En la edición de ayer del diario argentino Clarín, se publica una nota bajo el título “Peligrosa sobreoferta en el negocio del vino”. Allí se describen los crecientes problemas de las bodegas argentinas más pequeñas para colocar sus productos en el mercado. Cada vez más las vinerías y supermercados exigen más a cambio de vender sus productos. Cajas de vinos gratis y promociones y degustaciones pagadas por las propias bodegas son cada vez más usuales. Y para una pequeña bodega no es tan sencillo asumir esos crecientes costos económicos de comercialización.

Pero el problema no es la “sobreoferta de vino”, sino que las bodegas están sufriendo los mismos problemas que muchos otros proveedores de muchas cadenas comerciales y supermercados. Es que éstos, desde la fórmula Wal-Mart, saben que su rentabilidad no sólo depende de vender mucho y atraer clientes, sino de forzar al máximo a los proveedores a bajar los precios de los productos que les compran, y de esa manera aumentar por ese lado su margen de ganancia. Y cuando se tratan de grandes cadenas, pueden exigir mucho. Cuando abren una nueva boca de venta, por ejemplo, exigen que la primera entrega que llenará sus góndolas sea gratuita. Y los plazos de pago muchas veces se extienden a 120 y más días.

El problema, entonces, no es sólo una presunta “sobreoferta”. Puede ser una hipótesis a considerar, claro. Hay 4500 etiquetas diferentes de vino en Argentina. Pero también hay que considerar las condiciones del mercado comprador. Aunque, claro, tales conclusiones no serían muy oportunas en la edición de los sábados de Clarín, que suele estar repleta de anuncios publicitarios, justamente, de supermercados.

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