Jorge Gobbi

La identidad autenticada: el debate sobre las relaciones entre identidad, autenticidad y vida cotidiana en el turismo.

Ponencia presentada en el Taller Internacional: Desplazamientos, Contactos, Lugares. Instituto de Geografía, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires – Argentina, 11 al 13 de mayo de 2005.

La vida cotidiana no es un reservorio de actitudes rutinarias, ni se caracteriza por formas simples de construcción de sentido, ni un terreno constituido por significados obvios y poco interesantes de estudiar. A pesar de todas las luchas teóricas que hay en el campo de la comunicación, la frase anterior ha ido adquiriendo un lento consenso; ya no podemos descartar los entornos cotidianos por prejuicios académicos, o porque no lo consideramos como un objeto legítimo de estudio. Sin embargo, hay una conciencia generalizada de que no debemos concentrarnos exclusivamente en la vida cotidiana –el famoso enfoque micro- sin establecer las necesarias conexiones con las estructuras sociales y políticas de construcción de sentido.

A pesar de ello, el debate sobre las relaciones entre turismo y autenticidad, y el impacto sobre las formas de construcción de sentido de nativos y turistas, ha tendido a repetir los errores que ya encontramos en otros sectores de las ciencias sociales: un equivocado enfoque metodológico sobre los aspectos micro y macro del fenómeno. A esto hay que sumarle la insistencia en estrategias esencialistas de análisis de los procesos de constitución de la alteridad y la identidad.

En este trabajo, me propongo hacer un rastreo de las concepciones de alteridad e identidad en el turismo que se han hecho desde las ciencias sociales, y me concentraré en proponer un enfoque metodológico diferente.

Autenticados

Según Dean MacCannell (1988) una de las principales tendencias del turismo es fomentar “la restauración, la conservación y la recreación ficticia de los atributos étnicos�? de ciertos grupos. Las identidades étnicas surgidas en respuesta son clasificadas por MacCannell como “etnicidad reconstruida�?, a la que define como “formas étnicas conservadas y mantenidas para la diversión de un grupo étnico distinto�?. Para MacCannell, estas formas se dan en tanto “todos los grupos del mundo están situados en una red de interacciones global�?; por lo tanto, estamos frente a una “expresión simbólica orientada hacia un fin y (…) un valor de uso dentro del sistema global�?. La hipótesis de fondo de MacCannell es que lo que motiva al turista a desplazarse es el deseo de experimentar “interacciones auténticas�? con otros, durante las cuales pueda acceder a ver la vida cotidiana en un entorno diferente.

Efectivamente, la conservación de atributos de ciertos grupos étnicos es, en buena parte, comprensible en relación con la interacción con los turistas. Estos últimos reclaman un tipo de “autenticidad�? que, por supuesto, se define por su grado de relación con la definición que ellos mismos traen de autenticidad. Como quieren comprar objetos “auténticos�?, deben comprárselos a vendedores “auténticos�?; desde ya, la autenticidad responde a un catálogo previo de características definidas por las representaciones sociales sobre los grupos indígenas. De todos modos, parece claro que turistas y nativos comparten una serie de imágenes “naturalizadas�? sobre ciertos imaginarios.

Para explicar el uso del concepto de autencidad en el marco de las comunidades locales, MacCannell (1976) trabaja con las nociones de “back�? y “front�? de Erwin Goffman. Éste último concepto hace referencia a lo que se muestra a los visitantes; en el caso de las comunidades locales, ese espacio es donde se toma contacto con el turista. Por lo general, esto se reduce al área de servicios, como hoteles, lugares donde se sirve comida o se venden diferentes productos. El “back�?, por su parte, refiere a las zonas privadas de la vida de los nativos, que quedan lejos de la vista de los turistas. Al igual que en la vida cotidiana de cualquiera de nosotros, la hipótesis que sustenta la división entre back y front es que nos comportamos de manera diferente en cada ambiente, según lo consideremos público o privado. De acuerdo a MacCannell, el turista desea acceder a esa vida “auténtica�? del nativo, pero jamás consigue ese objetivo, ya que ese entorno sólo se da en el back, lejos de la mirada de los visitantes. Por lo tanto, los turistas sólo tendrán acceso a una experiencia desprovista de autenticidad, y que se encuentra armada con fines turísticos y comerciales.

