(Nota: las dos primeras partes de esta entrada se pueden ver aquí y aquí)

Los nativos tienden a desarrollar formas de protección contra la invasión de los turistas. Como plantea Quintín en su artículo (lo pueden leer aquí) una de las estrategias es la estigmatización. Esto es, considerar que alguien, sólo por el hecho de ser turista, no puede formar parte de nuestro grupo. Si bien por lo general las formas se guardan ante la presencia de los viajeros, muchas veces las frases condenatorias aparecen una vez que estos se han ido. Las formas de vestir, de pronunciar, de intentar ser simpáticos, etc, son destripadas sin ninguna delicadeza. En algunos destinos, los nativos literalmente odian a los turistas, y apenas si los toleran. Que ganen dinero con ellos no significa que no les pongan límites. Excursus: en algún caso, más bien se busca desalentar la llegada de un tipo de turistas -por ejemplo, los mochileros- para alentar la aparición de otros con mayor poder adquisitivo.

¿Por qué ese interés en marcar distancias? Mal que le pese al viajero, los límites con el nativo suelen ser duros de lo esperado. Como si todo el tiempo el interés fuera marcar quienes son el “nosotros” y quienes son “ellos”. Ciertas zonas de las ciudades pueden ser acomodadas para la presencia de los turistas. Pero basta con que nos alejemos un poco para perdernos fácilmente. Hemos entrado en el territorio del nativo, donde la mayor parte de los conocimientos para moverse por el territorio -micros, trenes, formas de comprar los boletos, etc- pertenecen a un arcón de saberes tácitos. Y la mayor parte de las veces, esos espacios urbanos ni siquiera aparecen en las guías.

Frente a ello, no sorprende que por lo general los turistas suelan quedar, en las grandes ciudades, limitados a ciertos enclaves precisos, en donde hay muchos servicios para ellos, y su presencia no llama la atención. Aventurarse más allá puede ser complicado, y en el caso de muchas ciudades, peligroso. Tal peligro puede ser real, o, en muchos casos, abiertamente estimulado por los agentes del campo turístico, interesados en que los turistas no salgan a gastar dinero fuera de la zona.

Y último punto, y con esto volvemos a la primera parte de la entrada: la percepción del turista como oportunidad de negocios. Por ejemplo, de poder venderle algo, o cobrarle más caro aprovechando su desconocimiento. Cosas así pasan en todos los destinos, aunque claro que en algunos de ellos es bastante peor -y si tienen alguna duda, miren este interesante compendio de consejos de cómo viajar por la India. Esa percepción del otro como “negocio” no es algo que únicamente perciba el nativo; es algo que turistas y habitantes locales comparten, y que muchas veces aumenta el recelo entre ellos. Un caso interesante es el regateo; mientras que en muchos lugares del mundo es más bien parte de las relaciones sociales derivadas del comercio -una forma tradicional de interactuar con el otro- muchos viajeros occidentales tienden a verlo como un permanente intento de estafa. Y en vez de jugar el juego de la interacción, ponen cara de vinagre y se disponen a discutir con quien lo haría con un estafador.

Como verán, analizar y describir las formas de interacción entre habitantes locales y turistas es decididamente complejo y variado. Lo cual no quiere decir que no sea posible aislar ciertos tipos de comportamientos y prácticas más usuales, en particular cuando el mercado turístico cada vez se globaliza más.

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