La semana pasada le dediqué una entrada al tema del Ground Zero -el lugar donde estuvieron emplazadas las Torres Gemelas de New York- y cómo ese lugar, donde ahora no hay nada, podía turistificarse de las maneras usuales. O sea, la tragedia podía representarse mediante los dispositivos habituales del campo turístico: remeras, souvenirs, llaveros, y cualquier tipo de recuerdos.

Mi pregunta hoy gira más bien alrededor de una pregunta: ¿qué es lo que nos lleva a comprar, adquirir, souvenirs y recuerdos? Algunas explicaciones son sencillas: se trata ante todo de la confirmación de que hemos estado allí. En ese sentido, el souvenir tiene un status similar al de la foto: demostrar nuestra presencia en un lugar relevante, que merecía la pena ser visitado.

Pero a la vez, sería muy limitado creer que todo se trata de tan sólo una confirmación. ¿Qué es lo que nos lleva a adquirir souvenirs que sabemos claramente que no representan más que una visión estereotipada del lugar que visitamos? ¿Por qué compramos Tumis destapadores de botellas, amuletos de la suerte, y cosas que ninguno de nosotros es capaz de tomar en serio? Aquí también hay algunas explicaciones usuales en el entorno académico: el famoso posturista, que es capaz de tomar distancia de sí mismo, de burlarse de su papel y de reconocer que lo que quieren venderle los nativos no es más que un espectáculo, una puesta en escena que pretende ser auténtica, pero que es más atractiva cuanto más burda es. Sigo teniendo mis dudas con esta imagen del turista. De la misma manera en que jamás acepté la otra imagen, la despectiva, tampoco tengo tan claro que el turista sea casi un etnógrafo desencantado, que se divierte en su mirada cínica, y que puede coleccionar souvenirs de la misma forma en que lo haría con los muñequitos de los chocolatines Jack o las figuritas de las papas fritas.

No deja de ser chocante que incluso el dolor, la tragedia, pueda estetizarse de las maneras más convencionales. Allí donde hubo sangre, dolor, hoy puede haber souvenirs estandarizados fabricados en masa. En el caso del Ground Zero, incluso la presencia de los vendedores ambulantes puede llamar a explicaciones conflictivas, aunque todas basadas en el sentido común: desde aquellos que condenan su presencia como “representantes del capitalismo más rapaz” hasta aquellos que justifican su presencia en tanto “entrepreneurs”, en teoría representantes del modo de vida estadounidense.

Y ya hemos visto que otros lugares trágicos se pueden convertir en representaciones bastante banalizadas de los conflictos que alguna vez sucedieron allí. Como el caso del Che Tourism que comentamos en esta y esta entrada. O la turistificación del zapatismo, algo al que hicimos referencia en una entrada anterior. Y supongo que los lectores deben tener unos cuantos ejemplos también sobre la turistificación de alguna tragedia en particular.

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