El mismo turista es capaz de dar cuenta de esta problemática; si detecta una alta intervención de la industria en cierto tipo de eventos turísticos, tenderá a ver como poco auténtica su experiencia en ese lugar. Aunque hay quienes creen que el campo turístico ha cambiado de tal forma que estamos en presencia de “`posturistas�? (Lash y Urry, 1998), que son capaces de disfrutar el mundo en tanto espectáculo, y que son capaces de detectar la evidente puesta en escena en ciertos destinos vacaciones y aún así disfrutar de ellos. Un tema que, por cierto, ha sido trabajado por novelistas como Michel Houllebecq, que analiza estas actitudes “posturísticas�? en su novela Plataforma. El deseo del viaje se mueve en esa trama por el interés de conocer al otro; gracias a ello, las construcciones de alteridad terminan transformándose, de manera abierta, en una mercancía más.

Extrañamiento y similitud

¿Porqué nos extrañan los “nativos�? de ciertos lugares, que parecen ser llamativa e incómodamente similares a nosotros? Qué utilizan categorías similares de pensamiento, que quieren los mismos objetos simbólicos que nosotros y les atribuyen significados parecidos…

En primer lugar, porque no encontramos la diferencia naturalizada que esperábamos encontrar. Y somos presa del “efecto Squanto�? del que habla Clifford. “Squanto fue el indio que dio la bienvenida a los peregrinos en 1620 en Plymouth, Massachussets, que los ayudó a atravesar el duro invierno y que hablaba buen inglés. Para imaginar el efecto cabal de ese encuentro, hay que recordar como en era el “Nuevo Mundo�? en 1620: se podía oler los pinos desde el mar, a noventa kilómetros de la costa. Piense en lo que fue llegar a un nuevo lugar como ese y tener la pavorosa experiencia de toparse con un patuxet que acababa de regresar de Europa. Un nativo que desconcierta por lo híbrido, encontrado en los confines de la tierra, extrañamente familiar y distinto por esa misma familiaridad no procesada�? (Clifford, 1999).

El impacto del “efecto Squanto�? no se da por el extrañamiento frente a la percepción de la diferencia sino que se produce en la dificultad de integrar en un nuevo marco de comprensión el no encuentro de la figura naturalizada del nativo como representante de lo “local�? y que, por definición, debería ser completamente diferente a nosotros. El turismo étnico en cierta medida tranquiliza cuando promete conocer “nativos�?; el turista sabe que encontrará “otros�?. El problema es cuando las diferencias que debían aparecer no lo hacen, y nos vemos obligados a reflexionar sobre los cruces e hibridaciones culturales. No se trata aquí de hacer reflexiones apresuradas sobre el poder de la “globalización�?. Más bien, el punto clave es como nuestros imaginarios sobre el otro están completamente desligados de ciertas prácticas.

En segundo lugar, parece que somos casi incapaces de pensar lo “nativo�? como algo que esté más allá de la simple pureza de lo autóctono. Por un lado, enfatizamos el carácter relacional y no esencialista de la construcción de la identidad y de la alteridad; pero, por otro, la identidad naturalizada de nativos y turistas vuelve a aparecer cuando MacCannell sostiene que la identidad de los nativos frente a los turistas es “artificial�?. En el fondo, la posición de MacCannell es muy problemática: ¿cómo sostener que el turismo contribuye al mantenimiento “artificial�? de la identidad? ¿Acaso esa recreación de la identidad, esa conservación, no se da en términos relacionales con los turistas y con el mercado? ¿Hay formas de construir identidades por fuera de los sistemas políticos, económicos y sociales hegemónicos? En tanto una de las fuerzas sociales y económicas de mayor peso en la vida de ciertas comunidades locales, el turismo es parte del contexto que rodea la construcción de identidades. Por lo tanto, suena forzado separarlo como una fuerza casi independiente. Más bien, deberíamos articularlo con otros tipos de movilidades y flujos comunicaciones, que van desde los medios globales hasta la progresiva extensión de Internet.

