Mientras estaba por regresar de Perú, allá por febrero de este año, salió en el diario argentino Página/12 una nota sobre la estetización de la villa. O sea, sobre el transformar en un objeto artístico la enorme pobreza que puede encontrarse en los barrios más pobres de la Argentina. Parte de esa nota está dedicada al turismo villero: turistas extranjeros recorren la villa 31, la más cercana al centro de la capital, y pagan 60 euros para un recorrido de dos horas, en el cual apenas si se bajan de la combi. Como una copia del Favela Tour brasileño, la pobreza extrema se transforma ya no en algo a combatir, en una afrenta para toda sociedad democrática, sino más bien en un objeto: en aquello que puede leerse ya no a través de la lente de la política sino a con las cómodas anteojeras del exotismo. Y eso que estamos hablando de argentinos hablando sobre argentinos; un buen indicio de las enormes diferencias sociales por las que pasa mi país, alguna vez orgulloso de su amplia y ahora agonizante clase media.

Lo del turismo villero no es más que una parte de la estetización de la pobreza. Hay líneas de ropa que explotan esa estética, y la venden al público de clase alta; hay editoriales que arman stands en muestras artística con cartones. Hay, como verán, una compleja operación de distanciamiento; la pobreza ya no es más que el signo que remite a ella, y con el que podemos estar en contacto un ratito por día. Pero no mucho, a ver si nos sensibilizamos demasiado.

La nota de Página/12 se puede leer en esta página. Importante: no todas las tendencias cubiertas en la nota de Página/12 me parecen tan deplorables desde una lectura política, pero no deja de asustarme esa tendencia a hablar de la pobreza sólo desde un punto de vista que nos permite eliminar el sufrimiento y el dolor como parte de la agenda de discusión.

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