Hace dos semanas, analizamos en las clases del seminario el tema de la oposición entre viajeros y turistas. Por lo general, el primero es visto como la representación de todo lo bueno: arriesgado, con ganas de relacionarse con las nativos, que duerme en lugares con condiciones muy básicas de alojamiento, que visita destinos independientemente de lo que dice la industria, que maneja los tiempos por fuera de la esclavitud de los tours, etc. El segundo, el turista, es simplemente una versión móvil del televidente: es un perfecto idiota que es llevado de acá para allá por la industria, por los medios, por los organizadores de tours, que sólo puede dormir en hoteles que le den todos los servicios, y que por lo general prefiere no mantener mayor contacto con los nativos. Ya he criticado largamente esta oposición, por considerarla muy simplista y no asociada a las prácticas reales que llevan adelante las personas cuando viajan -por ejemplo en esta entrada. Vamos un poco más allá.

En primer lugar, si algo es importante en las ciencias sociales es no reproducir la visión del mundo de las personas analizadas. ¿Por qué entonces tomar tal cual una visión del mundo interesada, que posiciona a los “viajeros” como superiores a los “turistas”? ¿Por qué tomar como legítimas sólo las descripciones que ellos hacen, y que ponen el acento en las diferencias antes que en las similitudes?

Como enfatizan Natalia Delfino y Germán Pikas en su tesina de licenciatura -que está en proceso de corrección final, que estoy llevando adelante en estos días como tutor del trabajo-, el campo turístico siempre estuvo interesado en naturalizar la idea de que el viaje es un espacio de libertad, que queda por fuera de las restricciones de la vida cotidiana. Asumir esa visión y reivindicarla es un error. Para comenzar, por que el viaje existe porque los procesos sociales y económicos le han permitido su existencia, por ejemplo bajo la forma de vacaciones pagas. Y a la vez que se reivindica como espacio de libertad, el campo turístico les señala a las personas que viajan no sólo que lugares visitar, sino además que partes de las ciudades conocer -el famoso enclave- y en algunos casos hasta qué sensaciones experimentar. Si bien esta forma de cooptar el espacio turístico está limitado por las prácicas y capacidades reflexivas de las personas que viajan, es indudable que tienen un efecto ordenador sobre él, que en buena parte contradicen la idea de sentido común que tiende a concebir al viaje como fuera de las limitaciones de la vida de todos los días.

Desde ya, no estoy diciendo que todas las formas de viajar sean iguales. Existen estrategias muy diferentes para conocer un destino; la persona que se queda en una pequeña choza en medio de la selva y aquella que sólo viaja para quedar encerrada en el enclave del all-inclusive no pueden ser lo mismo, ya que sus practicas difieren. Pero hay que rechazar ciertos sentidos comunes. El viaje no es un “espacio de libertad”; sus prácticas suelen estar fuertemente condicionadas por las tensiones del campo. Y en buena parte existe porque esa vida cotidiana a la que presuntamente se opone la permite desarrollarse.

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