¿Se han dado cuenta de los pocos textos realmente interesantes que aparecen en los medios relacionados con el turismo? Es notable como, para hallar algo que realmente sea placentero leer, hay que desplazarse hacia los libros de viajes hechos… por periodistas que no vienen del segmento del turismo, como Ryszard Kapuscinski o Robert Kaplan. Debo reconocer que me asusta la existencia de tan poca producción realmente independiente, que sepa tomar distancia de tanta intoxicación del marketing.

Creo que habría que ser un poco más directos. Primero, los destinos no son “mágicos”; apenas si se trata de un truco sencillo para ahorrarnos la descripción. Si el lugar realmente vale la pena, usemos nuestra inteligencia y capacidad para generar textos que establezcan la relación entre la1 importancia social e histórica de un destino, y la belleza de sus paisajes -para eso hay fotógrafos, claro. Pero basta de aceptar que nos impongan palabras como “imponente”, “majestuoso” u otras que provienen de la peor tradición de los folletos turísticos.

Segundo, no ignoremos a los medios de comunicación masivos que hablan sobre turismo. Justamente porque no nos concentramos en ellos es que han terminado escribiendo más para quedar bien con los agentes del mercado turístico que para sus lectores. Quejémonos, analicemos notas, mandemos cartas de lectores, o hagamos blogs para patalear (bueno, a algunos ya se les ocurrió la idea, claro :)).

Tercero, produzcamos material para aquellos sectores del mercado turístico en el cual la prensa tradicional no se mete por falta de interés económico. Ya ellos se están ocupando mucho de los hoteles de cinco estrellas, de las excursiones carísimas y de los viajes de negocios. Todos esos sectores movilizan mucho dinero en publicidad. Pero hay otros tipos de viajes más al alcance de nuestros flacos bolsillos, y que no están aún en la mira de los vendedores de publicidad de los medios, ni del target con mayores ingresos. Ese tipo de temas queda, muchas veces, fuera de la agenda de los medios. Ocupémonos de ellos.

Cuarto, hay que insistir con la vinculación entre política, economía y turismo. Basta de aceptar mansamente que “el turismo beneficia a todos”. Discutamos como algunas zonas de la ciudad -los enclaves- sacan mucho mejor partido económico del tema, y la manera en que ciertos agentes sociales se quedan con la mayor parte de la torta. No demos por sentado que el Estado debe poner más dinero allí donde van los turistas; eso en muchos casos termina aumentando la brecha urbana en favor de zonas que ya estaban bastante favorecidas. El sector turístico genera trabajo, pero habría que ver cuán interesantes son esas posiciones laborales; no dejemos de ver que lo importante es que creen puestos de trabajo especializados, y no tantos empleos precarios, donde muchas veces se evade el pago de impuestos. Porque el pago de impuestos es, claro, una forma de que el turismo beneficie a todos, ¿no? No se trata de “tener mala voluntad”; justamente, se trata de tener la mejor voluntad para lograr que el dinero recaudado por el mercado turístico impacte de la manera más amplia entre los habitantes.

Quinto, y último, no olvidemos que nos encanta viajar. Que todo esto no se trata solamente de una cuestión de negocios y análisis. Hay una cierta parte de la experiencia de viaje que se niega a entrar en nuestros patrones de análisis. Pero no describamos esas hermosas experiencias con los términos que usan los folletos turísticos. Más bien, pensemos como es que hemos llegado a experimentar esas sensaciones. Recuerden que el viaje no es un simple movimiento de un punto a otro. La experiencia del viaje comienza mucho antes, en un momento que incluso ni siquiera recordamos. Cuando escuchamos relatos sobre ese destino, o leemos libros de historia, o vemos documentales en la televisión, o cuando otro viajero nos comenta sobre “ese lugar” mientras desayunamos en un hostel. Es una cuestión de experiencias, pero también de conocimientos y ganas de moverse y pensar. Nada peor que aquel que viaja para confirmar, simplemente, que su lugar de residencia es el mejor que podría tener.

Basta de magia: hagamos el esfuerzo de pensar por qué nos gusta viajar. No hay nada de increíble o mágico en ello. Más bien hay mucha, pero mucha, vida detrás de ello.

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