Pocos discursos han sido tan generalizados en los últimos años como el que sostiene que el mundo físico cada vez es menos importante, a medida que las relaciones sociales y laborales se deslocalizan. La mayor presencia de Internet ha ayudado a esa impresión, por la cual el mundo entero parece dejar atrás sus raíces históricas basadas en la posesión de espacios materiales, para pasar a una era marcada por el dominio de las redes y lo simbólico.

Semejantes apreciaciones son, desde ya, claramente exageradas. Mientras muchos pregonan la decadencia del mundo físico, hay una serie de hechos muy interesantes a considerar. Los puntearé de manera aislada. Uno, una parte del mundo concentra claramente los mayores ingresos económicos. Dos, en casi todo el mundo, los valores de los inmuebles no paran de subir, y desde hace por lo menos dos años que se habla de una “burbuja inmobiliaria”. Tres, las reservas de petróleo se hacen tan valiosas que algunos optan por invadir “físicamente” otros para mantener el dominio sobre ellas.

¿En qué quedamos entonces? ¿El mundo se hace simbólico y virtual, o sigue tan anclado en la posesión de bienes materiales físicos, como desde hace siglos? Más bien, ambas cosas están pasando al mismo tiempo. La economía cada vez tiene un mayor peso de las redes de construcción de valor ancladas en el conocimiento y lo simbólico -ahí tienen las inmensas cifras de transacciones electrónicas que se hacen todos los días, o el valor de la innovación en procesos de negocios- pero a la vez esa “virtualización” tiene lugar dentro de un proceso de notoria revalorización de ciertas propiedades “físicas”, como los inmuebles, las reservas petroleras, los recursos naturales. Y no hay nada de contradictorio en ello -aunque por supuesto provoque una larga serie de tensiones. Más bien, tenemos una relación entre ambos fenómenos, de la misma manera en que, por ejemplo, los medios de comunicación se están fragmentando cada vez en más soportes pero se están concentrando en cuanto a la propiedad.

Los próximos años serán un muestrario de tendencias particulares. Un mayor incremento en la virtualización de ciertas relaciones sociales -en particular con el crecimiento del teletrabajo, un fenómeno que presenta ventajas para los empleadores y también para los empleados- y el crecimiento del valor de activos físicos escasos. No se sorprendan: en un mundo donde cada vez en teoría cada vez todo es “más virtual”, muchos de nosotros tendremos como sueño casi imposible poder comprar una casa. Como dirían Lash y Urry, vamos hacia una verdadera economía de signos y espacios.

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