Cecilia Palacios

“Los habitantes”, capítulo 2 de “La mirada de los otros. La construcción de Buenos Aires y sus habitantes en las guías turísticas internacionales”. Tesina de licenciatura para la Carrera de Ciencias de la Comunicación, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, 2004.

El presente apartado intentará dar cuenta de cómo son representados los habitantes de la ciudad, cuáles son las descripciones que se hacen de sus costumbres, estilos de vida, gustos, inquietudes, intereses, hábitos, modos de pensamiento.

Evidentemente, tal caracterización no puede pensarse aislada del todo discursivo que también refiere al ambiente, la historia y la cultura de Buenos Aires. En tanto los porteños viven en la ciudad, para dar cuenta de lo que ellos son se deberán retomar algunos rasgos que han sido analizados respecto de la ciudad en el capítulo precedente. Y asimismo, tampoco habrá de analizarse dicha caracterización sin tomar en cuenta que las guías, en tanto mediaciones, constituyen necesariamente el lugar propicio para rastrear qué imaginarios y formaciones ideológicas se ponen en juego. Se procurará explicar que el porteño, en sintonía con lo que ocurría para describir la ciudad, aparece en los discursos con una identidad construida en base a tensiones y fracturas. Asimismo, se rastreará cuáles son los elementos que configuran esta tensión y la sostienen.

Esa música

La música ciudadana por excelencia resulta ser el tango, y con él, al parecer, todo un estilo de vida que impregna a los porteños: “El tango es la forma de música popular más auténtica de la ciudad de Buenos Aires” (Trotamundos, 1998: 46); “Más que ninguna otra cosa, Argentina es conocida por el tango” (Bs.As. and…, 2000: 215); “Con la sola mención del nombre de su ciudad, parecería que están a punto de comenzar un tango” (Bs. As. Guía Turística, 1999: 7); “su melancolía es prácticamente un estilo de vida” (Time Out, 2001: 21). Por lo tanto, si esta música actúa como emblema de la ciudad, será necesario investigar cómo es descripta, para poder de este modo ir hilvanando cuáles son las representaciones que van apareciendo de los porteños.

Primeramente habrá de indicarse que el tango, además de la nostalgia y melancolía que parecen caracterizarlo, representa el pasado, es una música que no corre para los tiempos modernos, o que no se articula armoniosamente con lo que supuestamente es el “progreso”?. Así, respecto de Buenos Aires, Time Out indica que “su ubicación geográfica remota causa que el entusiasmo y el conocimiento se vean frustrados; no hay acceso a la nueva música” (Time Out, 2001: 184); “aunque enérgica y despierta, Argentina no es el lugar para buscar clubes [de música] nuevos” (idem). Y, paralelamente, que “el tango ha tenido sus días de gloria, y constituye una fijación anodina para una cultura demasiado perezosa como para entrar en una nueva y más relevante fase” (idem: 26). Por otro lado, se agrega que “por su propia inhabilidad para evolucionar”? (Insight Guides, 1999: 164), “puede ser escuchado y visto tal como hace 50 años atrás” (idem: 161).

Si bien se está hablando específicamente del tango, no se nos ha de escapar que las descripciones acerca de él exceden este tópico, y que juntas van ayudando a hilvanar representaciones tanto de los porteños como de los propios turistas. Una primera observación nos conducirá a hacer notar que para calificar a una ubicación geográfica como remota hay que ver entonces desde dónde se señala semejante cosa, es decir, “remota” respecto de dónde. Pero lo que aquí interesa es indicar que “la nueva música” ciertamente no es el tango; consecuentemente, habrá de inferirse que es siempre extranjera. Y además, que no acceder a ella implica un atraso que es causa de frustración y de ignorancia. El saber entonces no está aquí sino en otro lado, puesto en otro lugar, monopolizado por otros. (es decir, el “nosotros” que los discursos construyen).

Asimismo, conviene recordar algo que se dijo en el capítulo precedente respecto de la propia geografía de la ciudad: allí se explicó que Buenos Aires no era ni podía ser París porque si bien tiene río, éste no es el Sena. Aquí encontramos algo que funciona de modo similar: nuevamente el factor “geográfico” (en un caso el propio trazado de la ciudad, en otro, la ubicación de la metrópolis respecto del resto del mundo “civilizado”) impone límites que frustran toda expectativa de considerar a Buenos Aires como una ciudad moderna, actualizada, receptiva. Todo lo contrario: la imagen de Buenos Aires es la de una ciudad remota, aislada, detenida de algún modo en el pasado. No costará advertir que estas características habrán de trasladarse idénticamente para hacer referencia a quienes en ella habitan.

Volviendo a los discursos, habrá de hacerse notar que si se le otorga algún tipo de valor al tango, éste reside fundamentalmente en lo que es el show o espectáculo. El tango aparece así netamente como un producto turístico, suerte de objeto a ser consumido, y no tanto como manifestación artística, poética o musical. Paralelamente, ayuda como símbolo para construir autenticidad, es decir, se lo convierte en el “emblema musical de la ciudad” y por eso, asistir a algún espectáculo de tango se muestra como un paseo obligado para los turistas que quieran “vivir una experiencia verdaderamente porteña” (Bs. As. Guía Turística, 1999: 84).

