“El objetivo de las empresas de turismo es hacer feliz a la gente. previo pago de una cierta tarifa durante un cierto período de tiempo. Una tarea que puede resultar fácil o sencillamente imposible, según el temperamento de la gente, las prestaciones propuestas y otras prestaciones” (Houllebecq, 2001:189).

¿Viajamos para ser felices? Como ya escribía en una entrada anterior, una de las hipótesis habituales para hablar de los turistas es rescatar la oposición entre “vida cotidiana” y viaje. Siempre me negué a aceptar este punto; me parece que desde las ciencias sociales no deberíamos ceder tan fácilmente. Parafraseando a Bruno Latour, hay que negarse a utilizar los términos de la tribu para hacer una descripción analítica de ella; más bien, debemos ponerlos entre paréntesis y tomarlos como parte del objeto de estudio. En este caso, se trata de comprender que turismo y vida cotidiana se encuentran claramente relacionados a través de una serie de prácticas de sentido común. Así, los turistas de la novela de Michel Houllebecq, “Plataforma”, se dedican a viajar para descubrir al “otro”. Pero lejos de ser un objetivo loable o filantrópico, el discurso sobre la diferencia y la alteridad se constituye, en los personajes de la novela, en una justificación del turismo sexual.

Los turistas pueden experimentar al viaje como una oposición de sus rutinas en la vida cotidiana, pero al menos en la novela de Houllebecq queda claro que viajan en tanto pueden hacerlo y tienen dinero más que suficiente para visitar los nuevos paraísos del turismo: Tailandia y Cuba. Donde el sexo es parte de una “experiencia de viaje”, tan normal como las excursiones o el paseo por la playa. Como en todas sus novelas, Houllebecq usa su mejor arma: no tomar distancia de sus personajes, contar todo en primera persona, y brindar al lector una constante sensación de incomodidad. ¿En serio se puede justificar de una manera tan sencilla, descuidada, una práctica como el turismo sexual, tan anclada en las diferencias económicas entre los países del Primer y el Tercer Mundo? Pero no vamos a caer tan fácil en la trampa; al fin y al cabo, somos lo suficientemente sagaces como para diferenciar entre texto y experiencia, y entre la voz del autor y el autor en sí mismo.

La búsqueda de la “autenticidad” en Plataforma se entiende menos como un objetivo político que como una salida a la pobreza de las relaciones humanas en las que están metidos los protagonistas de la novela. O sea, no hay una oposición, sino más bien una relación clara entre ambas instancias. Las diferencias económicas entre nativos y turistas se naturalizan de una manera sencilla, en donde la exotización opera como una justificación de la diferencia: “ellos” tienen algo que “nosotros” ya no tenemos -cuerpos bonitos, “sexo auténtico”-, pero “nosotros” tenemos con que pagar lo que “ellos” nos pueden dar. Suena repugnante, pero recuerden que estamos hablando de una novela, no de un estudio sociológico. Aunque es obvio que Houllebecq mezcla constantemente los registros literarios y académicos, y eso enfatiza aún más la sensación de escándalo.

“En este nuevo contexto, no era de extrañar que el sistema de clubs de vacaciones, basado en un egoísmo encerrado en sí mismo y en la uniformización de las necesidades y los deseos, tuviera dificultades recurrentes. La época de los bronceados se había acabado definitivamente; lo que buscaban los viajeros modernos eran la autenticidad, el descubrimiento, la posibilidad de compartir. En términos generales, el modelo fordista del turismo de ocio – caracterizado por las famosas “4S”: Sea, Sand, Sun and Sex”- había pasado a mejor vida”.

Para los que venimos leyendo hace rato textos sobre turismo, todo este discurso nos sabe a más de lo mismo. Pero Houllebecq lo pone en boca de un “sociólogo del comportamiento”, y se dedica a ridiculizarlo a lo largo de toda la novela. En Plataforma la autencidad es vista, de manera muy ácida, apenas como una justificación de las diferencias que necesita la industria del turismo masivo: las que separan a los nativos y turistas, las que encubren las diferencias económicas como simples “formas de interacción diferentes”, las que instauran las relaciones de intercambio en el marco de una naturaleza no histórica, sino apenas casual.

Olviden encontrar aserciones morales concluyentes en la novela de Houllebecq: los actores sociales, sus personajes, más bien hacen y luego justifican, de manera práctica, lo que hacen. Difícilmente los podamos convencer con objeciones políticas varias; más bien, los personajes de Plataforma nos mirarán con su mejor cara de aburrimiento, y, tras un breve silencio, cambiarán de tema.

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