Este sábado, el suplemento Ñ del diario argentino Clarín publicó una nota sobre el tema viajes y turismo, bajo el título “El turista: elige tu propia aventura”, firmada por Sonia Jalfin. Allí se busca resumir algunos de los aportes actuales de las ciencias sociales acerca del tema del turismo. Los autores citados allí no será novedad para los lectores de este blog, porque hace más de dos años que venimos hablando sobre los libros de Dean MacCannell, John Urry, Scott Lash y otros. Y hace ocho años que vengo trabajando en la Universidad de Buenos Aires sobre esta problemática; de hecho, en marzo comenzaré a dictar la sexta edición del seminario de Comunicación y Viajes en la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA.

La nota es un poquito extensa, así que sólo me concentraré en dos puntos del artículo que a mi parecer son bastante criticables.

La primera es el tono del artículo. La caracterización de que la academia ahora tiene una mirada “optimista” del turista es claramente sesgada, y en buena parte es producto de una lectura equivocada de algunos autores, en particular el caso de MacCannell -eso lo desarrollaré más adelante. Es cierto que antes, en las ciencias sociales, el turismo ni siquiera era visto como un objeto de estudio relevante. Eso era producto de una lectura de la realidad que privilegiaba estudiar las funciones de producción, junto a una condena del consumo. Como los turistas eran el gran ejemplo del sector de la sociedad que podía consumir, solían ser representados como la personificación de un sistema injusto. Con la reformulación de las la relaciones entre “producción y consumo” que ya se pueden ver en autores como Raymond Williams y otros inscriptos en los llamados estudios culturales ingleses, el estudio del consumo pasó a tener un relevante lugar en las ciencias sociales. Pero eso no significa, automáticamente, que el consumo sea visto como “bueno”. Que el consumidor se guíe por el placer no significa que esa sea la única referencia a tomar, porque está claro que hay muchas instituciones dedicadas a colonizar nuestro placer y consumo en su favor. Para decirlo en términos sencillos, la nota de Clarín hace un flojo planteo de las relaciones micro – macro que atraviesan las discusiones sobre turismo, y eliminan en buena parte el conflicto que se da dentro del campo. Ese conflicto sólo queda limitado al problema de las representaciones del nativo -el caso de los mapuches-, y no va más allá. Por ejemplo, falla en dar cuenta de las continuidades entre los cambios en los métodos de acumulación del posfordismo, y las modificaciones en el campo turístico. No vendría mal una buena lectura de David Harvey y de los libros que editaron en conjunto Scott Lash y John Urry.

Lo segundo es la lectura de MacCannell, que considero poco fundada en la obra de este autor. Cito lo que dice la nota de Clarín:

Tuvieron que pasar quince años para que un sociólogo saliera en defensa de los veraneantes, y lo hizo MacCannell en su libro El turista: nueva teoría de la clase ociosa. El argumento principal de MacCannell es que, lejos de la superficialidad que se les atribuye, todos los turistas buscan tener experiencias auténticas, ya sea que lo logren o no. Todavía más, que esa búsqueda es relevante para comprender el funcionamiento de la sociedad contemporánea.

Para MacCannell, nuestros viajes representan un esfuerzo colectivo por unificar un mundo cada vez más contradictorio y fragmentado. La sociedad moderna atraviesa un proceso de diferenciación estructural por el cual las categorías que antes la ordenaban —clase social, profesión o grupo étnico— se vuelven cada vez más complejas. Ya no podemos, dice MacCannell, reconocernos en dualidades simples como la de patrones y obreros, o considerar las identidades sexuales en términos biológicos binarios. Esa explosión de diferencias, propia de la modernidad, es la que nos lleva, en esta teoría, a viajar para conocer ciertos lugares donde esperamos encontrar elementos auténticos pertenecientes a otras culturas o al pasado. “El acto de viajar nos ayuda a construir totalidades sobre la base de nuestras experiencias dispares —escribe MacCannell—; el turista puede formular su propia trayectoria y la de su sociedad como una serie ordenada de representaciones formales; como fotos en un álbum familiar”.

Mochileros que se aventuran en la selva, turistas japoneses que llegan después de sus cámaras, matrimonios colorados por el sol que compran collares autóctonos en la playa, todos ellos, dice MacCannell, están guiados por la búsqueda de conocer lo auténtico del otro, para lograr una comprensión unificada del mundo. No existe aquí la distinción clásica entre el viajero (verdadero) y el turista (superficial). La dicotomía auténtico-inauténtico se revela mucho más compleja y fruto de una construcción social, como señalan los nuevos investigadores del turismo.

Subrayo esta frase: “Lejos de la superficialidad que se les atribuye, todos los turistas buscan tener experiencias auténticas, ya sea que lo logren o no”. El error está aquí en creer que el turista puede encontrar “la autenticidad”, cuando una lectura atenta de MacCannell deja en claro que esto no es posible. ¿Por qué? Porque la autenticidad para este autor es una construcción; esto, no es verdadera ni falsa, sino que debe ser leída en términos semióticos. Decía, en un artículo que publiqué en este blog en noviembre de 2003:

De acuerdo a Dean MacCannell, los turistas viajan animados por el deseo de asistir a experiencias “auténticas? con “auténticos? nativos. Para este autor, de todos modos, este deseo es imposible de cumplir. Lo que sucede, más bien, es que los nativos, en particular los que viven en comunidades pequeñas, escenifican una puesta en escena de la “autenticidad? de manera pública para los turistas -lo que Goffman llamaría el front o escenario- y en cambio se guardan su cotidianeidad -ahí donde se terminan pareciendo mucho a los turistas y en donde usan jeans y remeras- para su intimidad o back, nuevamente en términos goffmanianos.

Como verán, la lectura de MacCannell lejos está de “defender a los turistas”. Más bien, parte de la hipótesis de que buscan la “autenticidad”, pero que jamás lograrán hallarla. La razón es sencilla: lo que ellos ven como “auténtico” es una construcción interesada hecha por los nativos y la industria turística sólo para satisfacer su búsqueda.

Como buena parte de la lectura “optimista” del artículo se sustenta sobre las posiciones de MacCannell y su presunta “defensa del turista”, verán que la nota del diario Clarín presenta más de un problema. Por cierto, me llamó la atención la ausencia de la vertiente más antropológica de los estudios sobre turismo en el artículo -allí predominan los sociólogos- como los casos de Valene Smith y Erve Chambers, o geógrafos – politólogos como Dennis Judd.

De todos modos, desde ya me parece bien que las problemáticas relacionadas con el abordaje que hace las ciencias sociales del turismo aparezcan en los medios masivos. Aún con mis desacuerdos teóricos, me parece valioso que un suplemento como Ñ considere relevante darle la tapa a la problemática del turismo y las ciencias sociales.

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