Por otra parte, se explica que si el tango ha llegado a convertirse en un baile mundialmente conocido ha sido porque fue “inmortalizado por Hollywood en 1930″ (Bs. As. and…, 2000: 215) o porque “su éxito en Europa le dio la credibilidad necesaria para que la aristocracia comenzara a considerarlo como un sello de la identidad nacional” (Trotamundos, 1998: 47). La construcción de la figura de Carlos Gardel procede de exacta manera: “Su fama fue esparcida por una serie de películas hechas desde 1929 hasta 1935 (…) Él es al tango lo que Frank Sinatra fue para la era de la música swing y las baladas” (Insight Guides, 1999: 163). Con lo cual nuevamente, habrá de suponerse que el sello de calidad viene siempre desde afuera. Y aún un producto sumamente local como el tango debe encontrarse legitimado por un paradigma europeizante.

Una última consideración sobre este asunto: no se habrá de ignorar que casi todas las guías explican que el tango no es actualmente tan escuchado o bailado como sí lo fue a principios de siglo XX, y que por lo general la gente más joven tiende a inclinarse por otros gustos musicales: “no es el idioma social de la juventud argentina, como sí lo fue en generaciones anteriores” (Insight Guides, 1999: 164); “tanto adultos como jóvenes muestran cierto desdén por el tango” (Time Out, 2001: 31). Sin embargo, esta circunstancia no obsta para seguir considerando al tango como la música porteña, ni tampoco para definir el “alma” de los habitantes de la ciudad. Quedaría expuesta una suerte de contradicción, que adquiere un matiz ideológico de consideración: los discursos necesitan mostrar (tanto a los fines de construir autenticidad como de hacer del destino algo “distinto”, con valor turístico) que el tango impregna la vida de los porteños, aún cuando se admite que no es la música que corrientemente éstos escuchan o consumen. ¿Resultaría interesante y a la vez “auténtico” que los porteños escucharan Madonna? ¿Cómo podría esto articularse con las representaciones sobre la ciudad? Como se ve, el tango necesita ser el símbolo musical distintivo de Buenos Aires, más allá de la situación por la que actualmente se encuentre atravesando.

De acá y de allá

Es muy importante, a los fines de describir los habitantes, señalar que todas las guías indican que los porteños son o bien inmigrantes (pocos) o bien hijos de inmigrantes (la mayor parte), e incluso se llega a decir que “la impresión que se tiene al leer la guía telefónica es la de estar leyendo la de un pueblo italiano” (Insight Guides, 2000: 169). Ahora bien, al parecer, esta supuesta “europeidad” de los porteños no se condiría con ciertos rasgos de su personalidad, de acuerdo con lo que se analizará a continuación.

Desde una perspectiva netamente romántica, los porteños son descriptos como italianos porque gritan, o como franceses porque gustan de la moda, etc. Para poner algunos ejemplos, se explica que “Mientras que prevalece la herencia cultural española, las influencias italianas abundan. Usted recordará escuchar los llantos y gritos quejosos en el español que hablan los porteños” (Insight Guides, 1999: 83); “En las calles de Buenos Aires, los habitantes del lugar no sonarán latinoamericanos. Su español es característico del Viejo Mundo, con inflexiones predominantemente italianas” (Bs. As. Guía Turística, 1999: 10); “La sociedad y la cultura que más admira la mujer porteña es la de Francia. Le gustan los films, la literatura e incluso el idioma de ese país. (…) Catherine Deneuve es acaso la porteña ideal.” (Insight Guides, 1999: 89).

Pero estas caracterizaciones intervienen únicamente para expresar rasgos tanto positivos como “románticos” o “pintorescos” de los porteños. Asimismo, el alto nivel cultural que de ellos se menciona, también tiene que ver con una herencia europea y una tradición estética occidental que los convierte en personas “sofisticadas, vanas, inteligentes” (idem: 79); “El estilo, el refinamiento, la arquitectura y la cultura de sucesivas generaciones de inmigrantes han dado forma a una ciudad, que es, en parte, cercana a muchas capitales europeas” (Time Out, 2001: 20); “El grupo literario Florida defendió sus formas cultas y refinadas, en gran parte importadas e influenciadas por Europa” (idem: 37); “Elegantes parejas en pieles y trajes confeccionados a medida van al teatro y luego beben expresos en los cafés de la esquina, rodeados de mostradores de caoba y mozos con esmoquin. Y sin embargo, la ciudad emite mucha cultura y color de Latinoamérica”? (Bs. As. Guía Turística, 1999: 10). En este último ejemplo, se debe hacer notar que el refinamiento corresponde a lo que en la ciudad hay de no-latinoamericano, ya que se necesita explicar que la sofisticación de los porteños se articula “sin embargo” con la cultura latinoamericana, lo cual está indicando a todas luces que América Latina no es de ningún modo refinada.

Pero por otro lado, los capitalinos son mentirosos, corruptos, holgazanes o irresponsables: “Las leyes de tránsito y los límites de velocidad son ignorados de manera rutinaria” (Bs. As. Guía Turística, 1999: 113); “existe un decaimiento moral y económico” (Time Out, 2001: 21); “la corrupción está ampliamente expandida y es endémica” (idem: 24); “es el ocio, no el trabajo, lo que define al porteño (…) El trabajo continúa siendo un asunto espinoso para la mayoría de los porteños” (Insight Guides, 1999: 83); “la corrupción es rampante” (Argentina…, 2002: 163).

Sin embargo, aquí las referencias a los antepasados europeos y sus tradiciones se mantienen al margen, no intervienen en absoluto. Si cuando las descripciones hablan de rasgos positivamente valorados pareciera que se tratara de europeos directamente –“son europeos latinoamericanos” (Bs. As. Guía Turística, 1999: 12); “la población es casi exclusivamente de origen europeo” (South American Handbook, 1993: 55)–, en cambio esto desaparece cuando se entra en el terreno de las descripciones menos favorables, e incluso avergonzantes a los ojos de la mayoría de los discursos.

