Viajar no sólo es moverse por el espacio; es traer elementos de ese viaje a casa. Muchas veces, esos elementos llegan bajo la forma de souvenires. ¿Por qué compramos ese tipo de cosas? Esta entrada tiene un carácter claramente hipotético, para apuntar a algunas explicaciones de porqué los viajeros y turistas se apropian de este tipo de objetos. Por las dudas, aclaro: por su carácter hipótetico, su intención es ser debatidas, y no ser tomadas como afirmaciones taxativas.

La hipótesis experiencial: compramos souvenires no por lo que estos significan, sino más bien por el grado de conexión con nuestras experiencias de viaje. O sea, el souvenir vale en tanto nos permite recuperar ciertos fragmentos de nuestro viaje, de la misma manera en que ciertas canciones son importantes no tanto por su valor compositivo sino por las cosas que nos evocan. De esa manera, podríamos hipotetizar que el souvenir adquiere sentido en relación con nuestro movimiento.

La hipótesis de la subordinación: si adquirimos souvenires, esos objetos estandarizados que son vendidos masivamente a cientos o miles de visitantes, es porque la industria del turismo ha logrado colonizar nuestra imaginación, y nos impone que nuestros recuerdos deben adquirir sentido sólo en relación con esos objetos mercantilizados. De la misma forma en que la industria logra que consumamos ciertos productos no en función de su utilidad sino en relación con lo que significan, el souvenir es una manera de “significar el viaje” en provecho de las necesidades de la industria turística.

La hipótesis irónica: aún cuando sabemos que esos objetos son ridículos, masificados, y en sí mismos carentes de valor -y discutiblemente asociados con nuestra experiencia del viaje-, la compra de los souvenires es un ejercicio de ironía y distanciamiento de los significados asociados al destino y al movimiento. Es un poco lo que se ha tematizado en muchos textos sobre posmodernismo y vida cotidiana, donde los objetos adquieren valor no por su significado intrínseco o por su valor de uso, sino por la manera en que podemos estetizarlos en relación a lo que hacemos todos los días.

Como decía en el primer párrafo, esta era una entrada que partía de una serie de hipótesis acerca de porqué compramos souvenires, aún cuando no tomo partido por ninguna de las tres. ¿Alguna hipótesis más que habría que agregar a la lista? La foto corresponde a un típico souvenir de Mar del Plata, una de las zonas más turísticas de la Argentina. Se trata de la figura de los lobos marinos, que cambian de color de acuerdo a la humedad que se detecta en el ambiente. Se trata de un souvenir con larga historia, y que se vende desde hace varias décadas en esa ciudad.

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