Las relaciones entre fotografía turística y ciencias sociales no son por ahora demasiado provechosas. Hay pocos trabajos interesantes escritos sobre el tema, y muchos de ellos repiten un tópico bastante común: los significados construidos por los turistas y sus fotos son triviales, poco dignos de ser estudiados. Por lo general, tiende a darse por sentado que todos los visitantes de un destino tienden a fotografiar lo mismo, que por lo general es lo que la industria ha definido como “fotografiable”.

Pero no se puede dar por sentado que las imágenes capturadas en un viaje son siempre triviales. Más bien, hay que pensarlas en relación con las prácticas que llevamos adelante cuando visitamos un destino.

Alguna vez una de las características que diferenciaban al viaje y la vida cotidiana era que el turista cargaba con su cámara todo el tiempo. Esa portación permanente de cámara lo ponía en guardia todo el tiempo, y lo llevaba a observar muchos objetos con una mirada fotográfica. O sea, en la que la captura de la imagen es más importante como recuerdo, como memoria, que como experiencia en el lugar. Pero, a la vez, los nativos conocen eso. Y crean verdaderas “escenas” que, por sentido común, saben que los turistas querrían fotografiar. Cualquier que haya visitado un destino un poco popular sabe que muchas veces recibe pedidos de dinero a cambio de permitirle tomar una foto, y que es una práctica muy usual en el campo. Por ello, para muchas personas esas imágenes revisten de escasa validez, ya que no son “auténticas”. Sobre el concepto de autenticidad ya hablamos mucho en este blog; pueden mirar aquí, aquí y aquí.

Claro, hoy cargamos la cámara todo el tiempo con nuestro celular. Otra diferencia entre viaje y vida cotidiana se esfumó, como ya está sucediendo con otros ámbitos, como la distinción estricta entre trabajo y viaje, o sobre la necesidad de mantener un lugar fijo de residencia para poder tener ciertos trabajos estables.

La búsqueda de la foto auténtica nos lleva a veces a sectores poco turistificados de la ciudad. Allí aparece otro problema ligado con lo cotidiano: la molestia de muchos nativos al ser fotografiados cuando llevan adelante sus actividades usuales y diarias. Es casi un problema de buena educación; no creo que a nadie le guste que aparezca un desconocido de la nada, y se dedique a tomarte fotos. Y lo mismo pasa en cualquier ciudad; la búsqueda de la foto auténtica puede traer serios problemas al turista, que contraviene normas básicas de interacción.

Breve digresión: esas “escenas montadas para que el turista saque la foto” en muchos casos también juega otro papel. Por ejemplo, mantener alejados a los visitantes de aquellas zonas de la ciudad y de la cotidianeidad en donde los nativos no tienen mayor interés en verlos. Sigo.

Las fotografías de viaje son también una escenificación del viaje mismo, en particular cuando se trata de grupos grandes. Las tomas en las cuales todos aparecen riéndose o posando son en buena parte una representación de como el grupo concibe al traslado mismo como algo divertido, memorable. Aquí hay fuertes relaciones con el papel de la fotografía en los entornos cotidianos; por ejemplo, cuando se fotografía un evento familiar. De nuevo, la masiva introducción de cámaras digitales cada vez extiende más el uso de la foto en cualquier ámbito, y ya no sólo en “circunstancias importantes”.

Desde ya, la fotografía también es una prueba documental. Es el “haber estado allí”. Por ello, es muy común que la persona pose delante de algún monumento o lugar que tienda a ser asociado con ciertos destinos. Por ejemplo, si alguien va a la playa argentina de Mar del Plata, seguramente se sacará su foto en el enorme monumento al lobo marino. Y extiendan este ejemplo a cada destino turístico popular.

¿Por qué hay pocos trabajos académicos relevantes sobre fotografía y turismo? En particular, porque hay pocos trabajos etnográficos sobre el tema. Es complejo sistematizar la manera en la cual los turistas evalúan la “fotografiabilidad” de un lugar. En muchos casos buscan esa imagen que han visto antes en los medios o los folletos turísticos. En el fondo, casi todos los que van a Macchi Pichu tienen la misma toma panorámica de la ciudadela inca. Pero otros casos son más complejos, y se relacionan con la experiencia del viajero y su memoria. Es cierto que muchas veces nos chocamos con fotografías similares sobre un lugar, que casi constituyen el “discurso autorizado” sobre el destino, algo que la industria de los viajes maneja muy bien. Pero no todo es tan obvio, tan formalizable. Todavía hay espacio para esas imágenes que sólo cobran sentido cuando las conectamos con una historia que le da un sentido más preciso, que no depende necesariamente de su potencia o calidad estética.

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