El domingo Quintín, un periodista más conocido como crítico de cine, publicó una interesante columna de opinión que toca dos aspectos interesantes del turismo, y que tienen bastante relación con el tema que tocábamos ayer. Arranquemos por la primer problemática: la interacción con los nativos en el norte argentino -el tema de San Clemente del Tuyú los dejamos para mañana. Para leer el artículo completo, hagan clic sobre la imagen que se encuentra en parte superior de la entrada. Como el artículo no apareció en Internet, opté por fotografiarlo para que tengan acceso a él.

En 2000 tuve la suerte de poder recorrer una parte de Jujuy que no conocía, y pude llegar hasta Casabindo. Con apenas un micro por día, no quedaba otra que pasar la noche allí. Terminé en el enorme albergue que está destinado a la gran cantidad de personas que llega para presenciar el Toreo de la Vincha, la fiesta más popular del pueblo, todos los 15 de agosto. El albergue estaba, cuando yo llegué, completamente vacío. Era un poco impresionante dormir en esa soledad; tener treinta camas vacías alrededor tuyo y apenas ocupar una de ellas. Por la noche, hizo mucho frío -eran los primeros días de septiembre. Unas horas antes, me había llegado hasta el único almacén, donde compre lo que pude: un par de gaseosas y dos paquetes de galletitas con dos meses de vencidas -eran las más nuevas- y una lata de corned beef. Esa fue mi cena. Durante el día, había paseado por los alrededores; una extensa puna, casi desértica, bajo el cielo más hermosamente azul y brillante que se puede encontrar por estos lados. Desde ya, ingresé varias veces a la iglesia para fotografiar las famosas pinturas de los ángeles arcabuceros, un interesante ejemplo de la pintura cusqueña.

En el artículo, Quintín cuenta como dos personas que querían hacer un video en el norte fueron constantemente “molestadas”, y se les solicitaba dinero para dejarlos filmar. Estas prácticas no tienen nada de raro. En mi estadía en Casabindo, no era fácil hablar con la gente. En particular, los más chicos sólo se acercaban con un propósito: que les dé dinero. No veo nada condenatorio en esta actitud; se trata ante todo de una oportunidad de negocios para personas que tienen muy poco. Porque Casabindo es realmente un pueblo muy pobre, alejado de las rutas más transitadas, que vuelve a aparecer en el mapa apenas si una vez al año. Casi me veo tentado a hacer un paralelismo con lo que narraba ayer Riszard Kapuscinski sobre ?frica, y que cité en la entrada de ayer: ¿por qué no pedirle a una persona que evidentemente tiene más que yo? ¿Por qué no pedirle algo de dinero a alguien que quiere obtener algo -una filmación “auténtica”- y que cuenta con aparatos que valen más de que muchas personas ganan en Argentina en un año -o al menos, en meses-?

Vayamos más al fondo: ¿por qué un chico, por ejemplo, sólo se nos acerca para ver si consigue que les demos una monedas? En principio, porque la presencia esporádica pero constante de turistas los ha puesto en contacto con un tipo de personas que evidentemente tienen más que ellos. Mientras que los turistas y viajeros muchas veces creen que los nativos deberían acercarse a ellos por “simpatía”, lo que sucede muchas veces es que nos ven como una oportunidad de negocios. Y esa es una de las razones por las cuales nos toleran allí. Frente a la condena simple y moralista de algunos (“Cómo puede ser, las relaciones humanas se han comercializado tanto”), les recodaría que sin esa posibilidad de beneficio material hace rato que muchas pequeñas poblaciones habrían prohibido el turismo o la insistente presencia de curiosos viajeros. Tal vez, en algún momento de la historia, esos extraños que llegaban desde la ruta causaban sorpresa e interés; tal período pasó hace rato, y cada vez es más difícil correrse del mecanismo de relaciones humanas que se propone en el mercado turístico.

Lejos de entender esa “hostilidad” como un secreto, como plantea en cierta manera Quintín, se trata más bien de situar las prácticas: frente a alguien que quiere obtener algo, pido. Las fotos más “típicas” por lo general son pagas. Los nativos saben que buscan los turistas y viajeros con sus cámaras; se han acostumbrado a concebir una “tipicidad” de su aspecto justamente en función de la posibilidad de explotar en términos comerciales su imagen -incluso cuando esa “explotación” apenas les dé algunos pesos por día. ¿Les gustaría que alguien los venga a filmar en cualquier momento del día, en sus labores cotidianas, como si fuéramos ratas de laboratorio? No creo que les guste. Les diría que no le gusta a ningún nativo. A cambio de la molestia, van a pedir algo, como intercambio. ¿Y qué encuentran? Parafraseando a Kapuscinski, con un grupo de turistas / viajeros que ponen cara de vinagre o que, incluso, ¡le dan la espalda y se marchan!

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