Es notable este vaivén constante entre una europeidad (a veces descripta como heredada, y otras como constitutiva), y unos modos y haceres que se muestran como específicamente argentinos. Dos de las guías mencionan chistes similares para describir a los porteños: “Los mexicanos descendieron de los aztecas. Los peruanos descendieron de los incas. Los argentinos descendieron de los barcos.” (Bs. As. Guía Turística, 1999: 20). El otro consiste en decir que “los porteños son españoles que hablan como italianos, se visten como franceses y creen que son ingleses” (Insight Guides, 2001: 79). Semejantes afirmaciones estarían dando cuenta de que los porteños no son sino europeos inmigrantes que por lo tanto no cuentan con antepasados en su propio suelo. Son en realidad extranjeros, no son latinoamericanos ni propiamente “argentinos”.

Pero esta manera esquemática de ofrecer el panorama no deja de estallar por todos sus flancos. Como se ha dicho, las características negativamente valoradas no corresponden con la supuesta europeidad que las guías insisten en marcar. Y entonces, llegados a cierto punto los discursos necesitan alejarse de tales supuestos. Entonces, se puede citar, como ejemplo acaso, el comentario de la guía Insight Guide, que afirma que los habitantes de Buenos Aires “a pesar de sus incuestionables vínculos con Europa, son sorpresivamente irreverentes hacia los grandes grupos étnicos del Viejo Mundo. (…) Las bromas étnicas reflejan un resentimiento hacia los inmigrantes trabajadores por su más elevada ética del trabajo” (Insight Guides, 1999: 84).

Describirlos como europeos a la vez que diferentes de ellos constituye claramente una operación ideológica, una maniobra discursiva que consigue polarizar dos posiciones: por un lado, lo europeo como patrón de calidad, ética, esfuerzo, cultura, refinamiento. Por el otro, lo propiamente porteño (o argentino, en ocasiones) representando la holgazanería, la irreverencia, las conductas delictivas, etc.

Así, cabe preguntarse lo siguiente: si los habitantes son inmigrantes europeos, ¿por qué entonces las conductas visiblemente negativas son caracterizadas como esencialmente argentinas? ¿En base a qué justificación es esto así? ¿Y por qué de repente se hacen presentes el resentimiento y actitudes de irreverencia? Analizado de cerca, entonces, la tensión se hace manifiesta y la identidad del porteño queda atrapada en esta operación.

a) Herencias que no compatibilizan
Tal como pasaba respecto de la ciudad, tampoco se sabe con certeza quiénes son realmente los porteños, por más que se los defina como “culturalmente homogéneos”? (Insight Guides, 1999: 80) y “con gustos homogéneos y definidos” (idem). En este punto es importante recordar la advertencia acerca de los riesgos de considerar a los grupos como objetivos, dados de una vez y para siempre. Tal como ha sido explicado con anterioridad, esto supone procesos de deshistorización que desatienden las particularidades de cada cultura, cuando en realidad las transformaciones constantes e históricas son inherentes a los procesos sociales, y por ende a los culturales.

Llegados a este punto conviene hacer notar que la relación entre pasado y presente es constante. Algunos rasgos de los porteños se explican merced a su historia, y la “porteñidad” parece ser el resultado de una larga evolución histórica. De modo que, si Buenos Aires se convirtió en una gran ciudad “gracias al contrabando”? (Bs. As. Guía Turística, 1999: 32), ello explica por qué los actuales habitantes pueden ser hoy descriptos como corruptos: “los porteños desarrollaron un arte para eludir las reglas y las regulaciones que continúa hasta el presente” (Insight Guides, 1999: 31).

Lo mismo ocurre cuando se habla –al mejor estilo Sarmientista– de los gauchos, de sus prácticas incivilizadas, salvajes, violentas y anarquistas. Los gauchos son descriptos como “rudos, toscos”? (Bs. As. Guía Turística, 1999: 7) o bien como “salvajes e incultos vagabundos. Tenían mucho tiempo extra en sus manos, la mayoría del cual era usado para tomar y apostar” (Insight Guides, 1999: 93).

Así pues, el estilo de vida violento del gaucho se traslada al presente sin mayores inconvenientes y parece funcionar para describir a los habitantes de la ciudad, quienes continúan con la tradición, por ejemplo, de “crucificar las vacas y aprovechar todo el animal, tal como los gauchos” (Time Out, 2001: 117). O, “los porteños asimilaron sus tradiciones culinarias de los gauchos de las pampas, que comían la carne de vaca todo el tiempo” (Bs. As. Guía Turística, 1999: 95); “mucho de esto continúa en la cultura argentina de hoy” (Insight Guides, 1999: 98). La ecuación, en este caso explícita, es: “el gaucho es, (…) en resumen, un argentino” (Bs. As. and…, 2000: 50).

Continuando con esta línea, por ejemplo, Buenos Aires Guía Turística aclara acerca del pato –el deporte-: “Autóctono de la Argentina, con sus orígenes entre las personas y los gauchos del siglo XVIII” (Bs. As. Guía Turística, 1999: 92). Es decir, el gaucho no asciende a categoría de persona, y tampoco posee una cultura propia, sino una “subcultura” (Insight Guides, 1999: 93). Esto es importante de recalcar puesto que como se ha dicho, la historia se hace presente para describir algunas características de la actual población capitalina, y las referencias a los gauchos son constantes y explícitas.

