En las últimas semanas, tanto Argentina como Brasil han pasado por momentos muy complicados en cuanto al ordenamiento de su espacio aéreo. Los problemas se deben sobre todo al colapso de la infraestructura dedicada a controlar los vuelos, sobre todo en cuanto a los radares. Las consecuencias son muy graves: la seguridad de los vuelos en ambos países está seriamente cuestionada. En ambos casos, el control estaba en manos de los militares, aunque esto ya está cambiando en Argentina -donde el espacio aéreo será manejado por una institución civil- y probablemente haya novedades en Brasil en no mucho tiempo. Tony Gálvez ha seguido en su blog los problemas en Brasil. Pero quería dedicar esta entrada a marcar algunas diferencias con lo que está pasando en Argentina.

En Brasil, buena parte de los problemas se han dado por el crecimiento enorme de la cantidad de vuelos, en buena parte gracias al éxito de empresas como Gol y Bra. Frente a ello, el Estado no ha dado una respuesta adecuada, y no ha modernizado la infraestructura tanto en los mismos aeropuertos como en la seguridad. Pero la crisis en Argentina, en cuanto a la seguridad, se da a pesar de que la oferta de vuelos de cabotaje ha crecido mucho menos que la demanda. De hecho, es uno de los problemas más serios que enfrenta el mercado turístico local: la baja oferta de vuelos a muchos destinos en Argentina, lo que está causando problemas muy serios en destinos como Ushuaia, que dependen enteramente de los vuelos. La pregunta, claro, es qué habría pasado si el mercado aéreo argentino hubiera crecido al mismo ritmo que el resto de la economía. Probablemente tendríamos una situación aún más complicado que la de Brasil.

La situación en ambos países, de todos modos, no es un producto de una coyuntura; es parte de un proceso de deterioro bastante largo. Y que no va a poder ser revertido rápidamente, por más que se compren radares nuevos. Las dificultades, justamente, se deben a la incapacidad evidente de quienes hasta ahora han manejado el espacio aéreo de ambas países. Es hora de cambiar, pero no podemos esperar que las mejoras lleguen rápidamente. Incluso si las cosas se hacen de manera seria, tardaremos de dos a tres años en normalizar la situación. No dejan de ser malas noticias para el mercado turístico de Argentina y Brasil, que no puede acompañar el crecimiento del turismo , y que incluso le puede poner un claro freno a la inversión en otras áreas, como hoteles y otros emprendimientos. En el fondo, no habrá una mejora del mercado de viajes si el Estado y los privados no invierten en infraestructura. Algo que seguramente aprenderemos, de malas maneras, en próximos años.

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