Pocos campos son tan reacios al tema del conflicto como el turístico. Cualquier tipo de problema es estudiado con un único objetivo: eliminar el conflicto, o al menos maquillarlo de tal manera que no sea visible para los turistas. Se asume, como sentido común, que éstos no deben ver nada que pudiera causarles preocupación o problemas. Y también hay otra vertiente: la de presentar al turismo como un espacio del cual todos pueden beneficiarse; o sea, cuando más crezca el turismo, mejor para todos. Ya hablé de eso en un artículo anterior.

¿Por qué el campo del turismo es tan reacio al conflicto? Porque asume que perjudicará el negocio. Pero cuando se viene desde el campo académico de las ciencias sociales, es por lo general lo primero que visibilizamos. Y también, claro, aparecen rápidamente los discursos que buscan presentar al campo turístico como armónico, planificado, ordenado. El hecho de que algunas zonas de las ciudades se beneficien más que otras, o el alza en los precios en las pequeñas localidades con muchos visitantes no suele ser muy destacado. Por ello me gusta insistir sobre ciertas problemáticas: porque veo que no son abordadas en otros medios, en donde toda la cobertura del turismo hace referencia, únicamente, a cosas lindas y maravillosas.

Contra la práctica usual de ciertos actores del campo turístico, para las ciencias sociales el conflicto no es algo a solucionar, sino un nodo de relaciones constitutivas de las prácticas cotidianas. Incluso el “maquillarlo” para hacerlo menos visible es una buena muestra de como operan los conflictos al interior del campo a la hora de pelear por la distribución de recursos. Porque el cuidado por el control del espacio urbano, por ejemplo, es una muestra de la pelea por los recursos, como en el caso de los enclaves.

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