Para Barth (1976) “la persistencia de los grupos étnicos implica no sólo criterios y señales de identificación, sino también estructuras de interacción que permitan la persistencia de las diferencias culturales�?. Así, ciertos rasgos como la vestimenta, el lenguaje o los valores morales utilizados para juzgar ciertas situaciones “se convierten en signos cuando se aplican a la función de señalar la identidad frente a las personas extrañas�? (Peña-Marín, 1995). En tanto representaciones compartidas entre nativos y turistas, el uso de ciertos signos por parte de los nativos los diferencia de los extraños, y los “autentifica�?. Esos signos son, sin embargo, relacionales, y sólo se comprenden en la interacción con los “otros�?. En este sentido, en el texto de MacCannell el turismo aparece como una fuerza demasiado “externa�? y aislada, lo que, por un lado, impide focalizar la cuestión del uso de reglas por parte de turistas y nativos, y por otro presenta problemas para integrar la cuestión del viaje en esquemas más amplios de análisis de lo global.

El concepto de lo “auténtico�?

La noción de autenticidad es tal cuando se relaciona con una representación compartida entre turistas y “nativos�?. Presos de una dominación simbólica bajo la cual sólo son “auténticos�? cuando son como los turistas los imaginan, los nativos serían, en una visión demasiado ingenua, “como quieren�? cuando están fuera de la mirada directa de los compradores. Convengamos en que no parece esta una conclusión demasiado interesante. Cuando están en jeans, remeras y zapatillas los nativos son tan participantes de los procesos de dominación simbólica como antes, salvo que sostengamos que los nativos eligen vestirse de forma tan “occidental�? porque lo seleccionan libremente, parafraseando a Fiske, en el mercado de la “democracia semiótica de las identidades�?.

A pesar de definir la etnicidad como “un producto de las interacciones entre los grupos�?, MacCannell en ningún momento focaliza la cuestión de las reglas –que ocupaba un lugar central en la teoría de Goffman. Por ejemplo, para Bourdieu, el uso de las reglas es producto de la interacción entre campo y habitus, una de las consecuencias de este planteo es eliminar la cuestión de la “autenticidad�? y la “falsedad�? como categorías ontológicas. Cuando concurrimos a buscar trabajo, podemos vestirnos de una forma que no nos es habitual. Pero lo hacemos en tanto sabemos que se espera esa actitud de nosotros. En términos de campo y de mercado, esta actitud es “lógica�? y “natural�?, aunque podamos analizarla críticamente en términos políticos e ideológicos. El problema con los nativos es que su imagen se encuentra tan “naturalizada�? que, en términos de sentido común, que algunas de sus prácticas –en este caso, vestirse con ropas “occidentales�?- aparece como un “falsificación�? y no como una construcción con reglas propias y comprensibles dentro de un campo determinado de interacción y sentido. Evidentemente, habría que integrar un concepto como performance al análisis. Mientras que en nuestra vida cotidiana ciertas “actuaciones�? se encuentran naturalizadas y no son vistas como parte de una performance, la interacción entre nativos y turistas es falsa, en tanto los indígenas “actúan�?. O sea, su performance no está naturalizada en tanto no concuerda con la concepción auténtica del nativo.

Las identidades reconstruidas y el turismo

Hablar de “etnicidad reconstruida�? para clasificar las etnicidades “causadas�? por el marco ideológico del turismo implica aislar este fenómeno y pensarlo como completamente diferentes de otras condiciones político-económicas del capitalismo. Según MacCannell, el turismo convierte al grupo étnico en una “cosa�?, en una imagen fija de sí mismo; en un objeto de museo, en suma. Sin embargo, así operan las representaciones: fijando, delimitando las significaciones posibles de los signos. En el modelo de MacCannell el turismo aparece como una fuerza externa, que “fosiliza�? las prácticas de los nativos. Así, los nativos y los turistas son incapaces de toda reflexividad. En el caso del turismo étnico, la imagen que los nativos muestran a los turistas es ante todo un producto de un proceso relacional, por el cual estos construyen una representación de sentido común. Y ésta debe satisfacer tanto los requerimientos del turista como la propia necesidad de la población nativa de constituirse como un atractivo turístico interesante.

