Voy a reconocerlo: desde hace años que quiero visitar Ushuaia, uno de los destinos turísticos más conocidos de mi país. Por muchas razones, particularmente económicas pero también de elecciones personales, terminé yendo para el norte más que para el sur. En estos años, Ushuaia ha ido creciendo mucho en cuanto a la cantidad de turistas internacionales que recibe, lo cual, desde ya, ha hecho que una ciudad que siempre fue cara ahora lo sea aún más para los devaluados bolsillos locales. Leyendo una nota del diario La Nación me encuentro con que una excursión de dos horas en catamarán al Faro del Fin del Mundo cuesta 60 pesos (algo más de 20 dólares); el paseo en el tren del Fin del Mundo, de dos horas, 47 pesos (16 dólares); un city tour en un bus antiguo, 20 pesos (no se dice la duración del trayecto, aunque sí que incluye chocolate caliente). Y prefiero dejar de averiguar.

Si se tiene en cuenta que para ir a ese lejano rincón del sur es necesario ir en avión, y que además hay que hacer un buen gasto en ropa de abrigo, me parece que Ushuaia no queda en Argentina; queda mucho pero mucho más lejos. Vaya a saber cuando podré ir por allá.

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