En mi rutina de lectura de blos y sitios de viajes, me encontré con la noticia, en la página de Tim Leffel, que la revista Budget Living, que apunta ante todo a mochileros y personas que viajan y viven con bajo presupuesto, había cerrado. Y su editor dice esto:

“The name ‘budget’ worked great with readers”, he said, “but it was a hurdle for advertisers. The name was a mixed blessing.”

O sea: mientras que la denominación “budget” es muy atractiva para el público en general, de la misma forma en que lo es la palabra “mochilero” en nuestro entorno, a los anunciantes les suena horrible. Así, tenemos un producto que puede atraer mucha gente, pero a la vez atrae lectores “equivocados” desde el punto de vista del marketing. ¿Por qué equivocados? Porque no están dispuestos a gastar una buena suma de dinero en viajar.

Tal asunción ha causado que en muchos países latinoamericanos, las secciones de viajes sólo estén escritas para viajeros de cinco estrellas. Esto sucede incluso en los diarios, a pesar de que algunos de ellos son bastante masivos. El conflicto es importante de analizar, porque justamente ese cruce entre “el interés del público” y el “desinterés de los anunciantes” debería poder resolverse. De otra manera, seguiremos sin contar con buenas publicaciones para el público que quiere viajar sin tener que gastar tanto.

Y aquí viene otro tema: mi percepción -es sólo mi percepción, no podría demostrarlo con números- es que al menos aquí, en Argentina, el público mochilero es notablemente reacio a apoyar iniciativas editoriales ligadas con formas más económicas de viajar, incluso cuando estas son buenas y no tienen precios altos de tapa. Como escribí en la entrada que le dediqué a los “mochileros extremos”, muchas veces opera una especie de sentido común por el cual “no hay que gastar un peso en nada”. Así, en esta versión extrema de la historia, el mochilero no es el que gasta poco, sino que el no gasta nada de nada. Claro, a la larga tal actitud encierra potenciales peligros en relación con los pobladores locales que prestan servicios turísticos, que deben lidiar con gente que no sólo no quiere gastar unos pocos pesos, sino que encima quiere todo gratis; y con una ausencia de propuestas editoriales. La razón es sencilla: muchos lectores no quieren gastar un peso, incluso cuando la publicación los ayudaría a organizar mejor el viaje y a ahorrar, y los anunciantes no quieren ver sus anuncios allí. Y allí quedamos: al menos en esta región del mundo, las únicas revistas de viajes apuntan al sector medio-alto de turistas. Por suerte tenemos Internet, pero un complemento desde el mundo editorial sería muy bueno.

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