Desde hace algunas semanas, siempre llegan visitantes desde un enlace hecho en el blog de Argenautas, en donde se discute de nuevo un tema recontra trillado: cómo se puede caracterizar la identidad argentina. Supongo que en todos los países del mundo siempre hay una discusión por las “verdaderas características de la identidad nacional”. Pero como soy argentino y conozco más este país que cualquier otro, sólo puedo decir que esta discusión aparece una y otra vez, de manera recurrente.

No me interesa entrar en el debate de qué es específicamente “lo argentino”. Más bien me quiero detener en un punto: ¿quién tiene derecho a hablar sobre ello? Una de las cosas que resalta en el debate que aparece en Argenautas es que la primera fuente de legitimación del discurso de quienes discuten allí es justamente su nacionalidad. Para decirlo simple: “tengo derecho a definir que es lo argentino porque soy argentino, y eso me habilita a enunciar un discurso que debe ser considerado legítimo”. La pregunta es si realmente eso nos legitima como enunciadores. Para comenzar, justamente la condición de “argentinos opinando sobre lo que es argentino” muestra algo muy claro: que tenemos un interés en esa categoría, y que nuestras opiniones no son neutrales. Por ejemplo, hay quienes usar la discusión para aclarar que “el argentino garca” (por poco confiable, en el argot local) es en realidad el “porteño”. Semejante discurso lejos está de ser inocente: establece una clasificación determinada (“soy un argentino pero del interior”) y luego se posiciona como alguien confiable (“porque en realidad el garca es el porteño, que nos hace quedar mal a todos”). De esa manera, hace una jugada bien interesada: posicionarse como alguien confiable, a la vez que busca traspasar el estigma de “garca” a otro colectivo.

Sé que dirán: “pero es lo que pienso, y sé que es verdad”. Desde ya: siempre pensamos que nuestra forma de ver la realidad es la realidad tal cual es, y no una representación de ella. Tendemos a creer que vemos lo que está alrededor de una manera transparente, cuando no hay forma de observarla por fuera de nuestros intereses y nuestra historia. La continua utilización de la oposición “porteño versus gente del interior”, que aparece continuamente en el discurso sobre Argentina, adquiere aquí una nueva dimensión. En este caso, “confíen en mí porque en realidad soy argentina, pero no soy porteña”. Ahora bien, podríamos decir: ¿por qué deberíamos confiar en el discurso de alguien que evidentemente tiene un manifiesto interés porque creamos su discurso (esto es, “soy confiable porque no soy porteña”) para que quedar mejor posicionada frente a los demás?

Se abren aquí varias cosas. Por un lado, ¿podríamos realmente referirnos a lo argentino de una manera completamente desinteresada? Obviamente, no. Desde el momento en que nos interesamos por este problema, es porque tenemos alguna posición interesada que queremos legitimar. Queremos que se considere válido nuestro discurso; para ello, primero decimos que somos argentinos (y que por lo tanto tenemos derecho a hablar sobre nosotros mismos). Segundo, establecemos una categorización de la argentinidad que nos deja bien parados. Si decimos ser “del interior”, diremos que los porteños son la lacra. Si decimos pertenecer a otra nacionalidad latinoamericana (chilena, peruana, etc) podremos enfatizar la existencia de una presunta identidad de argentino que, como ser poco confiable, nos deja mejor posicionados como colectivo nacional (porque, a diferencia de ellos, nosotros no somos vanidosos, ni nos creemos europeos, y una larga lista de etcéteras).

¿Existe una identidad argentina? Desde el momento en que no hubo argentinos hasta que no hubo Argentina, no podemos pensar que la construcción de la argentinidad es una “creación natural”, digamos. Se trata de una clasificación política, en muchos casos impulsada por el mismo Estado y las clases dominantes (como la “europeización” de Buenos Aires y casi por extensión de toda Argentina en el período 1880-1930). No hay “argentinidad” por fuera de las circunstancias sociales, políticas, económicas, que nos impulsan a definirnos dentro de esa categoría. Creer que hay un “ADN del argentino”, que “llevamos eso en la sangre”, es de una imbecilidad tan notoria que intentos de ese tipo sólo deberían ser dejados en mano de mediocres aspirantes a columnistas de opinión en los medios. Lo que entendemos por “argentinidad” es una construcción social de apenas 195 años, en donde han intervenido múltiples factores. Apelar a la naturalización (esto es, considerarla como algo “genético”) de un tipo de clasificación que tiene menos de dos siglos es, como verán de una arbitrariedad manifiesta y, en el fondo, imposible de fundamentar. Se trata, nomás, de una manera simplista de ver lo real, que esconde detrás de “los genes” algo que es producto de un largo proceso de construcción política, social y económica.

Y si todo esto les parece un poco complicado, al menos hagamos algo bueno: no usemos las clasificaciones que defendemos de manera interesada (¿qué otra cosa podríamos hacer?) para atacar y estigmatizar a quien vemos como el “otro”.

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