Ocurre algo similar cuando se hace alusión a los indígenas que habitaban el territorio antes de la primera fundación, en 1536, de la ciudad. Algunas guías los describen como “locales poco amigables”? (Argentina…, 2002: 114); “tribus nómadas y guerreras, aunque no tan avanzadas como los incas o los aztecas”? (Bs. As. Guía Turística, 1999: 15). También se recurre a la narrativización como modo de introducir descripciones que configuran identidades: “[Solís] fue atacado por los indios, luego muerto y devorado a la vista de la tripulación que aún quedaba viva en el barco” (Time Out, 2001: 6); “Schmidl recuerda que tres españoles robaron un caballo y luego admitieron bajo tortura habérselo comido. Los ladrones fueron colgados en la plaza principal. A la mañana siguiente, se encontró que los porteños habían sacado la carne de los muslos de los ladrones y la habían llevado a sus casas para devorarla” (Insight Guides, 1999: 27). Esta anécdota no constituye un dato menor, y se relaciona de modo contundente con características que pronto serán analizadas. Lo que interesa indicar por el momento es que los indígenas son ya porteños, y por otro lado, que son quienes devoraron la carne de los ladrones.

De este modo, tenemos un esquema que por un lado describe a los porteños-europeos como refinados, cultos e inteligentes. Por el otro, los porteños-“porteños”, dueños de una serie de características valoradas de un modo negativo y que encuentran su justificación (a veces simultáneamente; otras, por separado) en las actitudes de:
a) los indígenas, habitantes de la ciudad cuando ésta fue fundada (Siglo XVI)
b) los gauchos
Así, el recurso es doble: por un lado, los primeros habitantes de las tierras, los aborígenes, aún no puestos en contacto con la cultura de los conquistadores. Por el otro, ya más cercano en el tiempo, la figura del gaucho que, lejos de ser descripta desde una perspectiva romántica, es demonizada y degradada hasta el punto de hacerlo parecer un animal.

HABITANTES INMIGRANTES
SIGLO XVI EUROPEOS
(indígenas con descrei- (cultura, civilidad,
miento hacia la ley, poco refinamiento,
amigables, canibalismo) inteligencia)

GAUCHOS
(prácticas incivilizadas,
salvajismo, subcultura,
violencia)

La identidad del porteño queda configurada en base a esta tensión, esta mezcla. El esquema es casi idéntico al que se describió funcionaba para la ciudad, pero en este caso se agregan más elementos que entran en la articulación.

Una vez que se logran articular estas variables, el esquema funciona y puede articularse sin inconvenientes dentro de los discursos.

Dime qué comes y te diré quién eres

Absolutamente todas las guías hacen referencia a la alimentación de los capitalinos. Y todas confluyen en destacar la primacía que la carne y sus productos tienen por sobre los demás alimentos.

Aparece nuevamente el tema de la relación entre la carne y los habitantes, sobre el cual algo se dijo ya en el capítulo 1 (la sangre animal expuesta en el color de la Casa de Gobierno, las referencias a saladeros, a un violento tiempo pasado). Aquí servirá para tratar de entender cómo se relaciona la alimentación con el carácter de los porteños. Consecuentemente, resulta un tema crucial para construir la identidad de un “otro” diferente a un “nosotros”.

En primer lugar, se debe hacer notar, tal como se anticipara, que la práctica de comer carne resulta de algún modo extraña, difícil de comprender. Y paralelamente, el modo en que se come en Buenos Aires (tanto por los cortes como por el modo de cocción) difiere de lo que para las guías es “normal”. Para citar dos ejemplos, la guía Trotamundos (una de las únicas dos que está redactada en español) necesita explicar qué cortes argentinos se relacionan con cuáles españoles, y así va indicándose casi indefinidamente que “un bife es un bistec (…) un bife de costilla tiene hueso, forma como de ‘T’ y corresponde a la parte más fina del lomo” (Trotamundos, 1998: 12). Otra de las guías, esta vez escrita en idioma inglés, apunta que “[los porteños] no distinguen entre sirloin, porterhouse y club steak, prime rib y short ribs como sí lo hacen los carniceros estadounidenses.”? (Insight Guides, 1999: 130). En este caso particular se hace más explícito acaso, pero se debe advertir que la descripción pasa por lo que “no” conocen los porteños, en vez de mencionar qué cortes son los tradicionales. Se ve entonces cómo, a través de la diferencia, la identidad del porteño comienza a delimitarse, distinguiéndose de ese “nosotros” en el que las guías se ubican. Una vez más, tal operación supone la intervención de patrones etnocéntricos valorando culturas ajenas. Sobre esto se profundizará más adelante.

En segundo lugar, comer carne constituye una práctica que se halla en disonancia con el horizonte de lo “moderno”. Time Out indica que “Incluso en un lugar ‘ultra-hip’ como ‘Central’, los dueños han instalado una parrilla en el jardín para satisfacer a quienes quieren algo de rudeza durante una suave noche” (Time Out, 2001: 117); “los porteños tienen un paladar conservador” (idem: 113); “[Buenos Aires] es un lugar bastante impenetrable para alguien con apetito por la diversidad” (idem); “la comida argentina no es la más innovadora del mundo” (Argentina and…, 2002: 143). Debemos entender entonces, que lo ultramoderno colisiona con la idea misma de la carne, y que ésta remite a tosquedad y carencia de distinción, cualidades que sí esperan de restaurantes modernos (modernidad, claro está, entendida bajo parámetros europeos o norteamericanos) o “de moda”. Todo esto, recordemos, se relaciona también con el tema que acaba de abordarse respecto de los gauchos y sus tradiciones culinarias.

