Cuando uno viaja por lugares como Perú o Bolivia, es bastante usual encontrarse con manifestaciones y protestas, que en muchos casos incluyen cortes de ruta muy prolongados. E invariablemente, a la hora de explicar lo que pasa, muchos nativos y turistas recurren a la evaluación por los genes, representada por la figura del “cholo terco” o el “kolla terco”. Frente a las protestas de una parte marginada de la sociedad, lo primero que se dice, para dar cuenta de la extensión de las protestas, es que se trata de “gente que no entiende razones” o que “exigen algo, y hasta que no lo obtienen, no se van”. La idea, claro, es que la representación del “kolla terco” es esencialista: por alguna razón “genética” o “cultural”, el grupo completo carece, según estas explicaciones, de capacidad de negociar.

Pero la explicación esencialista es, claro, una forma de pasar a los “genes” una responsabilidad histórica. Si las elites gobernantes de Bolivia y Perú se tienen que enfrentar ahora a una cerrada oposición en algunas zonas de su país -de manera mucho más grave esto se da en Bolivia, claro- es porque han construido un enemigo a su semejanza. Durante décadas, las clases dominantes de esos países han sentado a negociar a aquellos que protestan, para finalmente no darles nada. A la larga, esos “kollas / cholos tercos” han aprendido en que no se puede confiar en sus gobernantes; que estos aprovechan las negociaciones para dilatar todo; para meterlos en medio de embrollos legales sólo comprensibles por abogados; para no darles nada, en última instancia. La “terquedad” de las clases populares bolivianas, por ejemplo, no es el producto de una configuración genética o cultural particular; es ante todo la consecuencia de largos años de traiciones y vueltas de una elite gobernante que concentra el poder económico pero que a la vez se sabe una minoría.

Algo similar pasa con otra figura que suele aparecer mucho en las descripciones turísticas: la de la parquedad de los “habitantes de la Puna” o del Altiplano. Allí, tiende a establecerse otra relación “natural”: la que iguala el silencio de esas enormes zonas despobladas con las pocas palabras que sus habitantes emiten en nuestra presencia. Más bien habría que preguntarse por otras cosas. Por ejemplo, como históricamente quienes son representados como “blancos” han explotado de manera brutal a los habitantes de esas zonas del mundo, desde la colonización española hasta hoy. ¿Porqué nos hablarían a nosotros, que en el fondo y ante sus ojos pertenecemos más al grupo que los ha explotado que a presuntos “amigos”? Que no hablen mucho no tiene nada que ver con la genética; es un largo proceso histórico de represión de la palabra.

Las explicaciones por los genes son siempre un comodín sencillo de usar; de manera muy sencilla, pretenden explicarlo todo. Claro que semejante operación ideológica tiende a perder de vista la historia; esto es, como los procesos sociales e históricos han devenido en productos particulares, en formas de dominación puntuales, en identidades y alteridades determinadas. Mejor no caer en esas simplificaciones groseras de lo real; lo social no suele estar anclado en los genes sino más bien en nuestras explicaciones sobre lo real.

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