, y quienes no pueden hacerlo en absoluto -o a lo sumo pueden gastar sumas muy pequeñas, y se ven en serias dificultades para movilizarse de un lugar a otro.

Si hoy leemos sobre desarrollos turísticos, siempre el público es el mismo: el sector alto – medio alto de la sociedad. Si aún tenemos hoteles que apuntan a los sectores de menores ingresos, éstos están sobre todo concentrados en los destinos que tuvieron un fuerte desarrollo en el fordismo, entre 1920-1980. Chequeen los destinos que se han desarrollado mucho en los últimos diez años; verán allí una sobrerrepresentación de hoteles boutiques, cadenas de cinco estrellas y todo tipo de ofertas para quienes pueden gastar sin problemas.

No se trata de ser mecanicista, claro. Los destinos que buscan instalarse entre las clases más pudientes a la larga generan una red de alojamientos más económicos. Pero tampoco podemos perder de vista que los cambios en la concentración de la riqueza, en el mercado laboral y en el valor de los productos nos está llevando a un mercado turístico muy diferente que el que se conoció en la mayor parte del siglo XX. Sin temporada alta, con mayor cruce entre viajes de trabajo y de descanso, y con una reducción de las posibilidades de consumo en menos personas con más capacidad de gasto. El proceso ya lleva al menos dos décadas; hasta donde nos lleve es algo que no podríamos predecir, pero son tendencias lo suficientemente claras como para pensar la relación entre economía, mercado de trabajo y turismo.

Las referencias a Daniel Cohen está tomada de Tres Lecciones sobre la Sociedad Postindustrial, en particular el capítulo 2, “La Nueva economía – mundo”. Buenos Aires, Katz Editores, 2007. Sobre el libro, más información en la página de la editorial. La foto de las sombrillas que abre la entrada -las playas siempre han sido en mi memoria la personificación de las vacaciones fordistas y los hoteles sindicales- fue publicada por vizzo en Flickr, bajo licencia Creative Commons Attribution.

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