El hecho de que los pobladores locales reserven un espacio para estar lejos de la mirada de los turistas –espacio que paradójicamente usan para desenvolverse a la manera “occidental�?- es ante todo un problema ligado a las determinadas reglas de interacción, y no tanto un problema de autenticidad o falta de ella. Sin embargo, la idea de pensar al turismo como un marco ideológico es un buen punto para pensar la tensión global – local. Reconocer, casi como sentido común académico, que no existen esencias y que las diferencias entre pueblos, grupos étnicos y culturas son rasgos diacríticos cuyo sentido varía según el esquema social que los explique, implica integrar esos rasgos en marcos narrativos en los cuales esas significaciones adquieren sentido en relación con las representaciones sociales hegemónicas en el campo social.

Comprender que asumir paradigma narrativo necesariamente lleva al reconocimiento de la imposibilidad de crear enunciados generales sobre al condición humana (Mumby, 1997) no debe evitar reconocer que estas representaciones se presentan en el sentido común como verdades sobre el mundo; o sea, como clasificaciones objetivas sobre la realidad. Por ello, sorprende encontrar este uso de clasificaciones de sentido común en el campo académico. Al plantear al nativo y al turista como sujetos completamente incapaces de reflexionar sobre la construcción de sentido y las reglas en las que están insertos, se vuelve a aplicar el modelo con el que antes eran pensadas las clases populares. Incapaces de toda reflexividad, los turistas y nativos no pueden ir jamás allá de la propia “realidad�?. En ese sentido, esta parece ser la principal diferencia con el viajero, un sujeto reflexivo que es capaz de separarse de lo “meramente real�?, pero que en realidad lo hace, en muchas ocasiones, a partir de definiciones que apelan al “exotismo�? y la naturalización de la diferencia. La división turista-nativo, por un lado, y viajero, por otro, reproduce la división tradicional entre alta y baja cultura y se acerca peligrosamente al modelo de la literatura de viajes del siglo pasado, entre un viajero “ilustrado�? y un nativo “salvaje�?, salvo que ahora el turista, otro modelo “occidental�? viene también a cumplir el papel de “tonto cultural�?.

Plantear que turistas y nativos son sujetos reflexivos no implica celebrar acríticamente el turismo sino modificar las pautas de discusión, a partir de la crítica de conceptos del sentido común. Si el turismo, como marco ideológico, produce narrativas discriminatorias hacia los grupos menos favorecidos; si reconstruye las historias de los pueblos de forma hipersimplificada; si disfraza de “exotismo�? y “magia�? lo que en realidad debe ser analizado en términos políticos, histórico y económico, entonces el turismo debe ser pensado en relación con el sistema capitalista de la misma forma en que las narrativas turísticas sobre el “resto del mundo�? deben ser estudiadas en relación con la literatura de viajes y los medios, en series diacrónicas de largo plazo.

Definir al turismo como marco no implica establecer que las identidades que “crea�? (si es que lo hace) deban ser clasificadas como conceptualmente nuevas; es evidente que en las narrativas turísticas se escuchan ecos de las viejas construcciones imperialistas que el centro ha hecho sobre la periferia, por ejemplo.

Sentidos comunes y reflexividad

La crítica académica del sentido común y de las formas esenciales de construir la identidad adolece, en muchos casos, de una notoria ausencia de reflexividad. No sólo a las dificultades de autoaplicarse los instrumentos analíticos que el mismo campo académico ha formulado (Wacquant, 1995) sino también muestra evidentes dificultades para plantear en términos sistemáticos la crítica a los conceptos “irreflexivos�? de sentido común.

