En La condición de la posmodernidad, David Harvey hipotetiza que lo que muchos llaman posmodernismo o posfordismo no implica ninguna ruptura radical con el pasado, sino que ante todo implican tendencias que aceleran las condiciones que ya se presentaban en el modernismo/fordismo. Más bien lo que tenemos es un capitalismo que ha logrado que la combinación de adelantos tecnológicos y desmantelamiento del Estado de Bienestar le permita acelerar de una manera impresionante la rotación del capital y manejar cada vez más los tiempos de los trabajadores y consumidores. Nada de esto es muy nuevo: ya la teoría marxista había analizado al tiempo como una de las funciones centrales a la hora de garantizar la ganancia del capitalista. Y muchos antes habían teorizado sobre los usos del espacio no sólo como representación sino también como una forma de legitimación de la dominación. Harvey aporta lo suyo al establecer las relaciones entre la compresión espacio-temporal que permite una rotación más alta del capital y los cambios en la esfera cultural -lo que suele llamarse posmodernidad. Desde ya, Harvey está más que interesado en retomar una idea fuerte de determinación; aquello que suele resumirse en la frase de Engels: “en última instancia la determinación es económica”.

Pero lo interesante es que toda esta idea de que la ganancia en el capitalismo deviene del uso del tiempo y del espacio por parte del capitalista se ha trasladado crecientemente de la producción industrial al terreno de los servicios. Y se puede ver muy bien en el mercado turístico. Las ganancias de los actores que brindan servicios en él están claramente relacionadas con la capacidad de administrar los espacios y tiempos de los turistas.

Por el lado del espacio, tenemos la conformación de enclaves. Se trata de zonas específicas de la ciudad, que son dedicadas al turismo. No siempre están separadas de las zonas de trabajo; en los últimos años, más bien han tendido a mezclarse, como analiza Shannon O’Halloran en un trabajo que pueden leer en este blog. El punto central: lograr que los turistas no salgan de una zona determinada, lo cual garantiza una mayor rentabilidad a quienes ofrecen servicios allí. En Buenos Aires, por ejemplo, un enclave muy característico es Caminito, en La Boca. Allí se insiste a los turistas con que no se aparten de un área de pocas cuadras. El motivo: la zona es peligrosa y podrían sufrir robos si salen del enclave. Esto es reforzado por el hecho de que sólo hay mucha presencia policial en la zona recomendada; si sale de ella, prácticamente no se ve un policía. Habría que ser muy ingenuo para no ver que aquí hay una estrategia destinada a cooptar el movimiento del turista y ponerlo al servicio de la industria turística. Y ejemplos del mismo tipo hay en todas las ciudades del mundo. No digo que los enclaves sean inventos; se trata muchas veces de lugares cuya importancia está histórica y socialmente fundada. Pero tampoco podemos dejar de ver que el mercado turístico y los gobiernos hacen muchos esfuerzos por dotar a esas zonas de cada vez mayor importancia.

Algo similar pasa con el tiempo. La mayor de los esfuerzos de la industria del viaje están destinados a cooptar el tiempo del turista; una vez que lo logran, hay que planificar estrategias para monetizar ese tiempo al máximo. Así, se visitarán lugares históricamente relevantes, pero los comercios de artesanías, los locales de comidas, etc, serán elegidos por el prestador del servicio como parte de su esquema de ganancia. Claro que los turistas siempre son un poco escurridizos. Así, por ejemplo, es común que las empresas de micros -al menos en Argentina- paren sólo en restaurantes que se encuentran en lugares aislados en la ruta. De esa manera, sus pasajeros comen ahí o se quedan con hambre. Si eso no es un ejemplo del uso del tiempo y el espacio, entonces la verdad no sé como se lo podría pensar.

Buena parte de las prácticas del campo turístico están claramente determinadas por este uso del tiempo y el espacio en función de la ganancia de los actores que prestan servicio en él. Claro que siempre hay posibilidades de escapar momentáneamente de ellas, de irse a pasear fuera del enclave, de usar nuestro tiempo no para consumir sino apenas para pasear por lugares en donde no nos cruzamos con nadie. Pero a la larga terminamos cayendo de nuevo en manos de aquellos que han aprendido a monetizar nuestro tiempo. Al fin y al cabo, viven de ello, y esa es la razón por la cual nos soportan, ¿no?

Por cierto, sobre el tema del espacio y sus relaciones con el campo de la comunicación ya había hablado en una entrada anterior.

Bibliografía

Harvey, David (1998) “Espacio y tiempos individuales en la vida social? y “Tiempo y espacio como fuentes de poder social? en La condición de la posmodernidad. Investigación sobre los orígenes del cambio cultural. Buenos Aires, Amorrortu.

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