Y justamente, unido a esto, la carne expuesta, cruda, tirada sobre las brasas, resulta, a los ojos de los discursos, una práctica poco “evolucionada”?, violenta, ya que “dejando la sangre y el asesinato de lado, si se suprime de la dieta la sagrada vaca, se estaría quitando una economía entera (…) ninguna comida hecha con carne está exenta de cierta cuota de pecado” (Time Out, 2001: 116-117); “Es cierto que usted tendrá mayores opciones para alimentarse si come carne, aunque si en cambio prefiere continuar matando inocentes frutas y vegetales, hay gran variedad de pastas y ensaladas” (Argentina…, 2001: 142). Este chiste solapado que consiste en decir exactamente lo contrario de lo que se quiere transmitir tiene implicancias poco desdeñables: lo que en apariencia aparece como un signo distintivo de los porteños, el hecho de ser “carnívoros”, esconde en realidad una fortísima significación oculta. Lo exótico se cubre con el manto retórico de la benevolencia (las carnes son por lo general elogiadas por su escasa cantidad de grasa y por su ternura), tal como explica Mac Cannell: “La retórica tradicional de la hostilidad ha sido sustituida por la del aprecio, lo que ensancha de manera espectacular el campo de los potenciales explotadores” (Mac Cannell, 1998: 226).

Sin embargo, y a modo de ejemplo, las casas multinacionales de hamburguesas no encuadran dentro del grupo “comidas hechas con carne”? ya que si son mencionadas, es para indicar a los turistas que también se puede uno “sentir como en casa”? (Bs. As. and…, 2000: 139) en ellas, o que puede recurrir allí cuando “ya esté extrañando demasiado”? (idem: 101).

a) No podría ser de otro modo

Time Out dedica un apartado especial a la práctica de comer carne de los porteños, y lo titula, en inglés, como “Meat your destiny”?. Se trata de un juego de palabras que se intentará explicar así: fonéticamente, “meat”? (carne) y “meet”? (encontrar) son casi idénticas. A eso se le agrega “your destiny”?, o sea “tu destino”?. En consecuencia, la frase a la que se alude es: encuentre su destino. Pero como se ha dicho, “meet”? se reemplaza por “meat”?, con lo cual, literalmente, la oración carece de sentido: “carne – su destino”?. Sin embargo, la connotación es fortísima y bien ilustrativa para lo que aquí se intenta analizar. La carne, por un lado, será entonces una constante para los porteños, como si estuvieran signados a ser carnívoros, como si el pasado arrastrara una pesada carga hacia el presente, y que, como el destino mismo, es algo predestinado, inmodificable, indiscutible. El destino de Buenos Aires es la carne, es algo de lo que no puede librarse, es una característica constitutiva de ella, y que, metonímicamente, define también a quienes en ella viven.

b) Muerte, violencia y sexo

Retomando el hecho de explicar en detalle qué cortes se corresponden con los ya conocidos, se descubre aquí una intención casi de advertencia hacia los turistas, de modo de que ingieran cortes familiares, conocidos. Todos aquellos que no aparecieran clasificados de tal modo se tornarían sospechosos, y eventualmente se aconsejaría no probarlos. Esta advertencia o descripción es de gran importancia en lo que hace a la construcción de la identidad.
Como se ha dicho, los animales a ingerir tienden a ser humanizados, de modo que los cortes que de ellos se hagan se corresponden con partes iguales o similares en el cuerpo humano. Y es por esto mismo que las tripas y los órganos internos tienen menor valor monetario y mayor valor simbólico. Consecuentemente, el hecho de aprovechar todo el animal estaría indicando que se trataría de una práctica que toca de cerca al canibalismo: “el bife de chorizo puede estar muy cocido por fuera, pero adentro se mantiene tan sangrientamente crudo que casi se le podría sentir el pulso”? (Time Out, 2001: 116).

Una vez más, el eje carne – muerte – violencia aparece nítidamente y articulado en las descripciones tanto de la ciudad como también de los habitantes y de su estilo de vida: “Los argentinos son carnívoros de una manera en que no lo habrá visto antes. Se dan grandes comilonas con pedazos de carne en platos llenos e, increíblemente, tienden a terminarlos”? (Bs. As. Guía Turística, 1999: 95) y “arrasan con la carne roja y botellas de vino tinto cuales hordas medievales”? (idem: 13). Similarmente, la guía Time Out explica que “la carne constituye un intercambio casi erótico entre la carne y la sangre”? (Time Out, 2001: 117).

Así pues, la carne remite no sólo a la violencia y a la muerte, sino también al sexo. Y se ve esto claramente cuando se indica que “desde las parrillas hasta las mujeres en minifalda”? (Time Out, 2001: 117) hacen de la carne un tema central para describir Buenos Aires. También, cuando se describe a la “Zona Roja”? como “un exclusivo mercado de carne travesti”? (idem: 100). Y que el tema que obsesiona a los porteños “más aún que el fútbol”?, (Insight Guides, 1999: 81) es el sexo. Esto no deja de estar relacionado con lo siguiente: el referirse a la carne tanto como alimento como en tanto “cuerpo humano”?, se encuentra también en estrecha ligazón con la utilización de un dispositivo retórico de animalización que suele aparecer en los discursos.