La teoría poscolonial ha planteado desde hace largo tiempo una extensa serie de críticas al concepto de nativo en el que se sustentó la antropología tradicional. Dicha crítica, política e ideológicamente necesaria, analizó como el “nativo�? era construido como un sujeto “no occidental�?, presunto representante de “verdaderas tradiciones locales�?, pero a quien jamás se le daba la palabra si no era a través de la medicación del etnógrafo (Clifford, 1995). El nativo como construcción de Occidente era, desde ya, una de las representaciones que legitimaba el dominio y la opresión sobre los pueblos colonizados. Sin hacer paralelos en términos políticos, la visión naturalizada del turista como un sujeto decididamente tonto no hace más que retomar ciertas conceptualizaciones de sentido común e institucionalizarlas en la academia. El turista como “tonto cultural�? justifica que sus prácticas no sean estudiadas en tanto no son relevantes y a que sus actividades sean condenadas a un mero reflejo de los deseos del mercado. A ser subsumidas, ya, en el modelo del espectáculo, en donde todos los significados ya están planeados de antemano y en donde los sujetos sólo ocupan su lugar. Tal vez Disney sea así, pero “disneylandizar�? todos los estudios sobre turismo como si el parque temático fuera la sinécdoque del mundo es bastante ridículo.

Criticar las nociones de sentido común implica desesencializar al turista y al viajero, estudiar sus prácticas, retomar las configuraciones políticas y sociales que convierten al turismo en un objeto de estudio relevante. En cierto momento, aclaré que no estaba haciendo un paralelo entre la necesidad de deconstruir las nociones de “nativo�? y “turista�? en tanto, evidentemente, las consecuencias políticas de ambas construcciones han sido completemente diferentes, y mucho más dramáticas y brutales en el caso de quienes han sido colocados en el nicho de los “nativos�?. Sin embargo, por debajo, el movimiento político naturaliza otro punto de vista académico: el nativo, como oprimido, se merece nuestra solidaridad y esfuerzo; el turista, como representante de un capitalismo injusto, se merece ser construido como un representante de lo que odiamos. Los paralelos con la vieja imagen del televidente, preso de las industrias culturales que el campo de la comunicación supo demonizar alguna vez, son evidentes.

El papel de la industria

Uno de los aspectos claves que los estudios sociales del viaje y el turismo han descuidado en muchas ocasiones es el papel de la industria. Al hacer énfasis en trabajos basados en el modelo etnográfico, que focaliza centralmente la relación entre nativos y turistas, se ha tendido a descuidar las estrategias a través de las cuales la industria modeló ciertos destinos según sus necesidades. Una de ellas es la explotación de “tradiciones inventadas�?, a través de las cuales se recrean determinadas prácticas que históricamente pertenecen a un grupo étnico o social, pero se reorienta su utilidad desde el campo religioso o político a otro estrechamente vinculado con el segmento turístico. Un caso muy interesante es la celebración del Inti Raymi, que durante el imperio Inca era un ritual de celebración del emperador, para lo cual venían grupos de múltiples lugares. La fiesta fue revivida hacia 1947, como una manera de celebrar la “identidad” del Cusco, lo cual desde ya puede extenderse a una idea particular de “peruanidad”. Con el tiempo, la fiesta fue adquiriendo un costado cada vez más comercial y turístico, a tal punto que hoy una buena ubicación para ver el festival cuesta 70 dólares por lo menos. Los intereses políticos lentamente fueron cediendo su lugar a los sentidos comunes del mercado del ocio: la celebración no es más que un espectáculo que necesita revestirse de “autenticidad�? para adquirir una dimensión relevante. Poco importa que la versión original no se celebrara en ese lugar, o cuán precisa es, en términos históricos, la recreación. Concentrarnos exclusivamente en la relación de nativos y turistas sería un error; en este sentido, un trabajo como el MacCannell, más allá de sus errores teóricos, nos previene de separar la lógica económica de creación de mercancías y las relaciones de construcción de la identidad y la alteridad .

Los debates sobre el turismo desde la comunicación

¿En qué puntos puede aportar el campo de la comunicación a los estudios sociales del turismo? En primer lugar, en necesaria discutir la relación de oposición entre vida cotidiana y turismo. Ésta descansa, más bien, en la conceptualización del primer concepto como carente de significados importantes. Pero desde el campo de la comunicación directa una enorme cantidad de trabajos han buscado, largamente, desmentir ese tipo de hipótesis. Si bien en el mercado turístico puede parecer “natural�? que las personas opten por buscar, cada tanto, una forma de descansar y tomarse unos días lejos de las presiones laborales, una conceptualización de este tipo, hecha desde una analista y no desde el agente, trae una serie de problemas. Como plantea McCabe (2002:62) “como consecuencia de este énfasis, la vida cotidiana misma recibe poca atención�?.

