La insistencia en el importante crecimiento del turismo en todo el mundo a veces nos hace perder de vista las injusticias que ocurren dentro de este mercado, y como las definiciones políticas y las diferencias económicas tienen mucha importancia. Y no me estoy refiriendo únicamente al hecho de que muchos habitantes del planeta no tengan para viajar, e incluso para comer; más bien, quería señalar el tema de cómo el portar ciertas nacionalidades nos hace sospechosos en muchos países de no ser turistas.

Tomemos el caso de Estados Unidos, tal vez el más conocido. Excepto para los ciudadanos de 27 países, en su mayoría europeos, que no necesitan visa, el resto del mundo no es considerado, sin más, como un turista. Esto es, hay que demostrar que no se quiere viajar allí para quedarse de manera ilegal, sino que sólo se quiere ingresar de manera temporal con fines de ocio, y luego se regresará a su nación de origen. Como verán, aquí hay una combinación de factores. No sólo hay que tener la disposición de viajar; también hay que poder demostrar mediante documentación -propiedad de una casa, depósitos bancarios, invitación de una empresa a visitar Estados Unidos, etc- que somos turistas. Desde ya, esto establece una fuerte separación entre países, y marca que hay ciertos sentidos comunes que operan en segmentos del mercado mundial de viajes: en ciertos destinos, no cualquiera es turista; sólo lo son quienes prueban serlo. De otra manera, se considera que la portación de ciertas nacionalidades es la prueba del intento de violar la ley, o de buscar inmigrar de manera ilegal. O sea, hay que demostrar ser inocente. Desde ya, tales leyes se pueden imponer en tanto hay una enorme desigualdad de recursos; del lado de “los que quieren entrar” hay una aceptación de estas reglas; o sea, un intento de cumplir con el requisito de no ser visto como culpables.

No todos somos turistas en cualquier lugar del planeta. En algunos destinos, turistas son sólo los que cumplen las reglas que se imponen al movimiento. Claro que tales reglas no son iguales en todos lados. Quienes perfectamente son considerados turistas en determinados países, en otros no cumplen con todas las exigencias. O sea, somos turistas o viajeros no cuando decidimos serlo, sino cuando legalmente se nos ha habilitado a tener tal categoría.

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