No es de extrañar encontrarse con descripciones que remitan a una supuesta “naturaleza animal”? de los porteños. Las ya mencionadas acerca de cómo comen (son carnívoros, arrasan cuales hordas medievales, crucifican a los animales, etc) dan cuenta de un carácter primitivo, animal de los habitantes de la ciudad. Es acaso por esta razón que también son descriptos como “apasionados”?, “de fuerte temperamento“, “gritones”? (Insight Guides, 1999: 79).
Esta animalización puede ser rastreada casi como una constante, y refiriéndose a distintos temas, tales como las costumbres –los porteños son como “gatos”? pues les gusta la noche (idem: 81)–, la música –el tango es descripto como una danza animalizada, en tanto constituye una “danza ritual”? en la cual intervienen una “víctima”? y un “cazador”? (Bs. As. and…, 2000: 215)–.

Los habitantes y la ciudad

Este apartado se relaciona en todos sus puntos con el capítulo 1; por eso se intentará analizar las descripciones que se hacen de los porteños antes que de la fisonomía del lugar, con la cual, al parecer, se encuentran formando parte de una simbiótica relación.

a) Tomar un café, leer un libro y salir a protestar
Los bares y cafés cobran gran importancia en la fisonomía de la ciudad. Incluso se habla de una “cultura del café”? (Bs. As. Guía Turística, 1999: 86). El paisaje capitalino parece estar invadido por este tipo de establecimientos, lo cual sirve para explicar el hecho de que los porteños siempre están en allí charlando, leyendo o descansando: “un café o coñac en la confitería favorita es un ritual estandarizado”? (Insight Guides, 1999: 133);“una visita diaria a un café es un ritual respetado aquí; los locuaces porteños aman pasar sus lánguidas mañanas y sus noches tardías en el café del barrio”? (Bs. As. Guía Turística, 1999: 85-86).

De acuerdo con la mayoría de las guías, los bares también funcionan como sitios en donde se discute de política y economía: “[en los cafés] los porteños pasan horas resolviendo sus propios problemas, los del país y del resto del mundo”? (Argentina…, 2002: 148), “día y noche, los cafés están llenos de mujeres hablando sobre cine, política y ropa”? (Insight Guides, 1999: 89); “la vida social, económica y cultural de Buenos Aires se centra en torno a los cafés”? (idem: 133). Al mismo tiempo, esta práctica resulta curiosa para los discursos, por considerar que no enmarca dentro de los “tiempos modernos”?, que corresponde a una actitud de otras épocas, de un tiempo pasado: “el café se sirve como en los viejos tiempos”? (Bs. As. Guía Turística, 1999: 86); “es un viaje al pasado (…) elección de los intelectuales, artistas e izquierdistas que debatían cultura y política”? (idem: 87); “los izquierdistas solían juntarse en estos lugares para hablar sobre la revolución y el rock and roll”? (Time Out, 2001, 72).

Paralelamente, las guías llaman la atención sobre la calle Corrientes y las librerías que la recorren. Aquí la imagen de los porteños es descripta románticamente, sobre todo cuando se explica que los capitalinos “leen en bares, parques, y en el subte y los colectivos”? (Time Out, 2001: 36) o que “van a las librerías en busca de algún tesoro o el último best-seller. Otros las usan como lugares para conocer gente (…) Incluso hay porteños que afirman haber leído libros enteros durante sucesivas visitas a las librerías”? (Insight Guides, 1999: 123-124). Sin dudas es ésta una visión absolutamente estereotipada y ciertamente acotada respecto de las prácticas de los hombres de la ciudad. Esta característica, que pareciera estar valorada de un modo positivo, sin embargo es ambivalentemente considerada, ya que tales prácticas, al parecer, (y tal como acaba de explicarse sucede con el tema de los bares) se condicen con otros períodos que no son los actuales, con los años ’60 ó ’70, y propias de “los vociferantes intelectuales e izquierdistas de ayer”? (Bs. As. Guía Turística, 1999: 37).

No es menor esta observación: da por sentado que tanto los intelectuales como los izquierdistas pertenecen al pasado, no tienen lugar en los tiempos que corren. Por eso como se mencionó en el capítulo 1, si es que aún existen intelectuales o izquierdistas, viven en la zona sur de la ciudad, la zona de las ruinas, del pasado expuesto, de los fantasmas que aparecen con la noche.

Asimismo, se construye la figura del porteño-tipo como alguien que no trabaja demasiado –que si lo hace es para subsistir, nunca por una cuestión que comprometa la dignidad, o el esfuerzo: “el trabajo es considerado más como un medio de subsistencia que como una fuente de crecimiento personal”? (Insight Guides, 1999: 83)–; y que carece de todo sentido de responsabilidad. La cuestión del desempleo, por ejemplo, no es mencionada por ninguna de las siete guías.

También se endilga a los habitantes de Buenos Aires el protestar por cualquier cosa, aunque casi nunca se sepa bien por qué: “Si pasa algún tiempo en Buenos Aires, casi seguro se topará con alguna protesta por una cosa u otra (…) el único problema que el visitante podrá llegar a encontrar es que le resultará difícil descifrar quién está protestando y por qué”? (Insight Guides, 1999: 22); “los porteños pueden encontrar excusas para protestar o celebrar por cualquier cosa”? (Time Out, 2001, 176); “Buenos Aires es aún una ciudad en donde en los restaurantes y los conductores de taxis se quejan diciendo que nadie alcanza el fin de mes sin que se acabe el dinero”? (Bs. As. Guía Turística, 1999: 12); “la capacidad de los porteños de hablar sobre la penosa mano que les da la vida no tiene rivales”? (Insight Guides, 1999: 80). Y esta característica se articula con lo dicho recientemente: el porteño no trabaja, pero se dedica a protestar y manifestarse, sean los motivos que fueran.

