La aparente simplicidad de los gestos del boxeador no puede ser más engañosa: lejos de ser “naturales” y obvios, los golpes de base (jab, gancho, directo, uppercut) son difíciles de ejecutar correctamente y suponen una “reeducación física” completa, un verdadero remodelado de la coordinación gímnica e incluso una transformación psíquica. Una cosa es comprenderlos y visualizarlos con la mente y otra es realizarlos, todavía más, encadenarlos en el momento de la acción (…) Por ejemplo, lanzar un jab para mantener el jab para mantener al contrario a distancia o ajustarlo para atacar requiere, entre otras cosas, colocar simultáneamente los pies, las caderas, los hombros y los brazos; debe “lanzarse” el brazo izquierdo hacia el adversario (apuntando a la cara o al cuerpo) en el momento oportuno adelantándose un paso, con las rodillas ligeramente flexionadas, el mentón metido en el hueco del hombro; alinear la mano y el hombro adelantados, girar el puño en el sentido de las agujas del reloj un 45% en el momento del impacto -pero no hacia delante- apretando la muñeca y transferir el peso del cuerpo sobre la pierna adelantada y después sobre el apoyo trasero manteniendo siempre la mano derecha cerca de la mandíbula, de forma que se pueda bloquear o desviar la contra del adversario. El dominio teórico sirve de poco mientras que el gesto no haya quedado grabado en el esquema corporal; y sólo una vez asimilado el golpe con y por el ejercicio físico repetido hasta la náusea, queda completamente claro para el intelecto.

Loic Waquant, “La calle y el ring”, en Entre las cuerdas. Cuadernos de un aprendiz de boxeador. Buenos Aires, Siglo XXI, 2006, páginas 74 y 75.

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