Una mirada al mirador

El sistema de economía capitalista o de “libre mercado” se basa en la posibilidad de generar ganancias, cada vez más rápido. Por ello, el capital debe circular a cada vez mayores velocidades. Y nosotros, junto con el capital, nos vemos obligados a tomar decisiones cada vez más veloces sobre nuestros trabajos, consumos, relaciones personales.

Pero en ningún otro lugar tenemos tan poco tiempo para decidir que hacemos que en un mirador turístico. Y no sólo hay que tomar una rápida decisión de donde pararse, sino que además nuestras posibilidades de fallar son decididamente muy altas. Basta con que nos paremos un segundo para que llegue la fatídica pregunta: ¿te podrías correr que vamos a sacar una foto? Hay muchas maneras de leer esa pregunta. La más básica es pensar que, simplemente, molestamos. Que no quieren desconocidos en la foto, a pesar de que están rodeados de ellos.

El problema de los miradores se hace mucho peor cuando el punto que todos quieren fotografiar es muy preciso. Como el Cristo Redentor, en el Corcovado, en Río de Janeiro. En cataratas hay un poco más de posibilidades, pero no muchas más. Desde el mirador, todas las lentes apuntan para el mismo lado, y las “fotos felices” de los turistas contienen encuadres pocos ortodoxos, codos sobresaliendo aquí y allá, alguna espalda y un par de caras que jamás volverán a ver.

Desde ya, el problema no son los miradores, sino que los inconvenientes aparecen cuando lo vinculamos con el uso de la cámara fotográfica. Todos quieren la prueba de haber “estado allí”, y la imagen congelada certificará eso.

Personalmente, pocos lugares me irritan tanto como los miradores. A la quinta vez que me piden que me ponga en otro lugar, o me sacan de un poco disimulado codazo, o me empujan, me harto y me voy a mirar las cosas desde otro lado. Lo cual no quiere decir que no tenga alguna que otra foto en esos lugares. Pero bastan tres minutos para ponerme de mal humor, y para lograr llevarme rápidamente a un punto fuera del reino del turismo extremo. Allí donde las decisiones se toman demasiado rápido como para que puedas mirar el paisaje. Donde hay demasiadas preguntas, codazos y empujones, pero todo el mundo sale feliz en las fotos. Mejor mirar para otro lado, y salir de allí a buscar un rincón tranquilo.

Por cierto, buena parte de estas arbitrariedades fueron mentalmente bosquejadas el jueves, en el mirador que aparece en la foto, en el lado brasileño de las cataratas.

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