b) La tensión antiguo-moderno
“Aunque Buenos Aires tenga bancos, fábricas, subtes y una estación telegráfica, muchos de los hábitos de los porteños no han cambiado desde los días anteriores a la independencia. Aún toman largas siestas luego de gigantes almuerzos de carne grillada con un poco de alcohol, toman mate, van a misa y conservan fuertes lazos familiares”? (idem: 41); “Los restaurantes más viejos de Buenos Aires perdieron el hilo: la comida está sobrecocida, los vegetales se sirven solos, y las salsas carecen de imaginación”? (Time Out, 2001, 113). Retomando cuestiones expresadas con anterioridad, podemos entonces advertir que el eje constituido por la tensión entre lo antiguo y lo moderno es llamativa. En las descripciones de la ciudad también ocurría, y el patrón se traslada casi idéntico para describir a los porteños. Dentro de los supuestos que configurarían el grupo de “lo moderno”? no entraría, como se ha observado, la práctica de discutir política en los bares, la de quedarse leyendo en las librerías, la de hacer manifestaciones, el comer carne, tomar mate, dormir la siesta, el tango, la melancolía… En contraposición, habría que ir deduciendo entonces qué es lo que sí parecería incluir el conjunto “moderno”?. Así, se puede conjeturar que lo es, por ejemplo, el hecho de no tener tiempo para tomar cafés, dormirse temprano, escuchar música extranjera, ser vegetariano –“los vegetarianos pasan aún tiempos difíciles en Buenos Aires. Llevará un buen tiempo al tofu penetrar en esta carnívora cultura”? (Time Out, 2001, 113)-, ser desprejuiciado, liberal o progresista: “la porteña ha superado los anticuados prejuicios y vive más al estilo de una mujer europea o americana. Es posible decir que es una mujer liberal”? (Insight Guides,1999: 88).

Sin embargo, también se pueden hallar contradicciones entre estas afirmaciones. A pesar de caracterizar a los porteños como conservadores, aparecen frases como “Los bares argentinos son un calidoscopio de excentricidades (…) en los cuales puede verse a los hombres bebiendo daikiris color rosa”? (Time Out, 2001 147). O también, cuando se aclara con sorpresa que “los varones argentinos son físicamente demostrativos; se tocan y se besan frecuentemente en las mejillas. Es común que las mujeres porteñas se paseen de la mano”? (Bs. As. Guía Turística, 1999: 128).

c) Un esquema ya conocido
Paralelamente, es dable pensar que en los discursos funciona un mecanismo que consiste en trasponer o desplazar casi automáticamente características de la ciudad hacia los caracteres de sus habitantes, y viceversa. Es decir, si la ciudad es gris y melancólica, vieja, descuidada, también lo son sus habitantes, quienes también son descriptos como extemporáneos –“los porteños tienen un errático sentido del tiempo”? (Time Out, 2001: 155)-, viviendo una realidad ajena al mundo –justamente, si se recuerda que es la ciudad que no mira a Europa porque está de espaldas al río, que se resume en “ese sentimiento de lejanía y aislamiento de una nación al sur del mundo”? (idem: 87)-.
Y ocurre exactamente lo mismo con las divisiones entre lo “lindo”? y lo “feo”?. Se ha dicho que los barrios del sur de la ciudad sólo son mencionados en virtud de su supuesto interés histórico, y que el norte representa la “civilidad”? y remite a lo europeo. En el caso de los habitantes ocurre algo similar. La “gente linda”? se encuentra en Recoleta y los barrios aledaños: “la linda gente de Recoleta supera en gran medida la cantidad de monjes que dieron al lugar su nombre”? (Bs. As. and…, 2000: 149), “[Buenos Aires News] atrae a la élite y la gente bonita”? (Bs. As. Guía Turística, 1999: 88); “alrededor de medianoche, cuando la gente linda empieza a salir”? (Bs. As. and…, 2000: 225), mientras que los barrios sureños están habitados por “los habitantes de las villas, inmigrantes de países vecinos, mozos, mucamas y obreros”? (Insight Guides, 1999: 84). Por ello, “usted encontrará más linyeras y vagabundos que banqueros”? (Time Out, 2001: 76).

Bajo el título “La orgullosa ciudad de clase media”?, Insight Guides manifiesta que la arrogancia de los argentinos es pocas veces tolerada por los extranjeros. Para ilustrar tal afirmación, ejemplifica con el siguiente comentario: “un mozo podrá ganar no mucho más que la cuenta que les acerca a un grupo de comensales; sin embargo, espera que éstos lo traten con respeto”? (Insight Guides, 1999: 84). A continuación se explica que casi todos los trabajadores pertenecen a sindicatos, e incluso los colectiveros tienen el atrevimiento de considerarse como clase media, “un status impensable para sus colegas de otros países”? (idem).

Tomando pues lo que está escrito, podemos suponer varias cosas: en primer lugar, que constituye una suerte de osadía que los mozos exijan ser respetuosamente (¿como personas?); en segundo lugar, que el respeto está en relación con la capacidad adquisitiva de los individuos (así, el mozo merecería más respeto si ganara más que la cuenta que presenta a los clientes). En tercer término, que esta actitud de los mozos es irreverente, arrogante, altiva. Del mismo modo, al parecer también lo es el hecho de que los colectiveros puedan considerarse clase media. Tomado esto en su conjunto, es lo que se muestra como intolerable para alguien que viene del exterior, ese alguien que justamente se construye a sí mismo como desprejuiciado y liberal.

