¿Viajar nos da acceso a una forma de conocimiento más humano sobre los otros? Hemos discutido largamente en este blog el tema de la relación entre turistas y nativos, y sobre las dificultades de esa relación. ¿Pero qué pasa en el conocimiento que obtenemos de la relación con otros turistas? Salir de casa implica correr ciertos riesgos. No sólo cambiar de comidas y rutinas, sino muchas veces convivir largas horas con personas a la que apenas conocemos o jamás hemos visto en nuestra vida. Hay a quienes ese contacto les causa espanto. Que son incapaces de acostumbrarse a compartir habitaciones, usar baños desconocidos, cargar mochilas pesadas. En el viaje, no tienen muchas alternativas. O sea acostumbran a las nuevas rutinas y dejan de hacerse los delicados, o pasarán días horribles en la ruta.

Los pesares de la ruta pueden ser peores cuando viajamos sin un mango, en carpa, usando baños de estaciones de servicio o bares, con acceso intermitente a una ducha o cualquier otro método de higiene. A muchos no sólo les cuesta aguantar la mugre, sino que incluso se vuelven obsesivos con otras cosas.

Por ejemplo, con el peso de la mochila. He visto gente al borde de la ruta, con ataque de nervios, revoleando sus pertenencias, regalándolas a cualquiera que pasara por ahí, vaciando su equipaje de tal manera que quede más liviano que una botella de Coca Cola.

Ni que hablar de las tensiones relacionadas con el tema de hacer dedo. Cuando se viaja en grupo, siempre están quienes intentan viajar antes que los demás. Mucho peor es el tema de la competencia entre grupos, como cuando por ejemplo pasan por detrás tuyo para ponerse adelante y parar primero a los vehículos. Si la cultura mochilera muchas veces puede ser identificada con la solidaridad, al menos en este tema no suele ser un buen ejemplo. Y si alguien quiere ver este tema en acción, vayan un verano a la zona de los lagos de la Patagonia Argentina.

¿Acaso ese contacto con los demás, con sus manías, con sus delirios, nos hace más humanos, más comprensivos? Es difícil decirlo, ya que la generalización, en temas tan personales, no suele dar los mejores resultados. Pero siempre he creído que el viaje físico se complementaba con otro tipo de traslados -lo que podríamos llamar “el viaje interior”- que más bien va por dentro nuestro.

Aquello de que “viajar es aprender” tal vez suene muy a frase marketinera, pero a veces, por cierto, nos suena interesante. Y nos hace recordar porqué nos encanta estar en movimiento, toleramos mejor la mugre cuando estamos en la ruta, y soportamos esos incómodos asientos en micros y aviones.

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