El mundo no es una representacion

Quienes trabajamos desde las ciencias sociales con un objeto tan caótico como el turismo, tendemos a focalizarnos en las representaciones. Esto es, nos interesan cuales son las formas en las cuales ciertas prácticas pueden legimitimarse, hacerse comunes, articularse con intereses particulares. Pero en nuestro campo hay una cierta tendencia a extralimitarse en esto de entender, simplemente, al mundo como una representación. Cito un párrafo escrito por el antropólogo Radcliffe Brown, que a la vez tomo de “Después del objetivismo”, un capítulo del brillante Cultura y Verdad de Renato Rosaldo:

“Cuando dos amigos o parientes se encuentran después de haber estado separados, la relación social entre ellos que fue interrumpida está a punto de renovarse. Esta relación social implica o de depende de la existencia de un lazo específico de solidaridad entre ellos. El rito del llanto (junto con el subsecuente intercambio de regalos) es la afirmación de este lazo. El rito que, debe recordarse, es obligatorio, compromete a los participantes a actuar como si sintieran ciertas emociones, y, por lo tanto, y hasta cierto grado, crea esas emociones en ellos”.

Otra cita tomada del texto de Rosaldo, esta vez del antropólogo Jack Goody:

“Se cuenta con que un hombre muestre una gran pena por la muerte de un hijo joven”.

Rosaldo es bastante claro en sus críticas a este tipo de descripciones, que tienden a concebir a estas situaciones emotivas en meros rituales que “representan” el dolor. ¿Acaso no se emociona la gente cuando ve a alguien querido después de mucho tiempo? ¿Cómo es eso que “se cuenta” con que un padre llore por su hijo muerto? Lo interesante es que estas descripciones etnográficas se aplican sólo a otras sociedades. Jamás un antropólogo describiría el dolor de un padre estadounidense como que “se da por sentado que tiene que mostrar como si sintiera dolor”. Más bien, se da por sentado que siente dolor. Esto no deja de ser un ejemplo muy interesante de como operan ciertas clasificaciones etnocéntricas: describen al otro de una manera que sería inaceptable que se aplicara a nuestras clasificaciones de lo real.

El planteo de Rosaldo va más a fondo: ¿por qué le damos validez al método etnográfico como forma de describir a los otros, si cuando leemos una etnografía sobre nuestro grupo la encontramos bastante poco certera y hasta irreal? Aquí hay varias formas de plantear la cuestión. Por un lado, se puede argumentar que el lenguaje del analista no es el mismo que el del grupo que analiza. Pero por otro, podemos de manera positiva estas críticas, y reconocer que en muchos casos aplicamos al grupo estudiado categorías de comprensión del mundo que jamás usaríamos para nuestro propio grupo. Comprender cualquier muestra de dolor como una simple representación del dolor es una de ellas. Dar cuenta de los otros a partir de considerar a nuestro grupo como el parámetro de lo normal es otro, como ya conté en una entrada anterior.

Al igual que el lenguaje, las ciencias sociales tienen serias dificultades cuando deben referirse y describir las emociones. Es bueno reconocer ese límite. Lo malo es querer reemplazar las emociones por las representaciones, simplemente porque éstas últimas nos son más sencillas de formalizar y analizar.

Bibliografía usada:

Rosaldo, Renato (1991) “Después del objetivismo” en Cultura y Verdad. Nueva Propuesta de Análisis Social. México, Grijalbo.

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