Una de las dimensiones más interesantes del viaje son las que remiten a la necesidad del cambio personal. Las valijas, la mudanza, el dejar atrás “casa”, es uno de los tópicos más recurrentes de las narrativas personales ligadas con el traslado. Desde ya, esto supera a la mera cuestión del turismo, y se inscribe de lleno en problemáticas como el nomadismo y la migración. “Viajar”, en esa perspectiva, implica dotar al movimiento de una propiedad importante: que será capaz de cambiar nuestra vida, de sacarla del letargo, del sedentarismo, de la falta de riesgos, del conformismo.

Y siempre me pregunté el porqué de esta asociación que aparece tan obvia. Cambiar de aires es inspirador cuando ves todo de una manera novedosa, casi extasiada. Pero allí el tema no es el viaje, ni el traslado; más bien, es una disposición corporal y mental destinada a captar cada uno de los ángulos de ese lugar nuevo. En cierta medida, no hace falta irse al lugar más lejano de la lista para hallar esa disposición a ver las cosas de manera diferente.

Digo: muchos turistas se aferran a lo conocido, a sus McDonald’s, a sus productos de todos los días, a su idioma, incluso cuando están en el culo del mundo. Se desesperan por tener una parte de su cotidianeidad aferrada a una normalidad que han construido por años. Pero por otro, hay quienes necesitan corporeizar en una valija, en un pasaje de avión, en el plano de una ciudad desconocida, ese deseo por ver las cosas de manera nueva. Moverse, en el fondo, es sólo una cuestión de decisión; pero cambiar y observar lo que tenemos alrededor nuestro de otra manera es parte de procesos mucho más difíciles de entender que un simple mandar a la mierda todo.

Ok, esto ha sido la pastilla mensual de filosofía superficial asociada al movimiento. Y yo también necesito viajar un poco más, seguro.

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