Un par de décadas atrás, Michel De Certeau se preguntaba si la cultura popular existía por fuera del acto que la suprime. Durante siglos, las únicas formas de expresión que se permitieron a los sectores subalternos eran aquellas que eran explícitamente aprobadas por quienes se encontraban al mando de los gobiernos. Así, lo que conocemos como “literatura popular” o “arte popular” pasó por severas etapas de censura, y por lo general fue puesta al servicio de una estrategia particular de construcción de poder. Pero siempre quedaba una posibilidad, al menos mínima, de resistencia.

Una visita a Cusco puede darnos una interesante perspectiva sobre esta estrategia de buscar lo popular por detrás del arte autorizado oficialmente. La escuela cusqueña de los siglos XVI y XVII se destacó no sólo por su calidad sino también por la cantidad de mensajes particulares que colocaban en sus obras, muchas de ellas ni siquiera firmadas. Así, la Virgen María parecía un cerro, los cuadros rebosaban de soles y lunas, de espigas de maíz, y otros símbolos que remitían a las deidades que adoraban los incas. Desde ya, la Iglesia Católica en cierta medida toleró esto; la aparición de estas imágenes facilitaba el contacto de los nativos con la nueva religión, a la vez que les permitía a estos últimos seguir rindiendo culto a su viejo panteón.

Pero hay una obra muy interesante, probablemente la más famosa de la hermosa Catedral de Cusco. Se trata de una particular versión de La última cena, realizada por el pintor cusqueño Marcos Zapata.

La ultima cena incluyo un cuy

La pintura es muy particular, ya que en la mesa de la que comen Jesús y sus apóstoles hay un cuy, un animal típico de la sierra peruana, además de frutos como papayas y rocotos. Como verán, la historia biblíca era reinterpretada de una manera muy particular, para acercarla al contexto andino. Pero el detalle más controversial es el Judas de la pintura, que tiene, según las versiones de los guías de la catedral, la cara de Francisco Pizarro, el conquistador, porquero y asesino que tuvo a cargo la colonización del Perú.

De manera notable, Pizarro aparece entonces como un traidor -recuerden su estrategia para asesinar al emperador Inca- y para ello se le hace representar a una de las figuras más despreciadas de la religión católica, que era justamente la que profesaba, al menos en los papeles, el colonizador del Perú. No podemos dejar de preguntarnos como es que las autoridades eclesiásticas de ese entonces permitieron semejante representación. ¿No se dieron cuenta? ¿Más bien se dieron cuenta pero también percibieron que esa representación atraería a los fieles de la zona? Estos interrogantes son interesantes, sobre todo a la luz de la escasa tolerancia que la iglesia católica ha tenido con las opiniones que no coincidían con su forma de ver el mundo.

Y aquí podemos retomar la preguntar de de Certeau. ¿Cómo leer esta pintura? ¿Como una expresión política anclada en la cultura popular? ¿Como una estrategia de resistencia particular, que a la vez se relacionaba estrechamente con la política evangelizadora de la iglesia católica? Si lo popular no puede ser leído, sobre todo en los siglos que van del X al XIX, por fuera de las obras permitidas por los sectores poderosos, no queda otra táctica que buscar encontrar la explicación en los delicados equilibrios políticos que exigen el ejercicio de ciertos disensos -la resistencia de los subalternos- como forma de legitimar el ejercicio del poder por parte de ciertas clases. Leer la cultura popular, entonces, exige también analizar a la cultura de las clases dominantes.

Por cierto, a pesar de una búsqueda bastante intensa en Internet, no logré encontrar una reproducción de mayor calidad de “La última cena” de Marcos Zapata, ni siquiera en páginas que describen con mucho detalla a la catedra de . Si alguien conoce de una versión de mejor calidad, en donde se aprecien mejor los detalles de la obra, puede dejar el enlace en los comentarios.

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