El rol de las guías

Entendiendo que el turismo como actividad económica muestra lugares y personas como objetos para ser intercambiados, los habitantes de la ciudad se cosifican en tanto se convierten en meros objetos de atracción turística. La construcción de autenticidad requiere entonces como condición que el recorte sea limitado, acotado, nítidamente definido.

Semejante reificación llega, en algunos casos, a ser explícita: “los porteños funcionan con muy pocas horas de sueño”? (Bs. As. and…, 2000: 211); “un viejo dúo (…) baila intensamente. Unos pocos centavos lograrán que continúe”? (idem: 168). En estos dos sencillos ejemplos, la figura del porteño es asemejada a la de un objeto o atracción para mostrar, algo que está allí para ser visto, consumido, examinado. En sintonía con esto, las representaciones e imágenes que se construyen de los habitantes (en tanto productos, objetos turísticos) aparecen descontextualizadas, aisladas, atomizadas unas de otras.

Lo que hacen las descripciones no es sino suministrar ideología, fijar el significado, como dice Hall (Hall, 1981: 385). Las clasificaciones, esquemas perceptivos y valorativos que se ponen en juego dan cuenta de los imaginarios sociales con los que se designa a los “otros”?, en este caso, los porteños. La distancia y el extrañamiento hacia lo distinto no juegan un rol menor, y menos aún cuando se trata de la actividad turística, cuyo objetivo es hacer “deseable”? un producto, un destino. Y para que ello ocurra, los principios y preceptos que figuren deberán ser fácilmente articulables con los valores y principios de quienes consuman los discursos. Como mejor lo explica Can-Seng Ooi: “los valores universales de los productos darán satisfacción al consumidor”? (Ooi, 2002: 5).
Es por esto que cada afirmación necesita estar justificada mediante la comparación y/o la analogía. Lo “otro”? (los otros) se explica merced a este mecanismo, que hace intervenir justamente un rico material de sentido común e imaginarios sociales que se articulan de modos diversos, se combinan de infinitas formas y dan como resultado un corpus de creencias, preceptos y valores en base a los cuales surgen luego las representaciones.

Podríamos decir, así, que las descripciones se alzan con un poder que les es propio, persuaden, desalientan, convencen o fomentan ciertas prácticas y no otras. Y bajo exactos parámetros describen y valoran culturas ajenas.
Como el borgeano personaje de “Las ruinas circulares”?, las guías imaginan un porteño y le dan vida. El porteño queda expuesto en su porteñidad más íntima, queda indefenso ante la fuerza imponente de los discursos, que desde su banquillo de poder eligen qué rasgos resaltar y cuáles omitir. Queda claro que la figura del porteño es diferente, es insondable para el extranjero, es misteriosa e indescifrable. Esto mismo es lo que los discursos intentan transmitir, a fin de ubicarse ellos mismos en ese pequeño escaparate de poder que es el que confiere el “contar”? y el “describir”?.

Al respecto, Grimson reconoce que existe cierta tendencia a transformar patrones culturales en estereotipos, y ejemplifica con lo siguiente: “Una frase como ‘los argentinos besan de tal o cual manera’, tiene, al menos, dos problemas. El primero es que presupone una identidad entre la cultura y la nacionalidad, sentido común muy extendido pero falaz. (…) El segundo problema es que las culturas cambian a lo largo de la historia”? (Grimson, 2000: 89-90).

Conclusiones

Lo interesante de observar en las guías se refiere justamente a los puntos recién mencionados. Por un lado, una tensión permanente entre culturas distintas que se encuentran; por el otro, las descripciones caen inevitablemente en la deshistorización como forma principal de proceder. Por otra parte, esta concepción de los habitantes capitalinos como un grupo homogéneo implica asimismo la construcción de estereotipos. Sin embargo, esta óptica obstaculiza la comprensión del tema desde una perspectiva más amplia: siguiendo nuevamente a Grimson, se podría afirmar junto con él que “la ‘cultura argentina’ (…) no constituye algo descriptible, relativamente fijo, caracterizable a través de un conjunto de elementos lingüísticos, musicales, gastronómicos”? (idem: 26).

La figura del porteño está valorada por lo general de un manera poco favorable, y las descripciones remiten sobre todo a “modos de ser”? y rasgos de carácter. También se vio que (desde una mirada absolutamente etnocéntrica), las características consideradas positivas son acreditadas siempre a la herencia extranjera de la población, mientras que las cualidades predominantemente negativas adjudicadas a los propios porteños. Así pues se advirtió, cómo la figura del porteño queda construida en medio de una tensión que remite por un lado a lo europeo y por otro lado a lo local (alusión a las figuras del gaucho y el indígena).

En sintonía con lo expuesto en el capítulo 1, los factores “muerte”? y “violencia”? vuelven a jugar un rol fundamental en lo que hace a la identidad de los porteños, aunque esta vez se vio cómo tales componentes se relacionan de fuerte modo con el tema del sexo. También en relación con lo analizado en el capítulo precedente, se evidencia cómo la tensión entre lo viejo y lo nuevo, lo moderno y lo atrasado, resulta ser una constante en las descripciones, por ejemplo, en relación al tema de la música, la alimentación y los hábitos locales.

Para finalizar, resulta importante mencionar que existe una objetivación en relación a la figura del porteño, en tanto éste es presentado como un producto intercambiable, como un bien mercantil a consumir.

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