Asumir, sin más, que el turismo es deseable porque la vida cotidiana carece de mayores significados es muy poco justificable desde el punto de vista de un analista. Parece aceptable desde una posición de “sentido común�?, pero no desde un punto de vista académico.

Es posible que, desde el punto del actor / turista, el viaje sea visto como una puesta en paréntesis de sus obligaciones cotidianas. Incluso, que aparezca casi contrapuesto. Para empezar, la mayor parte de las personas suelen viajar como parte de sus vacaciones en el empleo o estudios. Frente a esto, no resulta raro oponer trabajo a viaje: sólo soy turista cuando estoy alejado del trabajo.

En segundo lugar, el campo de la comunicación puede aportar con el análisis de las estrategias cotidianas, cada vez más usuales para muchos actores, por la cual se integran las lógicas de trabajo con las del desplazamiento. Viajeros de negocios, turistas que exigen servicios similares a los de sus países, son dos muestras que comprender al turismo como “espacial y temporalmente�? opuesto a la vida cotidiana no puede ser una hipótesis aplicable a todos los casos. El cruce entre lógicas de la vida cotidiana y el viaje se ven potenciados por la mayor ubicuidad de las nuevas tecnologías de la comunicación, que hacen más fácil y barato salir de viaje sin perder desconexión con casa. Frente a esto, el reto es más bien como estudiar estas nuevas prácticas antes que comprenderlas, simplemente, como términos oposicionales.

Si la vieja definición del turismo como “un traslado físico desde un nuestro lugar de residencia a otro situado a cierta distancia�? ya no nos es útil porque no nos dice nada acerca de la experiencia del viaje, la separación entre vida cotidiana y turismo también provoca otros inconvenientes. Como enfatiza McCabe (2002) la industria del turismo ha sabido crear una precisa segmentación del mercado de destinos y paquetes, a tal punto que hoy encontramos ofertas extremadamente específicas. Podemos hallar tours para personas interesadas en jugar en casinos, ir a fiestas rave, para haber trekking, entre otros .

En estos ejemplos podemos hipotetizar que el agente social no establece diferencias oposicionales entre su identidad cotidiana y la que despliega en el viaje. De hecho, la oferta de los paquetes más bien toma en cuenta esas preferencias cotidianas. Al fin y al cabo, si hay tours y ofertas turísticas para ir a ver partidos de fútbol en distintas ciudades, es porque se da por sentado que mucha gente disfruta de este deporte en su cotidianeidad.

En tercer lugar, el campo de la comunicación puede aportar al debate sobre las categorías mismas de viajero y turista. ¿Una persona es sólo un viajero cuando viaja? ¿O también lo es incluso cuando se encuentra en su lugar de origen? La compra de souvenirs justamente tiene un papel: construir una imagen de viajero / turista incluso cuando se está en casa. Y no es la única actividad: la recolección de objetos, las fotografías que se toman, tienen como objeto prolongar la experiencia del viaje aún cuando nos encontramos en nuestro entorno habitual.

Como punto final, desearía dejar claro que es necesario establecer enfoques relacionales entre la vida cotidiana y el turismo. Es importante separar el punto de vista del agente del que debe tener un analista; he ejemplificado como en otros casos –el turista que rechaza ser llamado de esa forma- si solemos no tomar al pie de la letra las descripciones que los agentes hacen de sí mismo. Si bien los aportes relacionales exceden el campo de la comunicación, y se inscriben en debates de larga data en las ciencias sociales, su utilidad como matriz de análisis debería ser utilizada en nuestro campo para estimular el análisis de prácticas y objetos en donde se pone en juego la construcción de significados en la vida cotidiana, los medios y las instituciones.

Bibliografía

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