Una de las claves del viaje mochilero es la cuestión del control del gasto. Poder visitar lugares con una mínima erogación de dinero es lo que distingue este tipo de turismo, y para ello muchos destinos suelen crear una oferta específica de hostales y campings, por lo general llevada adelante por la oferta privada. Pero la decisión por gastar poco a veces genera la aparición de un grupo específico de mochileros: los mochileros extremos. Éstos, simplemente, no quieren gastar poco; simplemente, no quieren gastar en nada. Buscan todo el tiempo acceder a servicios sin aportar un centavo; prefieren dormir en la calle o cualquier lugar con tal de no pagar unos pocos pesos por un cámping o una cama de hotel; no usan un sólo micro y son capaces de estar días en la ruta con tal de ser llevados a dedo. Hay un cierto orgullo en este tipo de acciones. No es raro, cuando viajamos en un entorno caracterizado por la presencia de mochileros, que las conversaciones giran alrededor de quien gastó menos; a veces, pocos centavos dirimen la discusión, y la sensación que queda es que quien gasta menos sabe viajar mejor.

En muchos casos, el viaje mochilero muy estricto en gastos no es una elección; hay muchas ganas de viajar y muy poco dinero. Así, hay que ser muy disciplinado, y no gastar nunca de más si se quiere seguir adelante. Esto implica buscar los lugares más baratos, en donde de ser posible podamos cocinar; intentar ahorrar todo lo que se pueda en transporte; y por lo general buscar diversiones económicas.

El problema es cuando muchos de estos mochileros se juntan, en determinadas temporadas, en destinos más bien pequeños, sin demasiados habitantes. Seamos realistas: pocas poblaciones locales mirarían con demasiada simpatía a gente que quiere conocer el lugar, pero que no está dispuesta a gastar un centavo en ella, y que tiene como objetivo, en la medida de lo posible, conseguir todo lo que pueda gratis. Un caso: es bastante común, en el Norte de la Argentina, que se cobre por el uso de los baños públicos -algo muy usual en Bolivia y en el sur del Perú. Pero esto no es normal en muchas zonas de la Argentina, en particular en las ciudades más grandes, como Buenos Aires, Córdoba y Rosario, de donde provienen la mayor parte de los mochileros argentinos. El resultado: se desatan largas peleas entre mochileros que no quieren pagar de 25 a 50 centavos en pesos argentinos -de 8 a 16 centavos de dólar- por usar el baño, y los habitantes locales que justamente viven de la explotación de ese lugar. Y este es apenas un caso. Supongo que en otros países se viven situaciones como éstas, pero con otros tipos de servicios.

Cuando hablo de “realismo”, intento ser muy práctico: es difícil reclamarle a una población local que reciba de la mejor manera a los turistas, si éstos no traen mayores beneficios, o directamente provoca perjuicios. Desde ya, hay límites: en muchos destinos, te quieren cobrar hasta por mirar el paisaje, y ese tipo de abusos no son raros. Pero del lado de los viajeros, a veces también hay excesos. Viajar de manera económica no significa, simplemente, considerar un pecado pagar por algo. Se trata, ante todo, de economizar en gastos al ceñirse únicamente a lo básico e indispensable. Pero no es realista exigirles a los pobladores locales que presencien la ocupación de sus espacios públicos a cambio de nada.

Parte de las ideas de esta anotación surgieron del comentario que dejó Víctor en el artículo sobre Los otros mochileros, acerca del impacto que está teniendo en Iruya, una maravillosa localidad del norte salteño, la llegada masiva de mochileros, en particular en el verano argentino. Que tengamos algunos desacuerdos con lo que plantea Víctor no debe hacernos perder de vista que en lo que él plantea hay un problemática que hay que atender. Viajar como mochilero es una hermosa experiencia, que tiene que incluir el respeto por las poblaciones locales; conocer sus modos y costumbres es una manera de observar la enorme diversidad de la Argentina, muchas veces aplastada bajo los relatos que la representan como país “blanco y europeo”. Si los pobladores locales comienzan a percibir a los mochileros más como una molestia que como una visita deseable, a la larga harán lo que han hecho en muchos destinos que quieren sacar provecho del turismo: cerrar los espacios públicos gratuitos, subir el costo de las tarifas de hotel y servicios, y delegar en la policía la tarea de sacar del lugar a los “visitantes indeseables”. La idea: apuntar sólo a los “turistas rentables”. No tiremos de la cuerda: las soluciones autoritarias siempre son una opción en la mente de mucha gente.

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