Uno de los peores rasgos del mediocre periodismo sobre viajes que se hace en Argentina es la ausencia de la voz del nativo, del habitante del lugar que se cubre en la nota. Por lo general, siempre encontramos descripciones del tipo “imponente paisaje” y cosas así, pero una escasa contextualización sobre la historia del lugar y como viven las personas allí. Y esto no es casual.

Ya sabemos que el turismo tradicional, aquel de tours y hoteles reservados de antemano, se destaca por tener un contacto casi nulo con cualquier nativo que esté fuera del circuito turístico. Lo que suelen ver son encargados de hotel, mozos, personal de limpieza, pero muchas veces no más que eso. Si bien algunos viajeros suelen darle mucha importancia al contacto con el nativo a la hora de conseguir información sobre el lugar, esto no es tan usual como nos gustaría.

En tanto buena parte de las notas sobre destinos que aparecen en los diarios y revistas de esta parte del mundo suelen partir de invitaciones hechas por operadores turísticos o gobiernos -que pagan la estadía y viaje de los periodistas- lo que muchas veces tenemos es el relato de un típico turista. Sin mayor contacto con los nativos, y con su tiempo ocupado con muchos tours y salidas, y con la estadía en un hotel excelente, al final la información que se brinda suele ser muy pobre, impresionista y en el fondo poco útil. No creo que a nadie le parezca mal que los periodistas viajen, sobre todo si se tiene en cuenta que con los bajos sueldos que caracterizan a la profesión difícilmente podrían viajar mucho. Pero lo que si podemos exigir, en tanto lectores, es que hagan su trabajo. O sea, que desarrollen la tarea de un periodista, que recolecte información, que contextualice la situación del destino, que nos acerque la palabra del nativo. Porque para escribir un relato típico de un turista están los lectores, ¿no?

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