Como cualquier campo social o económico altamente formalizado, el sector del turismo tiene claras indicaciones acerca de que tipo de lugares de una ciudad pueden resultar de interés para los turistas. Esta turistificación de algunas zonas urbanas o de un país no son una mera conclusión obvia de lindos paisajes, eventos históticos relevantes o buena ubicación; más bien, resultan de un largo proceso de inversión de capitales -económicos pero también de otros recursos sociales- a través de los cuales por un lado los significados se estabilizan -así, lo turístico se limita a una cantidad limitada de destinos- y a la vez se convierten en verdaderos monopolios de sentido.

En la práctica, la formalización de ciertos lugares de la ciudad como turísticos se puede ver de una manera muy sencilla: piensen lo que les pasa cuando les cae un visitante de otro país y les pide que lo lleven a pasear a los lugares más significativos de la ciudad. Como nativo, se presupone que contamos con mejor información que cualquier turista. Pero cuando uno revisa mentalmente -y en la práctica- el recorrido propuesto, encontrará que éste se parece mucho al que aparece en las guías de viaje. Esto no es sorpresivo: como campo relativamente estable, el mercado turístico contiene muchas representaciones que son compartidas por nativos y turistas; en este caso, cuales son los lugares que vale la pena visitar como turista. Finalmente, terminaremos llevando a nuestro visitante a los lugares de siempre. Si es Buenos Aires, iremos a la calle Florida, La Boca, la calle Murillo -para comprar cueros-, Puerto Madero, San Telmo, y la cuenta no se extiende mucho más.

También se puede pensar este mismo tema desde otro lugar: ¿cómo logran ciertos lugares de la ciudad, antes no turísticos, meterse en este mercado? Por lo general, la propuesta no es demasiado novedosa, y más bien depende de encontrar el famoso atributo diferenciador del marketing. Un ejemplo interesante en mi ciudad es el barrio de Abasto, que está logrando posicionarse entre los destinos turísticos de Buenos Aires a partir de publicitarse como el barrio donde vivió Carlos Gardel. Por supuesto, hay una esquina que lleva su nombre, un monumento, una calle con mucha venta de artesanías, y un shopping para que los turistas puedan salir de compras. La propuesta dista de ser muy innovadora, pero alcanza para situar a Abasto en la competencia por el verdadero lugar del tango en la ciudad del tango, un título por el cual tiene que competir con Caminito -La Boca-, San Telmo y Boedo -específicamente, la esquina de San Juan y Boedo.

Como verán, el campo turístico no es estático, ya que es posible introducir nuevos lugares y destinos dentro de la oferta de lo que hay que ver. Pero esos cambios se dan sólo tras largos procesos de inversión de capitales específicos, a través de los cuales, por ejemplo, ciertas zonas de la ciudad terminan beneficiándose de la inversión pública, que es pagada por todos, para tomar ventajas en términos económicos y sociales. Al fin y al cabo, una vez que se ha conseguido situar a una zona dentro del mapa turístico, se podrán exigir otras cosas: mayor seguridad, obras de infraestructura para que los turistas vean con mejores ojos a la zona, y eventualmente alguna forma de cambio en el status de construcción, que permita una explotación comercial más abierta e intensiva. Pero esto no es algo privativo del campo turístico; en cualquier otro campo, quienes más capital simbólico han acumulado están en condiciones de exigir más. Lo cual, claro, no deja de ser una conclusión bastante evidente para cualquier lector familiarizado con la obra de Pierre Bourdieu.

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