Praga: vista dalla torre di Petrin

En las ciudades de ninguna parte (…) no hay huellas del pasado. Pero en las verdaderas ciudades el pasado está realmente en las paredes, en las piedras

La cita a John Berger abre un punto interesante para ampliar la reflexión sobre Praga que publiqué hace algunas semanas. Poseer uno de los centros históricos mejor conservados del mundo le ha dado a la ciudad un patrimonio que puede ser explotado turísticamente. Pero no todo es turismo; la ciudad ha comenzado a tener un desarrollo económico fuerte de otro tipo de negocios, vinculados con las finanzas y los bienes raíces. Y éstos están presionando para lograr tener edificios modernos para oficinas y satisfacer la demanda de nuevos lugares donde vivir.

En un análisis muy simple, buscaríamos marcar justamente el problema del conflicto entre la necesidad de conservar un centro turístico para el turismo y las tendencias en otras áreas de la economía. Y podríamos dar cuenta de la necesidad de políticas que resguarden ese patrimonio antes de que sea afectado. No todo tiene que ver, claro, con la desaparición de edificios; también está el problema de la contaminación visual; viejos y elegantes edificios frente a enormes torres de cristal con el logo de un banco en la parte superior.

Ahora bien: ¿no es acaso parte de la evolución histórica de una ciudad el hecho de que las tendencias económicas la transforman? Buena parte de la pelea por conservar el patrimonio urbano es realmente difícil porque hay que pelear contra intereses muy fuertes, que tienen el peso de mucho dinero de su lado. En este conflicto en particular, el turismo es puesto del lado de la conservación de la historia, en tanto como actividad económica relevante aparece como un motivo clave para no permitir transformaciones demasiado aceleradas del entorno. También está, claro, la pelea por la historia; por ejemplo, los vecinos que no quieren que se destruya la historia del lugar donde viven y se las reemplace por enormes edificios. La conservación del centro de Praga no fue una casualidad; la ciudad no fue bombardeada como tantas otras en las dos grandes guerras del siglo XX, y tampoco pasó por los graves problemas étnicos de naciones como la ex Yugoslavia. En cierta medida, su posición un tanto marginal en el desarrollo económico europeo logró, al no presionar la renovación de la ciudad, a su conservación. Hoy las cosas han cambiado, Praga está cada vez más de moda, y se hará complicado sostener el mismo paisaje.

Pero muchas veces el turismo juega un papel diferente, al presionar ciertos entornos urbanos para que se modernicen y atiendan las demandas de turistas de mayor poder adquisitivo. Pienso, por ejemplo, en el caso de Tilcara, en la Quebrada de Humahuaca, en la provincia argentina de Jujuy, en los últimos años han aparecido muchos emprendimientos hoteleros dirigidos al turismo internacional, y que están modificando el patrimonio arquitectónico del lugar, en tanto éste no aparecía ligado a las necesidades del mercado de viajes.

Desde ya, se pueden elegir muchos ejemplos de peleas por el patrimonio urbano, y que terminaron finalmente cooptados -y de alguna manera, conservados- por el turismo. Como el bondinho, el tranvía que va del centro de Rio de Janeiro hacia el barrio de Santa Teresa. Los vecinos pelearon contra su cierre por años, y ahora, en ciertos horarios, es más usado por el turismo que por los habitantes locales.

¿Se les ocurren otros ejemplos en las zonas donde viven? Seguro hay cientos de interesantes historias sobre la relación entre patrimonio y desarrollo turístico. Por cierto, la foto que abre la entrada pertenece a Gaspa, y fue publicada en Flickr bajo licencia Creative Commons Attribution. Y la cita de Jonh Berger está tomada de “Composición de lugar. Una conversación con John Berger”, en Berger, John y David Harvey (2007) Boulevard Central. Buenos Aires, Edhasa.

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