Durante mucho tiempo, el sistema económico capitalista estuvo basado en el derecho de propiedad de activos físicos. Pero un sector como el turismo nunca estuvo demasiado marcado por ese tema. La venta de viajes, paquetes, traslados, implicaba que una empresa poseía activos físicos que no vendía sino que “prestaba” un bien por un cierto tiempo. Lo que se cobraba era el “derecho de acceso” a la posesión temporal de un asiento en un micro, de una habitación de hotel, del ingreso a un determinado sitio.

Pero el turismo ya no está solo en ese tema. Como hipotetiza Jerome Rifkin en La era del acceso, la economía completa ha comenzado a transformarse en un enorme campo regido por el cobro del “derecho de acceso”. Cosas que antes se vendían de manera permanente hoy son cada vez más alcanzadas por el concepto de leasing. En Estados Unidos, por ejemplo, una buena proporción de la población renta su auto a una empresa, paga por mes, y cada cierta cantidad de tiempo recibe un modelo nuevo. En vez de traspaso definitivo de propiedad, más bien aquí encontramos un servicio basado en un abono periódico.

Algo similar están intentando imponer las empresas que venden música por la Red. Antes, la compra de un disco implicaba que su contenido era de nuestra propiedad. Hoy las tiendas online de canciones más bien prestan las canciones: se paga por mes para bajar una cierta cantidad de temas, pero si dejamos de pagar, todo ese contenido se vuelve inútil. Con ello, lo relevante es que podamos pagar mes a mes nuestro abono. Las empresas se aseguran ingresos fijos, y por supuesto mucho más dinero para repartir.

En el turismo, como decíamos, nada de esto es nuevo; siempre se ha cobrado por el derecho a acceso. Pero en los últimos años hemos visto como cada vez más cosas se turistificaban, se tornaban atractivas en un mercado segmentado, y por lo tanto comenzaban a ser vistas como parte de un ofrecimiento mercantil. Museos de todo tipo, ofertas turísticas diversificadas al infinito: ya es casi imposible pensar que tipo de experiencia humana no puede ser vista o tratada como mercancía. Al interior de un esquema de comercialización del acceso, esas prácticas adquieren nuevo sentido. Si alguna vez fueron fiestas populares destinadas a celebrar algo en particular -una reafirmación identitaria de acuerdo a la noción tradicional de ritual- hoy son puestas en escena comprensibles en relación al mercado turístico.

La experiencia, al menos en el campo turístico, hace rato que es comercializada como mercancía. La gran novedad de la última década es la enorme extensión de las prácticas que podían ser mercantilizadas por la industria, convertidas en paquetes, centradas en una puesta en escena que tematiza la relación entre industria, nativos y turistas sólo en función de su aprovechamiento comercial.

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