Para quienes han viajado muchas veces solos, el espacio de viajes suele concentrarse muchas veces en las grandes ciudades. Allí uno puede conocer nuevas personas, encontrar más variantes de hostels, y por lo general divertirse más. Pero a veces optamos por decir “quiero descansar, me voy a un lugar tranquilo con mis libros y listo”. El problema, claro, es que ese perfecto lugar desierto donde hemos ido a descansar nos termina, antes de darnos un descanso, por abrumar del todo. O peor aún: nos aburrimos como hongos. Convengamos que es difícil ser divertido para uno mismo. Y a veces, ni nuestras pilas de libros, ni nuestro reproductor de MP3 lleno de canciones, puede hacer nada para parar el inevitable aburrimiento. Caminamos de acá para allá, visitamos cuanto bar encontramos, pero terminamos temprano en nuestra habitación leyendo a las ocho de la noche. Afuera, claro, no hay nada que hacer.

¿Y en qué termina todo esto? En que al otro día estamos con la mochila en la terminal de buses, o en donde pare el transporte público. Con rumbo, claro, a la ciudad más cercana, con todos los libros leídos y con la batería del reproductor MP3 peligrosamente baja…

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